8 ago 2013

"Aprobación" de la Ley Hinzpeter: ¿De qué hablamos?


Por Leonardo Jofré R.
Consejero de Facultad
Facultad de Derecho U. de Chile


Antes que todo, hay que dejar en claro que si bien es una aprobación “general”, gran parte del articulado –de hecho, la mayoría- no fue aprobada, rechazándose por la Cámara de Diputados. ¿Qué quiere decir esto? Que el proyecto pasará a la Cámara Revisora, el Senado, para su aprobación, pero ya no será el proyecto original más las indicaciones presentadas por el Ejecutivo, pues gran parte de ellas fueron rechazadas.  Por supuesto, esto no quiere decir, de ninguna forma, que los artículos restantes no sean nocivos para la protesta social.
Desmenuzando las implicancias, vamos por parte:
¿CON QUÉ VOTOS SE APROBÓ LA LEY HINZPETER?
La Derecha retrasó la votación para el día de ayer debido a que no contaba con seguridad con los votos necesarios para poder aprobar la ley. Siendo ello parte de la incertidumbre, hoy en la votación la ausencia en la sala de tres diputados de la Concertación -el DC Juan Carlos Latorre, Joaquín Tuma del PPD y la socialista Denise Pascal- y el voto a favor del PR Fernando Meza, permitieron que se aprobara la propuesta del Ejecutivo, puesto que en la derecha también hubo ausentes: Mario Bertolino de RN, Javier Hernández y Cristián Letelier de la UDI.  Por supuesto, votaron a favor –en particular y en general- de la iniciativa toda la bancada UDI, RN y el ya citado radical.

¿QUÉ SE APROBÓ, ENTONCES, DE DICHA LEY?
 Quedaron sólo dos artículos del proyecto original (el modificado por la Comisión de Seguridad Ciudadana y Drogas el año 2012, para entendimiento en la presente columna), a votarse por el Senado:
 A) Considerar como sujetos pasivos (víctimas) del delito de “atentado contra la autoridad” las agresiones con las Fuerzas del Orden y la Seguridad Pública, junto con Gendarmería de Chile. (73 votos a favor, 37 en contra y 3 abstenciones).
Esto implica que  “cometer o resistir con violencia, emplear fuerza o intimidación” (art. 261 Código Penal, en adelante CP) contra fuerzas especiales y gendarmería será considerado atentar contra la autoridad, lo que conlleva como pena facultativa reclusión menor en su grado medio (541 días a 3 años) o multa de 11 a 15 UTM.

El proyecto original contenía como modificación que la pena para dicho delito fuese de presidio menor en su grado mínimo a medio (61 días a 3 años) según la forma en que se cometiese la agresión (esto podía dar paso incluso a la penalización de la agresión verbal), sacando la pena de multa, pero nada de esto pasó al Senado.

De esta forma, al ser querellante, éste puede apelar la suspensión condicional del procedimiento (acuerdo para evitar proseguir con la investigación sobre un delito entre imputado y Fiscal propuesto al Juez de Garantía, teniendo que cumplir el imputado una condición entre 1 a 3 años, como, por ejemplo, “no marchar”), pudiendo forzar así la investigación correspondiente en contra del imputado. La idea no es sólo amedrentar, sino también tener una línea similar a la que posee el gobierno de “combatir la delincuencia”, lo que para ellos se entiende como enjuiciar a todos y todas y saturar las cárceles. También podrá oponerse al sobreseimiento de un juicio (término del mismo, ya sea temporal o definitivo) y tener la facultad, si así lo merita el juez, de reemplazar al Ministerio Público. Por supuesto, este punto merece toda nuestra atención debido a las graves implicancias que conlleva.

¿QUÉ FUE LO QUE NO SE APROBÓ?
 Hay que subdividir. Primero, entre aquellas modificaciones al Código Penal que incluía el proyecto original, segundo, entre aquellas indicaciones al proyecto presentadas (dos veces) por Piñera este año.
 A. Modificaciones Originales al art. 269 CP, Desórdenes Públicos.
Se reemplazaba el tipo penal del delito de desórdenes públicos, contenido en el artículo 269 del Código Penal, por una nueva figura que sancionaba con una pena de presidio menor en su grado mínimo a medio, esto es, de 61 días a 3 años, a los que cometieran (hasta antes de las indicaciones de abril de 2013 se señalaba que la pena irían para quienes “participen”, siendo este verbo uno mucho más amplio en términos de determinar culpabilidad que el actual) desórdenes públicos graves que importaran:

(i) Paralizar o interrumpir, valiéndose de fuerza en las cosas o de violencia o intimidación en las personas, algún servicio público, tales como los hospitalarios, los de emergencia y los de electricidad, combustibles, agua potable, comunicaciones o transporte; y,

(ii) Impedir o alterar, ejerciendo violencia o intimidación en las personas, la libre circulación por puentes, calles, caminos u otros bienes de uso público semejantes, resistiendo el actuar de la autoridad.

Esto se rechazó. Se buscaba, así, penalizar con hasta 3 años de cárcel, cumpliendo las características enunciadas (ambiguas a objeto de considerar la consecución del delito), a quien o quienes paralizaran o interrumpieran servicios públicos (cuestión criticada, claro está, por gremios del transporte, de la salud, u otros, debido al entendimiento de dichas paralizaciones como una medida histórica de presión) como también quienes realizaran “cortes de calles”, participaran en protestas incluso culturales o cualquier acto que interrumpiese el tránsito por caminos, puentes o plazas.


B. Indicaciones del Ejecutivo: Con respecto a los “encapuchados”.

Se rechazó considerar como una circunstancia agravante (aumento en la penalidad) que ciertos delitos contra las personas o contra la propiedad se realizaran en el contexto de una manifestación o acto de carácter público o masivo (lo que no quiere decir que efectivamente dichos actos no constituyan delito, sólo que no será una circunstancia agravante que se cometan en dicho contexto) Del mismo modo, tampoco se aprobó como circunstancia agravante que dichos delitos, además de desórdenes graves, se cometiesen “encapuchados”. Y bueno, aquí estaba otra gran trampa de la ley.

