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20 feb 2007

Continúa Hablando (IV)

Continúa Hablando


Continúa hablando, en serio, te estoy escuchando. Lo sé, me distrae esta cinta en mi mano, pero ello no significa que no te esté tomando en cuenta. ¿Qué por qué estoy tan inquieto? Es bastante sencillo, he sufrido la áspera muerte de dos amigos de forma tan abrupta, de forma tan violenta, de forma tan asfixiante, que es imposible no sentir apatía, como a cualquier ser humano realemente sentiría. Sí, sí, efectivamente tengo corazón, tengo estima, tengo razón.

El problema es que el dolor es la inducción hacia la plenitud. Pero nadie nos dice ni nos ha dicho qué es el dolor: quizá yo lo siento como pena, quizá tú como alegría, quizá otros como simple desprendimiento. En la vida las sensaciones no tienen reglas puesto nadie conoce qué son y cómo realmente se deberían desarrollar, logrando sólo tener vagas vivencias que nos dicen que así se siente, al igual que a la globalidad de nuestro mundo. Pero, ¿y si estamos todos equivocados? En efecto, creemos sentir. ¿Podemos comprabar que todos sentimos lo mismo ante las equivalencias que hemos otorgado en nuestro lenguaje a cada pseudo sensación?
 


Te contaré una historia. Hace ya bastante tiempo atrás, vivía yo en aquellos años la fortuna de haber sido uno de los tantos agradecidos con los beneficios reales de una humanidad, de una cuantiosa y económica humanidad. Es cierto, tan sólo tenía 14 años, pero podía disfrutar de pequeñas cosas que en mi vida significaban un alto placer. Sí, estoy tiritando, lo sé, estoy nervioso. Pero no me interrumpas, déjame continuar. El mundo parecía mucho más natural y complaciente de lo que te puedas imaginar. Mi salud, mi vida y mi integridad giraban en torno a las personas que siempre estaban allí, siempre a mi alrededor. Disponía de todo lo necesario para gritar, para andar, para cantar, para vivir, para sentir. Pero, a medida que crecía, me fui desilusionando del mundo: no todo era como lo parecía, no todo era como lo esperaba. La crueldad, la destrucción, la mentira, el juego, la política -también llamada vida misma- la corrupción, el desinterés… todo era extraño, pero a pesar de que todos parecían notarlo, nadie se esforzaba por cambiarlo. Nunca intenté hacer algo, siempre me quedé allí, sentado, viviendo, bailando, disfrutando quizá del vaivén de una mujer entre mis piernas, comiendo, llorando: mis ganas giraban en torno a ello, y nada parecía preocuparme, sólo era un raudo profanador de las transgresiones de la vida. ¿Qué tanto has transgredido tu propia existencia?
 


En fin, me interrumpes demasiado, veo que así no me dejarás hablar. Te pediré que te calles un segundo: te ayudaré un poc. Me presiona de alguna forma el no tener nada en las manos, creo que soy maniático del entretenimiento absurdo… bueno, todo es absurdo, todo es un permanente absurdo. En fin, lo tenía todo, absolutamente todo… y ahora, nada. Soy uno de los tantos que sólo quiere escapar y sentir que nada a su alrededor le llena, deseando experimentar el goce de probar un poco de todo: viví de fiestas, dormí en las calles, pateé piedras, violé mujeres, tuve sexo con hombres, profané iglesias y escupí a mi propia simpatía. ¿Qué? ¿Te sorprende? ¿Acaso me vas a decir que nunca has sentido la necesidad de hacer algo de ello? El ser humano es destructivo, se deleita haciendo sufrir al resto, destruyendo cosas, matando lo ajeno. Si no fuese por las claves de una sociedad dormida y deformada por la ansiedad compulsiva de quererlo todo, el humano no sería nada más que la peor pesadilla de Dios. Las reglas son las reglas, y como en todo juego hay de éstas, yo quiero continuar con el mío. ¿Sientes en este momento la ostentosa necesidad de quebrar algo, de romperlo todo?
 