En muchos sectores se discutió, conversó e incluso defendió la Ley Hinzpeter debido a que permitía detener al "encapuchado". Más allá de la posición política frente al accionar del mismo, eso es una mentira parcial, porque la ley tiene (y digo presente, pues aún se mantiene un grueso de relevancia de la misma) como fin último reprimir, claramente, la protesta social.

Prueba de ello es que no busca sólo la detención del "encapuchado", sino lo que señala el proyecto es que se busca reprimir a quie"cubra su rostro con el propósito de ocultar su identidad, mediante el uso de capuchas, pañuelos u otros elementos análogos". 
Primero, teníamos un elemento subjetivo: "cubrir el rostro con el propósito de ocultar la identidad". ¿Cómo probar ello en un juicio? Segundo, como el mismo enunciado lo señalaba: habla de capuchas, pañuelos (piensen en protegerse de los gases lacrimógenos) o "elementos análogos". ¿Qué vendría a ser, considerando lo anterior, un “elemento análogo”? ¿Máscaras? ¿Pinturas? Tercero, no sólo se consideraba una agravante calificada del delito, sino que además se establecía que el sólo hecho de cumplir con el enunciado anterior ya era considerado una falta, con una multa entre 1 a 4 UTM. Cuarto, y si ya consideramos que todo lo anterior es de un claro exceso sin justificación, la ley consideraba lo anterior incluso un delito flagrante, lo que facultaba a la Fuerzas del Orden para detener a los encapuchados y ponerlos a disposición del fiscal. Es decir, por ejemplo, protegerse de los gases lacrimógenos con un pañuelo o algún “elemento análogo”, si para fuerzas especiales o carabinero es "tener la intención de ocultar tu identidad" implicaba detención por delito fragante, que cometías una falta (y su correspondiente multa, cuestión que es difícil de rechazar en un Juzgado de Policía Local) y además, si consideraban que habías cometido un delito, podían incluso darte una pena mayor tras considerar tu “ocultamiento de rostro” una agravante calificada.

 ¿Perseguir a los encapuchados? No. Claramente, el fin era atentar frente a la protesta social, método de lucha propio de nuestro pueblo frente a sus justas reivindicaciones.
Como se señala más arriba, dichas indicaciones fueron, al fin y al cabo, rechazadas.

Ahora, cabe poner especial atención a lo que ocurra en el Senado (y comisión de Constitución), donde puede aprobarse la Ley, rechazarse o incluso hacerle nuevas modificaciones. Y, por supuesto, continuar con la presión realizada por organizaciones y movimientos sociales en general, cuestión que ha permitido plantear nuestra voz y exigencias frente al abuso y la criminalización de la protesta por parte de la clase dominante.

16 jul 2013

Preguntas para no responder


Si la promesa fue amarnos siempre,
¿por qué no mueres
cada vez que me matas? 

Si yo partí con la caricia desinteresada
ante tu pena vehemente
¿por qué ella fue más sincera
que las cicatrices que de mí guardas?

Si en cada examen
arriesgué la nada
por tenerlo todo
y perdí el todo
por un amor que no me dio nada
¿cómo supero tu distancia
si vuelves cuando aún no te marchas?

Y si yo te quise tanto,
y tú -me decías- me querías más que a nada
¿Por qué yo te sigo queriendo
cuando el querer a una no conduce a nada?

1 feb 2013

Homosexualidad y sociedad: la discriminación encubierta y la inconsecuencia del "progresismo".

Ya han pasado cerca de siete meses desde la promulgación de la “Ley Zamudio” (Ley Antidiscriminación, N°20.609). Ésta pudo aprobarse debido a la presión mediática que existió tras el asesinato de Daniel Zamudio, acto de homofobia que repercutió en el debate público de una sociedad férreamente conservadora, generándose supuesta empatía por la “causa homosexual” por poco más de los 21 días que agonizó Daniel. Así, la discusión transformada en presión social llevó al legislador a avanzar en la temática, temática que -por cierto- no tendría por qué haberse considerado sólo cuando la inactividad del mismo desemboca en tan lamentable hecho. Sería, así, la primera gran derrota. Por otro lado, la ley parece ser un instrumento deficiente pues soslaya lo más vital: es inefectiva frente a la discriminación encubierta del día a día, aquella de la ofensa disfrazada de cotidianidad. Y ésta es la derrota de todos y todas.

Existe una idea recurrentemente aplacada tras el declive de la discusión pública en torno al tema. Una voz que señala algo que, para muchos, no es novedad en nuestro país: el fatal desenlace no se da sólo por el salvaje ataque de cuatro hombres autodenominados neonazis, sino que los asesinos mediatos de Daniel fuimos toda una sociedad. Hablo no sólo de encuestas, las cuales demuestran que lejos de generarse consciencia sobre la discriminación que vive el homosexual pareciese que sólo se explotó el sentimiento efímero: mientras el 41% de nuestro país se mostraba a favor del matrimonio homosexual el 2011 según Criteria Research, los resultados de la Encuesta Nacional UDP sobre la misma temática demostrarían que, en agosto del 2012 y una vez declinado el debate en torno a la muerte de Daniel, sólo un 42% estaría de acuerdo con él.  Más pesadumbre al constatar que sólo un 59.2 por ciento está de acuerdo con que “homosexualidad es una opción tan válida como cualquier otra”. Así, 4 de cada 10 chilenos, en la segunda década del siglo XXI, continúan perpetuando alguna idea que señala la homosexualidad como algo protervo, disímil o quizá de segunda categoría frente al parámetro de normalidad impuesto por la misma sociedad.

Y es que somos parte de un algo que hace sólidas las raíces de la homofobia. Somos testigo y parte de una sociedad que se burla permanentemente de quien es homosexual. Sin embargo, no hago referencia acá para quienes consideran la homosexualidad una enfermedad o un disvalor –cuestión que por lo menos en esta columna no vale la pena siquiera considerar-, sino que el llamado de atención es a quienes, considerándose a favor de los derechos de éstos, tienden con su actos y dichos a perpetuar la homofobia reinante de un país que no tolera la diversidad. Porque los mismos que se espantaron hasta el punto de llenar sus redes sociales pidiendo justicia para Daniel y quizá un poco más, no entendieron que el activismo virtual no tiene ningún sentido si la consciencia que busca crear no se materializa en el día a día. Ellos dejaron de lado la reflexión crítica cuando apuntaron en la calle el acto de cariño de dos hombres, cuando se rieron de la talla que relaciona al homosexual con lo eminentemente femenino en la tevé, cuando cruzaron la calle al ver dos travestis que caminaban contra su sentido, cuando se intimidaron ante el homosexual en la disco, cuando le expresaron a sus amigos que eran “huecos” o “fletos” bajo la idea de sorna, bajo la idea de risa, bajo la idea de burla. Todos y todas formamos, así, parte de esa doble careta: pregonar el fin de la discriminación, pero enraizarla bajo la justificación de lo aparentemente inofensivo.

El año 2009 se realizó la encuesta nacional de opinión pública PNUD.  Una de las preguntas de la encuesta consistía en que el entrevistado expresara las tres primeras palabras que se les venían a la cabeza al utilizarse la palabra “homosexual”. Así, un 48% de las palabras referían a la homosexualidad como una enfermedad. Las ideas más repetidas eran “anormal”, “asco”, “asqueroso”, “cochino”, “degenerado”, “sucio”, “maricón”, “enfermo”, “hueco” y “raro”. Así, quizá nosotros no somos quienes manifiestan dichas palabras de forma despectiva en referencia a una persona de orientación homosexual. Pero cuando cerca de la mitad del país las utiliza con dicho sentido, sólo sedimentamos aún más su peor efecto: la segregación. Lo inofensivo de la “talla” pasa a convertirse en lo sintómatico del apartheid sexual, del impedimento de valoración de quien simplemente no posee una orientación sexual dominante a nivel de masa en nuestra sociedad.

Ejemplo de lo anterior es la polémica que rondó los medios de comunicación en torno a la rutina de Yerko Puchento, personaje de Daniel Alcaíno, y Andrés Caniulef. Dejando de lado el individualismo del último que sólo recordó su origen mapuche y criticó la rutina desde la afectación personal, como también el hecho de que efectivamente el actor ha sido parte activa de las reivindicaciones del pueblo mapuche y diversas causas de índole social, en lo efectivo la rutina utilizaba como factor para hacer reír el hecho de ser homosexual. Y claro,  no lo era por una actitud particular que se dejara ver fuera de su supuesta orientación sexual, no se buscaba la sana broma sobre un hombre cualquiera. El tema era sencillamente reírse de la homosexualidad, burlarse de Caniulef por ser gay. Ni más ni menos. Y ahí, en la misma discusión, la retórica más burda –pero recurrente y aceptada- es de aquellos que lo justifican bajo la idea de “reírse de uno mismo”. O peor aún, la discriminación sin cubiertas que reclama por “la intolerancia del homosexual”. Y es que la premisa que aboga porque la orientación sexual no debe ser motivo de humor para nadie en medida de la discriminación que comporta (nadie se ríe del heterosexual por serlo) tiene una raigambre clara: la separación, la misma ya referida. El hecho de sentirse ajeno, distinto, rechazado. El de demostrarle una y otra vez a quienes nos acompañan en el día a día que son distintos -y una minoría-, y que por más que pregonemos por sus derechos deberán acostumbrarse a dicha idea. A veces la peor forma de discriminación tiene que ver con resaltar, aunque sea sin dicha intención, que nunca podrás ser uno más.

Hace semanas apareció una encuesta que señalaba que mayoría de los militares chilenos, el 96,6 por ciento para ser exactos, rechaza el ingreso de homosexuales en el Ejército. A su vez, mostraba que un 66,4 %  cree que la homosexualidad es incompatible con la disciplina militar. Y ello es por otra forma de discriminación recurrente: se asocia a la homosexualidad como falta de masculinidad. Para analizar la información podríamos pasar desde lo global -pasar de la opresión que vive el homosexual a la lucha por ser parte del ejército en aras de la no-discriminación, de forma de constituir un cuerpo de dominación- a lo más particular, de entender la construcción humana del término “masculinidad”. Pero, volvamos nuevo al día a día. En el comercial de Virgin Movil, en parodia a la tanda comercial de Sodimac, se juega con el mismo estándar. Tal parece que el homosexual no puede ser hombre. Claramente habrá quienes de sexo masculino tengan una identidad de género distinta, pero la idea es otra. Lo central es que el obrero –símbolo de la masculinidad, primer estereotipo- vea como algo ajeno al homosexual afeminado que se dice hombre, desde el sesgo machista que invoca al sexo masculino desde un escalafón superior. Y suena chistoso, y nos reímos todos y todas. Incluso yo.

Pero es necesario dar un término al gesto velado de cotidianidad que justifica la homofobia, decir un ¡basta! cuyo mayor eco sea un cambio de actitud y mentalidad. Aunque cuesta los epítetos más holgados de exageración y las burlas propias de lo ridículo. Denunciar, con aún más ahínco, al progresismo social que se ríe de la opresión contra la cual dice luchar. Dejar de lado la sorna como cubierta del egoísmo. Por el fin a la homofobia. Porque nunca nadie más tenga que avergonzarse por su orientación sexual. Para que no tenga que morir ningún Daniel más.

17 ene 2013

Todas las estaciones, la estación.

           Sonaba la alarma roja y yo ya sabía que era el momento: cerrarían las puertas, siempre tan belicosas, como señal inclaudicable del momento para inmiscuirme en mi paralelo de lectura. Una forma de escapar de la rutina en medio de ella, pensaba. Llevaba dos días con el mismo libro. Correspondía, esta vez, a mi querido amigo Julio -Julio Cortázar, para los no tan cercanos- en una nueva lectura de aquel recurrente “Todos los Fuegos el Fuego”. De alguna forma u otra, siempre estaba en cada emprendimiento.

            Cuerpo hacia atrás, mochila entre las piernas, mano izquierda en los pasamanos y la diestra en el libro. Ojos descendiendo, comenzaba el son del metro y el ritmo de mi lectura: “En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada (…)”. Era cómico. Cada vez que leía, no podía sino entender “Daphne”, imaginando a través de la marca aquel auto cómo sería aquella chica.