Mis padres y hermanos murieron en un accidente hace dos años atrás: todos estaban en casa y dormían, cuando un incendio afectó a los vecinos. Sin entenderlo, algo pareció propagarlo rápidamente hacia el lado: litros de gasolina estaba en nuestro patio. Aquel día había salido horas antes a unas de mis innumerables fiestas arriba del auto de mi padre, el cual parecía anticiparse a la tragedia, pues lloraba grandes cantidades de su sangre, regando sus lágrimas de gasolina a través del patio de mi morada. Al regresar, no había nada, nadie, nada. Brazos de sol lo habían consumido todo. Como siempre el gobierno y la tropa de esqueletos de viciosos del poder lamentaron la tragedia, pero de seguro de pasarles a uno de ellos, no habrían estado en las condiciones que estuve yo. Es casi divertido tenerlos cerca, nunca sabes si puedes confiar en ellos aunque creas que entregan todo por ti, y sus sonrisas cínicas no son más que la petición de un futuro apoyo. ¿Y tú, los apoyarás?
 


¿Qué dices? Habla mejor, no te entiendo. ¡Ah!, es cierto, creo que estás algo limitado. Tranquilo; exprésate, siente por primera vez que alguien el lo lóbrego de tu entorno te escucha. Ya veo, entiendo. Sí, sé que sabes, sé que tú fuiste un de los tantos que me ayudó a superarlo, pero ahora… ¿Me preguntas por el amor? ¿Aquello que no es más que una agónica supuesta felicidad? El amor no se define, no es conmensurable. es críptico y sobreexplotado. Sí, me enamoré muchas veces en mi vida, pero nunca conocí el amor. ¿No me entiendes? Puede ser el arma de doble filo más grande que haya conocido: piensas siempre en alguien, te desesperas, te sientes dependiente, te obsesionas. Lo peor es que todo ello no mide barreras, no mide sentidos, no mide complejidades: puedes enamorarte de quien menos esperas y de quién quizá nunca lo hubieses creído, provocándote sólo dolor, y más aún cuando todos parecen juzgarte porque no te comprenden, ni a ti ni a lo que puedas oler de tu corazón. Yo era uno de ellos que nadaban eternamente en nubes de cariño, me gustaba querer a la gente, sentirla cerca, gozar cada insante con ellos. Me enamoraba de la gente, sentía que realmente era mucho más importante sentir el calor de alguien en un abrazo que tenerla para sólo juntar nuestros cuerpos. Sin embargo, el rompecabezas no calza, una pieza debe haber quedado a la deriva. Muchos golpes me hicieron cambiar, me hicieron depender de lo que esta aquel momento consideraba como filosofía de vida. En ello comprendí que nunca amé, pues el amor hacia alguien significa convertirme yo en la otra persona. Muchas veces lo negué, pero sólo me negaba a mí, dañándome. ¿Qué tantas veces has negado tú el amor?
 


Cierto, sin dolor no te haces feliz, pero no se puede vivir eternamente buscando la felicidad. ¿Qué si es cierto? Pues claro. ¿O me dirás que nunca lo has sentido? Si las lágrimas son señal de alegría y felicidad, ¿por qué la felicidad no puede ser la tristeza y la sinceridad la mentira? Son paralelismos agónicos de la vida, compañero. 

Veo que te mueves menos, ya no estás tan acelerado. Me alegro de que te relajes, pues así será todo mejor. En fin, al final todo es cruel, todo es distante. Siempre intenté buscar pretextos, pero nunca daba con alguno que me fuese certero. La vida me había quitado mucho: mi familia, mis padres, mis hermanos. ¿Qué he hecho yo? ¿Qué carreteras sin sentido intenté tomar? El tiempo se me escapaba de las manos, y yo sólo intenté disfrutar mi vida, pero esta parecía sólo querer golpearme, cada vez más, cada vez más, cada vez más. Poco a poco caía en este caos sin sentido e intenté aferrarme a situaciones que habían marcado mi vida: las lágrimas, los brazos de calor, la despreocupación.

Ya no te escucho, ¿qué sucede? Si, así parece, nadie me toma atención, nadie es capaz de escuchar mis historias, nadie es capaz de tan sólo atenderme un mísero minuto de su vagabunda vida. La sociedad no me comprende, la sociedad me dilata, la sociedad me impregna de este sucio temor a no querer salir nunca más de allí, nunca más de acá, nunca más de mí mismo. No, no es mi culpa señor, no, no lo es. Es el mundo el que no me ha dado las facilidades para poder estar próximo a lo que quiero, yo no decidí nacer donde estoy, yo no decidí ser así, yo no decidí ser lo que ahora soy. Si el mundo no cambia para mí, ¿por qué debería cambiar yo para él? Más de alguna vez escuché a muchos decir que no hay que sentirse impotente por el error de mundo en el que vivimos, hay que sentirse de tal forma por no querer cambiarlo. Y eso, ¿a mi qué? No me interesa tu corrupto planeta, no me interesa tu basura de país, no me interesa tu absurda amistad. Lo he perdido todo y nadie lo nota, nadie me da sólo una palabra de aliento. ¿Qué tantas ansias de reconocimiento hay en tu tierna retórica social?