            Avanzaba en mi viaje y el metro ahondaba en sus andares, abriendo cuál sureño su hospitalidad al ingreso de más pasajeros. Cada incorporación era una distracción curiosa. Y ahí, en el momento menos indicado, llegó tambaleándose bajo el rugido de su coraza, bajo su amarillo despampanante. Inquieto y aprestándome al nuevo tramo, no sólo sentía que podía notar mi primeriza sonrisa, casi podía ver, a través de las páginas, cómo su mirada penetraba cada una de mis palabras. Ojos claros, piel morena: aquel compás que resaltaba en las paredes, tan metálicas, tan abusadas. Levanto la cabeza y allí estaba: en el éxodo detenido su sonrisa deslumbraba anunciando la partida. Comenzaba nuevamente el vaivén, y las letras, rugosas, se transformaban en una flecha que apuntaba hacia ella: Julio, siempre tan inquieto, me susurraba que no había oportunidad que perder. Y así, en mi sonrojo, disimulaba bajo el borde del cuerpo de brindis lingüístico cómo sólo a ella, y repito -sólo a ella- la quería leer.

            Se detenía nuevamente el ritmo palpitante del metro rojo, y ahora, en el instante preciso, exacto, sin siquiera saber cómo abordarla, debería hacerlo. Pero nada pasaría. Se había ido perdida entre la multitud indiferente que ahora, testigo, abandonaba el vagón. Las viles puertas me acaban de ganar una nueva aventura, una nueva guerra. Suspiro, me resigno y espero un nuevo arranque, la mirada de vuelta al texto, el corazón al viejo amigo:

            “Pensándolo después -en la calle, en un tren, cruzando campos- todo eso hubiera parecido absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso”, continuaba el libro.

23 sept 2012

Ley Hinzpeter: La ley como mecanismo de represión social.



Para nadie es un misterio que el pasado año estuvo marcado por las movilizaciones sociales que se levantaron desde diferentes sectores del país. Asimismo, no debiese sorprendernos que, ante dichas manifestaciones que marcaron la agenda pública, la respuesta del gobierno -y del Estado mismo- sea el de buscar, mediante la ley como herramienta “legítima” del orden social, reprimir y castigar a quienes alcen la voz crítica, todo esto en pos de la “calma”, la “institucionalidad” y “paz social”. El objetivo es uno solo: mermar la incidencia social y con ello el avance de un pueblo mismo, que en su justo y necesario despertar reivindicativo atenta contra los intereses de un puñado de individuos que detenta el poder económico, político y de los medios de comunicación en nuestro país. Por algo somos unos de los países con mayor desigualdad del mundo, y si así se ha mantenido es porque claramente se ha trabajado en ello.

            Entonces, cuando la movilización se acrecienta y las herramientas represivas del Estado no logran dar abasto o surtir el efecto deseado, la ley es un buen mecanismo para disipar ésta. Chile sabe de ello: amparándose en un concepto de excesos y el recurso constante de la violencia, nuestro país ha vivido claros períodos en donde se ha limitado y hasta suprimido el justo derecho a la protesta social, muchas veces sin más argumento que, lisa y llanamente, la defensa de los intereses del gobierno de turno.  De esta forma, por ejemplo, durante las primeras décadas del siglo XX Chile vivió las consecuencias de la llamada “Cuestión Social”, buscando transformar nuestro Estado hacia uno con atisbos incipientes de uno de Bienestar. No obstante esto, la respuesta estatal para lograr dicho propósito continuó bajo la senda de la represión: entre 1924 y 1938, bajo una serie de protestas, golpes de Estado y dictaduras, la mantención del “Orden Público” jugó un rol fundamental, generándose diversas leyes y decretos de ley que dieron nacimiento a la Ley de Seguridad Interior del Estado. Una de las más relevantes es el Decreto Ley N°50 de 1932, donde se expresa la necesidad de castigar a través del Código Penal (en adelante CP) las manifestaciones públicas contrarias al gobierno. ¿El porqué de ello? Básicamente porque, en virtud de su posición política, éstas respondía a “movimientos anarquistas” o a “terrorismo”, cuyo objetivo era destruir las instituciones básicas la sociedad como la familia o la propiedad. En el año 1937, las anteriores disposiciones se fusionan en el primer texto de la Ley de Seguridad Interior del Estado. En 1948, además, se proscribe al Partido Comunista en el mismo cuerpo legal, anulándose ello el año 1958 junto a una serie de decretos que dio origen a la actual Ley de Seguridad Interior del Estado.
           
            Así, la Ley de Fortalecimiento del Orden Público, en adelante “Ley Hinzpeter”[1], refiere a una viva expresión de lo referido: hay una respuesta gubernamental fundada en el temor que provoca la violencia publicitada por los medios que busca reflejar, a pretexto del “Orden Público”, la necesidad de evitar que ésta vuelva a surgir en las manifestaciones sociales. Existe, así, una supuesta defensa para cada los ciudadanos de nuestro país. Olvidan, eso sí, que dicha violencia es una consecuencia propia de un sistema desigual e injusto que, día a día, expresa sus implicancias en el diario vivir de las personas, reemplazando la comunidad por el individualismo, la competencia por la cooperación; enarbolando el consumismo como motor de vida. Ello es, en sí, violento. De esta forma, y mediante la exageración de la violencia del manifestante, el gobierno busca justificar legalmente la represión a nuestros derechos.

            En lo concreto, la ley propone:

1. Que cometer o resistir con violencia, emplear fuerza o intimidación (art. 261 CP) contra fuerzas especiales y gendarmería sea considerado atentar contra la autoridad. Se crea así una diferencia elemental: fuerzas especiales tiene un estatus distinto al manifestante en cada marcha.

2. Actualmente la ley señala que como pena para el delito anterior podía decidirse entre reclusión menor en su grado medio (540 días a 3 años) o multa de 11 a 15 UTM. Ahora, sólo podrían establecerse delitos que conlleven restricción de libertad.

3. Por modificación al art. 269 del CP se castiga con pena que va entre 61 días a 3 años[2] a quienes participen en desórdenes o cualquier otro acto de fuerza o violencia, a través de:

a) Paralizar o interrumpir, valiéndose de fuerza en las cosas o, de violencia o intimidación en las personas[3], algún servicio público. Como ejemplo, la paralización del Transantiago con alguna de las características enunciadas.

b) Invadir, ejerciendo violencia o intimidación en las personas, y sin contar con el consentimiento de los dueños, diversos bienes inmuebles, sean privados, fiscales o municipales.  Es decir, la toma de una universidad o colegio, mecanismo de presión regular de los estudiantes, podría ser considerado delito, llevando aparejado una pena de hasta 3 años de cárcel.

c) Impedir o alterar, ejerciendo violencia o intimidación en las personas, la libre circulación por puentes, calles, caminos u otros bienes de uso público semejantes, resistiendo el actuar de la autoridad. Por ejemplo, una barricada o corte de calle, medidas utilizadas en Aysén, Magallanes y Freirina, podría considerarse fácilmente dentro de este punto.

4. La pena en cuestión se establecerá sin importar si corresponde aplicar otra a los responsables de dichos delitos que se pretenden tipificar. Acá se infringe abiertamente el principio penal, consagrado en nuestra Constitución y en diversos Tratados Internacionales de Derechos Humanos, de “non bis in idem” (latín: “no dos veces por lo mismo”). Éste implica que no se puede sancionar penalmente más de una vez por un mismo hecho. De esta forma, una persona podría ser procesada y castigada por el delito de saqueo que pretende establecer esta ley y a su vez por el delito de robo con fuerza en las cosas en lugar habitado o no habitado (arts. 440 a 445 del CP) por un mismo hecho.

5. No se castigará sólo a quien realice la acción que comparta el delito, sino también a quienes participen, inciten o fomenten dichos desórdenes. La pena asignada será la misma referida, es decir, de 61 días a 3 años. Ahora la pregunta es: ¿Quiénes promueven? ¿Los convocantes, por ejemplo? ¿Qué se entiende por fomentar? ¿Quienes estén al momento de la ocurrencia de alguno de estos actos se consideran dentro de la participación? ¿Quién difunde una manifestación de forma “incendiaria” por facebook, también? Probablemente sí. Con esto se genera un incentivo perverso para el gobierno de turno: estimular la violencia en las manifestaciones para luego castigar a las organizaciones que las promovieron por medio de sus representantes.

6. Al actuar quien ejecuta el acto con capucha o algo que no permita “identificar el rostro”, se forzará a castigarlo con el máximo de pena correspondiente acorde al delito que refiera esta ley. Ahora bien, en las manifestaciones son usuales los pañuelos o símiles que se utilizan para disminuir el efecto de los gases lacrimógenos. La utilización de estos podría considerarse fácilmente como una forma de “evitar que se identifique al autor”, asignándole, si la pena corresponde, 3 años de cárcel. Dejando un gran margen para la arbitrariedad, la medida nos retrae a lo que en Derecho Penal se le denomina “derecho penal de autor”, modelo propio de regímenes autoritarios como el de la Alemania nazi. De esta manera se busca castigar no el acto en sí, sino características personales del actor.

            Volvamos entonces a lo anterior: la ley se transforma en un mecanismo eficaz para evitar la manifestación social en tanto afecta directamente a una serie de mecanismos de presión utilizados históricamente en nuestro país en el contexto de protesta. Pero no sólo eso, sino que dicha ley, la cual ha sido criticada por diferentes organismos internacionales como la ONU[4], cumple una función disuasiva esencial: no basta sólo con el temor que infunde la penalidad asignada, sino que implica un grado alto de arbitrariedad para carabineros y fuerzas especiales en la propia manifestación al momento de una eventual detención que genera, por supuesto, temor. Debido a lo indeterminado o el campo abierta que deja muchos de sus conceptos, puede ser recurrente que sin “violencia o intimidación”, por ejemplo, se lleve detenidos a quienes realicen un acto cultural que altere el tránsito en una plaza. Al fin y al cabo, quienes determinan si se cumplen los requisitos de los delitos que señala la norma serán los mismos agentes policiales. Así, no es sólo la pena ni la determinación del delito las herramientas de represión, sino las mismas potestades que se le otorgan al Ministerio Público a través de la carabineros y fuerzas especiales. Asustar e intimidar se transforma en un mecanismo eficaz para reprimir la protesta.

            Por último, cabe destacar algo elemental y básico: si no podemos manifestarnos en pos de nuestros derechos, simplemente estos se vuelven invisibles, desaparecen, se manifiestan a nivel discursivo en nuestra Constitución. Si no podemos exigirlos, nuevamente se verán desplazados. Si están siendo violados, no podríamos reclamar en un contexto que no les sea propicio a los intereses de los mismos que promueven esta ley. Si no podemos manifestarnos simplemente se acalla nuestra voz, y con ello, triunfando, logran aplacar al mismo pueblo. Vale la pena reivindicar el derecho a la protesta, y con él el alzamiento real de gran parte de nuestros derechos que hoy se transforman fácilmente en sólo letra muerta.
  
                                                                           
        Para más información:

- Prezi Informativo que aborda los puntos de la ley: AQUÍ.
- Taller Itinerante para realizar en diferentes espacios, contactar al mail noalaleyhinzpeter@gmail.com.
- Para estar actualizados, página “No a la Ley Hinzpeter” en facebook.



Leonardo Jofré R.
Concejero FECH.
Militante Actuar Colectivo.
Estudiante de IV año de Derecho, U. de Chile.




[1] Para seguir la tramitación del proyecto en la Cámara de Diputados, puede revisarse AQUÍ.
[2] Antes de la modificación realizada al proyecto original por la Comisión de Seguridad Ciudadana y Drogas de la Cámara de Diputados, la pena considerada para este delito correspondía a presidio menor en su grado medio, es decir, de 541 días a 3 años.
[3] Modificación (paréntesis) ingresado con el informe de la Comisión de Seguridad Ciudadana y Drogas al 28/08 del presente año.
[4] “ONU cuestiona “Ley Hinzpeter””: AQUÍ.

20 sept 2012

Aquí y ahora


Acecho tu cuerpo sigiloso, tornadizo
Observando tu perfil de lleno gravitante
Gestor de aquel  guiño que enternece
Y que de tanta ternura en sigilo provoca
Angustioso frenesí por tenerte.

Porque tu inminencia sin mi piel me hiere
Quema como cual fierro caliente
Y hurgando en mi sangre infiere,
El deleite que destierra a mi sutileza imberbe:
Descontrol y avaricia por tu tacto vehemente.

Indúltame, le seré infiel a tu mejilla con su hermano cuello
Cometeré el incesto de transitar por cada parte de tu cuerpo,
Gustoso el rígido de mis labios entreabiertos
Que apartados de nuestro disfruto sólo por el tiempo
Cometerán apócrifo desasosiego
Voraz placer por dentro.

Y así el único resguardo será el requerido revestimiento;
El revestimiento de mi cuerpo dentro de tu cuerpo
Y desde la pasión pura absuelve todo gesto torpe,
Que la temperatura de mi Ares a nada de ti resiste;
Te quise, lo quise, cuánto quisiste.

15 sept 2012

Sin título


Porque, por los caídos en dictadura, empuñamos el brazo izquierdo y ensalzamos todo mecánico grito de reivindicación. Porque ellos no se fueron, siguen aquí. Y, si uno va más allá, notará que ya no siempre están continuamente con el autodenominado revolucionario: hoy se denotan más presentes en quienes duermen con diarios en las calles, víctimas y fiel reflejo del sistema injusto contra el cual lucharon, que en aquellos de voluntad transformadora que apuntan al “flaite”, al encapuchado, al que pide una moneda en la esquina, en fin, al verdadero abrumado. Hay piedrazos que nunca serán tan dañinos como cuanta cuchillada le damos al alma.

Porque es fácil extasiarse con una mina en pelota al punto de gritarle “puta”, enfervorizado, para luego entonar los derechos de la mujer, citar a Caffarena, recordar a Tristán, engullir que no hay revolución sin igualdad. Pero, paréntesis, me reprimo: cité a Elena y Flora, detesto referir desde los apellidos. Porque es aún más sencillo hablar de machismo para no asumir el rol vital que tienes. Porque tiene más de inconsecuencia que justicia enternecerte al punto de que el sonrojo del pómulo se transforme en volcán pa’ la sangre cuando desprecias a quienes mataron a Daniel Zamudio, pero carecer de reproche al reírte del maricón, de la camiona, del travesti y de quien, en tu puesto del lado, es o elige algo distinto. Porque es aún más raso ser homosexual y despreciar a la “loca” porque afecta tu lucha, porque tú crees en el gay vigoroso,  recio y masculino, del macho que te hablan los mismos que hace años no sólo no te reconocían, sino que exigían tu cuerpo y vida. Porque hay solo una lucha: la del todo oprimido, pero duele aún más cuando quien cree dar la justa pelea se confunde con el opresor y aquel mismo repugnante ladrido.

Porque nunca puedes quedar bien con todos, pero duele que siempre haya un alguien. Aunque permanezcan injusticias hasta en las mínimas miradas. Porque de aquellas nimiedades se construye el día.

Porque es cruelmente simple enamorarse, para luego notar que el amor es violento e impredecible, que el amor es el mal. Que amar implica seleccionar, transformarte en un ente sumiso porque vives por el otro, crear dependencia hacia las propias carencias; que el amor es la negación sin aprendizaje ni reconocimiento. Propongo reemplazar el amor a una o uno por el amor al mundo. ¿Qué los diferencia? Creo que son matices. El amor al mundo no conlleva la selección, y esto a su vez evita el quiebre con el mundo, soslaya el autismo propio de “dos”. Al no haber un "único", no hay vicio personal (aunque el vicio podríamos ser todos y todas, y por ende abordar aún más sufrimiento...). Cuando amas, pierdes percepción, porque sólo -a través de la negación- observas al otro, existe el otro, te reconoces por medio de tus diferencias con el otro. Allí hay un “uno” o "una" que amo, que es diferente a este “yo” que lo  o la ama. Pero en el amor no hay negación de la negación: no te constituyes como persona, sólo resaltas lo propio, exaltas los defectos y virtudes del otro, te transformas en un elemento, en un ente, en “algo” que vive por el otro: existe verdadera posesión. No hay, a su vez, aprendizaje: vives por el otro. Cuando amas, el otro se transforma en tu motor de vida, y por lo mismo te dejas de lado pues no eres capaz de constituirte, no se da la dialéctica del diario vivir. Cuando amas a todo el mundo, no amas como pareja a nadie: cada uno de ellos representa un ser distinto a ti, sí existe la constitución del individuo. Nos reconocemos con el otro. Cuando amas a uno, ¿puedes amar a todo el mundo? Existe una jerarquía propia de lo anterior. Sólo negarte es la actitud más violenta que puede haber consigo mismo: pasas a sólo saber del otro, entregarte por el otro, vivir por el otro... sin nada de ti. Porque es cruelmente triste no entenderlo, porque es cruelmente doloroso hablarlo así. Porque es aún más cruel seguir enamorándose y darte cuenta que la teoría nunca superará la práctica, y que seguirás sufriendo lo mismo que notas. Y la pregunta, nuevamente cruel, se asoma: ¿cómo cambiar como se erigen nuestras historias?

Porque no queremos más mártires. Porque no debo ni quiero ser uno. Porque el día que uno muera, habremos de soportar otras miles de derrotas. Porque el mejor homenaje será dejar de recordarlos por sus muertes, y comenzar a añorarlos por su rol en nuestras victorias. Pero hay otros mártires que no entregan su vida, pero sí su "adelante": tantos niños y niñas que quisieran que no fuese tan simple vivir en nuestras cuadras, pasar por sus lados y no abrir nuestros pechos para que funcionen como sus almohadas. Porque no hay donación mensual ni cheque que cubra el derrumbe de un algo, la ventisca de un “no está”, la avalancha de una letra protestada por no aceptar cada una de sus desazones. Hay miles de corazones que no pueden seguir esperando. Hay miles de verdades que no se someten a tu táctica ni mi estrategia, como también hay otros miles que desechan el sentimiento por sobre la cabeza, el raciocinio por sobre la verdad. Porque se trata de que una no se coma a la otra, porque se trata de no perder la esperanza a manos de palpar la realidad.

Porque, quizá, tienes pena. Porque nada está perdido: nunca el hombre está vencido, su derrota es siempre breve. Porque puedes pedir ayuda y alguien sabrá escucharte, porque no es necesario irte sin que alguien te dé algo. Porque, lamentablemente, para algunos es más fácil aconsejar que recibir consejos. Porque, para otros, el escuchar no sólo es sano, sino que un ejercicio requerido. Escúchate, mírate, siéntete: a veces todos y todas necesitamos sentirnos como los únicos en el mundo.

Porque hablo de hacer un paréntesis. No más de tres líneas para relajar la lectura. No más de tres líneas para reflexionar. No más de tres líneas para que no hagas un prejuicio de lo que puede ser una oportunidad. No más de tres líneas para que un punto se transforme en tres suspensivos...

Porque con un “te quiero” absoluto pero lejano a lo posesivo, ya hicimos más que lo logrado en el entramado confuso del asambleísmo vicioso,  ya dimos más victorias al pueblo que lo conseguido con tanta pugna de discursos, ya prendimos más fuego que el que se consigue con el activismo vacuo desde el ocio y el oportunismo, ya elegimos más laureles que los que rayamos en un voto. Y porque hay un te quiero aún más grande y requerido, ese que se da desde el clamor combativo, ese que entona la lucha de un pueblo desde el canto, la marcha, la organización, el rubí del infante y la esperanza del desalambro del camino.

Porque viví y morí por ti, resucité a los tres días y volví a ser asesinado. Porque cansa revivir siempre. Porque los sueños, sueños son. Porque la vida es sueño. Porque mi sueño es retomarte, porque retomarte es mi vida, y me agoto de morir en cada derrota, me harto de revivir para volver a intentar tenerte, tener mi vida.

Porque es franco hablar de triestamentalidad, de igualdad -que, convengamos, no existe: ¡yo no quiero ningún igual, pero sí nuestra dignidad!-, de los derechos de los trabajadores, del pueblo y el explotado, para, al salir del discurso, hastiar hasta el rebosante asco de inconsecuencia.  Hay cosas sutiles. La colilla que botas al patio de tu Escuela para ver cómo la tía del aseo –tu trabajadora por la que luchas, a la que a veces ni siquiera saludas- gasta su poca movilidad para encurvar su dañada columna y recogerla. La vendedora de la esquina que, haciendo del trámite de compraventa su rutina de vida, jamás has saludado ni despedido con sincera sonrisa, de buena gana, con brillante expresión. Al trabajador del Transantiago que, cansado y agotado por una rutina de la que quisiera con la primera oportunidad escaparse, se lleva el desquite de tu mal rato, ánimo desposeído y pupila temblando para recibir tu expulso injusto y descontrolado, y así llegar a casa gritoneando a madres e hijos por su agobiante día, del que tú fuiste artífice y parte.  A tu propio padre, a tu propia madre, a la cual dejas el pesar de años de vida para que continúen su mal pagado sudor sacrificado en aras del patrón, para luego otorgarles las tareas domésticas, el desquite de tu pálpito de injusticias, tu encierro en la pieza con tu único descanso y enajenado mundo, tu computador.

Porque, torpemente, nos preocupamos más de la ausencia de la ritualidad del hola, el cómo estás y el adiós en medios impersonales, que de verdaderamente acariciar con una sonrisa a quienes componen nuestro día. Sería notablemente más franco entender que no existen códigos, sólo agasajos disfrazados de elementos de compañía.

Porque es eminentemente paradójico extrañar. Y tener tan a mano el alivio pero no querer alcanzarlo, como esas medicinas que asustan por su mal sabor o duelen por su contenido. Hablo de anhelos y esperanzas. Refiero a aquellas y aquellas que creíste nunca esperaron, pero que -con mayor certeza que un "quizá"- aún te están conminando. 

Porque es desmotivante sentir que quienes pueden ser tus compañeros repliquen las mismas prácticas viciosas que critican, cual guanaco escupe en la hierba, hierba que, en un instante -ya pasó- habrá de comer. Porque entender la política como una mera repartija de poder no sólo corrompe, sino que desgasta. Porque, claramente, nada da abasto en un proceso revolucionario cuando se entiende que el colectivo o el partido está por sobre quienes dicen representar. Porque hablamos más de apariencias e imágenes, porque siempre hay que mantener la línea, porque de la crítica al otro gano para mí, porque seguimos creyendo que en el juego falso del micro-mundo político salvamos vidas. Porque, lamentablemente, terminas siempre pensando qué pierdes o qué ganas, y la desesperación de cambio inmerso en el propio caos termina siendo alimento para tu estrés y alejamiento. Porque ellos seguirán allí, encubriendo sus ganas. Porque se mantendrán las sonrisas, impertérritas, engañando masas. Porque no faltará quien piense que esto es también retórico, es también en aras de la conveniencia. Porque a ratos las fuerzas flaquean, más de lo que uno quisiera.

Porque el alcohol termina consumiéndote más de lo que desearías y cuando menos te das cuenta. Porque fumas cada cigarro como si en él se consumiese un pesar menos, cuando en lo práctico sólo te consume vida. Y el vicio, bueno, nadie nunca dijo que quería un mundo (comunista) libre de vicios. 

Porque el ego parece siempre ser más fuerte. Y cuánto cuesta deshacerse de tus propias cadenas.

Porque es cómodo hablar de libertad cuando tu dinero merma la vida del otro. No hablo de un mal entendido concepto de consecuencia: no creo que nadie deba escapar del mundo para ser mundo, escribo por una siempre necesaria elocuencia. Hay que tocar madera.

Porque nada es “perse se”, todo tiene su causa. Nunca olvides que nada está dado. Respira antes de apuntar, reflexiona antes de criticar.

Porque me gustaría no estar cansado de tanto. Porque me gustaría un paréntesis en esto de ver y leer en ojos más de lo que quisiera. Porque quisiera que nadie leyese esto y no transformar nada en una carga para nadie, pero a la vez se ha mimetizado como una suerte de catálogo de experiencias que van representando a más de uno; quizá no urge pero sea útil. Porque quisiera volver a tener los ojos brillantes de antes. Porque la extraña sensación de no pertenecer a este mundo no puede ser de unos pocos. Ni mejores ni peores, quizá simplemente distintos. Y de esa diferencia se podrá alzar, y sólo así, la lucha por la verdadera igualdad, no esa homogeneizadora que nos venderán por TV. Porque siempre es tiempo de colorear.

Porque, tan retórico como no quisiera ser, habré escrito de esto un millón de veces. Porque, a años, vuelvo a notar cómo difícilmente cambia. Porque todo esto no tiene tanto de un tú, sino de un “reconozco mis derrotas y fracasos”. Porque también busco alzar los vuelos de lo que aún espera con ansias su despegue. Porque ayudar siempre es escribir. Porque, tocando el fondo, siempre podemos brincar para retomar el ritmo. Porque, como diría mi buen amigo Páez, una vez más, yo vengo a ofrecer mi corazón.

15 jul 2012

Antagonía



Te olvido porque me acomoda
Omitir mi antagonía
Para en esta novela torpe
Reclamar sobre papeles:
No hablo de hojas ni folios
Refiero a ti como la antagonista del villano de teleserie
Porque en nuestro entramado cómplice
Nunca hubo ni habrá un cuando
Para jugar el incómodo rol de héroe.

Te olvido porque ya no aguanto
La intertextualidad de nuestras lenguas,
Ni tus piernas degeneradas
Calculando siempre cuánto falta
para tragar
Eso que ya nos dice basta.

Te olvido porque siempre fui de impares
Y el ‘te amo’, sabrás, adolecía de ser ambo en palabra
Quizá por ello retruena el reproche:
Te olvido son ocho letras,
cuatro consonantes
y dos palabras
Pero,
¿Sabes qué me consuela?
Es sólo un corazón el que las dispara.

2 may 2012

Fulgor de aconteceres


Cuenta el rumor
Que alguien te ha manipulado,
Cuenta el clamor
Que ése fui yo.

Quizás el presagio extinguido de una utopía
Transitó del amor a la desdicha,
De la ingenuidad al desdén vengativo
Descarriló del camino cual peregrino sin vía,
Cuán violenta es su palabra
Queridas amigas mías.

 Y me pregunto,
¿Acaso no habrá descanso para tan infatigable hablilla?
Cuando danzo sobre cada mente
Sus dichos pretenden que fían,
Y ahí van sus ojos, contándome,
Que el alfil y su espada
Cortan cabellos de egolatría.

Bufón no te rías,
La función en el circo ha comenzado:
El universo cambia colores por armonía
Querrá borrar el negro por mí pintado,
Porque el exceso de sal en el mar
No es más que el castigo de cada día,
¡Cuánto ruges mar de habladurías!
En ti la acidez de cada mirada
Cobra cada ene que en normalidad no cuadra
En tu arraigo de tibios cuerpos,
Se mueve lo dúctil en consecuencia y soberanía,
Creo que temo mirarte,
Siento que agotas mi geografía,
Se destiñe el cuadro de familias,
Ahogas la palabra, el verso y el diato de mi curandería,
Ahí te vas,
Adiós resiliencia mía.

Pena para el autor,
Ése que escribe versos pero no poesía,
Toca abrazar una vez más la almohada
Por todos,
No hay felpa que adormezca la entropía mía.

3 abr 2012

No volverá jamás la gravedad


No volverá jamás la gravedad
Porque madera e hilo ajustician el sinsentido
El tiempo se acerca a mí como si llevase imanes,
En aquellas tardes que se quebraron
Cuando sus vidrios rasgaron nuestras carnes.

Pasó un tiempo atrás,
Cuando la infancia nos ruborizaba de cortedad
Nuestro cuerpo de extremidades anónimas
Con aquella sonrisa que expele intimidad,
Que, por cierto,
Sólo la encuentro en tus margaritas,
Con esos cuadros encamisados que claman forma,
Los mismos que hoy llevas
Quizá los mismos que, -no te preocupes, es sólo una broma-
Tantas veces me copias,
Y ese cabello y algodón sin colorantes,               
Donde siento que la niñez nos recuerda:
Tenemos maletas que nos esperan siempre abiertas.

Y aprendíamos desde insaciable curiosidad
Por lo mismo quizá no dejo de sentirme niño:
Todo nos parecía tan ajeno pero a la vez tan íntimo,
Sin propiedad alguna,
Con ese calor que no se transa ni se mendiga
En el refugio de la sombra de aquel árbol
Ese Sauce que nunca más lloró.

Existía la noche y el sol
Todo era mucho más sencillo,
Aún no entendía, por cierto,
Que crecíamos bajo las cenizas de un mundo distinto,
Pero escuché hoy que tú arrullabas lo mismo,
¿Acaso también tú quieres ser un niño?

Horas frente al televisor,
Ahora entiendo dónde aprendí a mentirnos,
Por suerte dejé la caja negra hace años
Espero el ataúd piense de mí lo mismo…

Pero, ¿dónde estuvo el río y la llama en los albores de mi crianza?
El árbol conchavino me sabe a sed,
Su ciruelo sólo provoca a mi intestino
Lo recuerdo,
Cuán dulce era comer
Cuando el agrio fruto era lo único prohibido.

Así, me declaro tan culpable como en aquella primera confesión
Donde, usted me disculpará, don Párroco,
Cometí el pecado de estrictamente ignorarlo,
Quizá allí Dios cerró puertas conmigo
Y el diablo abrió irascible ventana
Desde que me vio sobre tu ombligo.

Y entre tanta mezcla de edades y asuntos
Sigues apareciendo como parte de mi ritmo,
No leas,
Que exclamo entredientes:
“Espero nunca dejes de serlo”,
Ni desde ayer,
Cuando extraviamos la simpleza,
Ni hasta hoy,
Cuando la complicidad mata mi infantilismo.

Era nuestra edad donde no se imaginaba:
Excepción era lo real
Y, por cierto, nuestro hostigo;
Como los recortes de papel que sollozaban lamentos
Quizá era yo quien cortaba cada borde
Y con él eliminaba tu solitario quejido,
En esa ausencia de crédito
Pero nunca la falta de abrigo.

Y me repito,
No volverá jamás la gravedad
Porque madera e hilo ajustician el sinsentido
El tiempo se acerca a mí como si llevase imanes,
En aquellas tardes que se quebraron
Cuando sus vidrios rasgaron nuestras carnes.