Ya es hora de que fumes un suspiro más en tu cuerpo, y con gusto te brindaré mi último cigarro. Si tan sólo no estuvieses allí, enfermo, enfermo de querer disfrutar la vida que ya ves lejana; si tan sólo pudieses cerrar esos determinantes ojos y abrir esos desistidos oídos para volver a atenderme; si tan sólo no existieses acá, como un frío cuerpo asfixiado de sudor y gasolina, congelándote con mi fuego, encendiendo tu sangre, muriendo de querer vivir… notarías que estás muerto. Pero, un consuelo: Tranquilo, el mundo que tanto amas no llorará tu muerte.
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18 mar 2006

Estrago ( I )


Estrago

La noche no era favorable, el viento surcaba lanzándose sobre el siseo de los árboles, la lluvia caía y el tiempo continuaba su rutinario proceder. Tras el umbral de la puerta estaba Cristóbal, quien tras una cortesía habitual dejaba ingresar a su compañero de toda la vida en su holgado departamento. Las horas se hacían lentas y el cansancio los consumía, cada minuto era el último, el final, como una navaja que prospera al ritmo de cada segundo, como una cuchilla que se acerca a tu pecho mientras todo instante te convoca a estar más cerca de sangrar. Faltaba poco para la medianoche y el invitado decidió tomar un baño; ellos se conocían todo, hasta el más mínimo secreto. Cada vida se complementaba con la otra en todo aspecto experimentado, de lo que carecía uno, se veía fortificado en abundancia en el otro.
Mientras Seba secaba su cabello desgreñado por la lluvia y el sudor, su amigo salía del cuarto de baño con tan solo una toalla en la cintura. Al poco tiempo se reunían en el salón central, estando ambos ya informalmente vestidos. Conversaban y reían, a la vez que una que otra risotada amenizaba el ambiente sincronizado con pequeñas raciones de alcohol, el cual ya que se hacía presente. De paso lento, y, trencillándose desteñidas palabras, ambos comenzaban a desatar alegría, mezcla de júbilo e incomprensión. Todo procedía amenamente, hasta que el éxtasis del momento y la bebida recorriendo sus venas, llevó a Cris a mencionar tal palabra prohibida: ‘eso’.... 'aquello', que siempre aparecía como la permanente sombra de una vida. Ninguno se atrevió a mencionar una sola palabra. Por un momento todo parecía sumergido en un cruel silencio, sólo opacado por el destemplado sonido de la lluvia abatiendo el tejado. ¿Quién pensaría que aquel instante sellaría el futuro de toda una vida?

'Tic Tac, Tic Tac’ … Un dulce clicleo se oía lejano en la sala. Era un sonido extraño, exacto, directo e increíblemente acongojante. Nuevamente el enmarque del tiempo se hacía presente, esta vez gracias a lo que parecía el anuncio del cambio de hora producido por un distante reloj. Aquella eufonía penetró la mente de Sebastián, quien aún yacía aturdido. Miles de recuerdos, agonía y dolor volvían a su mente, todo era estrago. Con el rostro pálido y desfigurado, entabló remisamente su fija mirada en el acompañante. Contemplaba desconcertado, confundido, anonadado. De un momento a otro, y sin previo aviso, inició una frenética carrera en dirección a las escalinatas, cuando una lágrima se asomaba en su mejilla. El reloj en la pared marcaba las 00:00 horas, Cristóbal todavía estaba confuso y palidecía rápidamente, mientras observaba con estupor lo que estaba sucediendo: sospechaba que algo de suma importancia se le había olvidado. Apenas había reaccionado, ya corría tras el paso de Seba. La puerta estaba abierta y el sonido se presentaba cada vez de forma persistente 'Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac'.
 
Sebastián marchaba sin mirar atrás, arrancó todo, volteó preciosas figuras, caía y no dudaba en levantarse. El sonido se hacía cada vez más fuerte, pero de un momento a otro todo calló. La lluvia había cesado, la habitación estaba oscura y éste se encontraba de espaldas a Cris. Ambos temblaban. La noche volvía a marcar presencia, mientras un fuerte zumbido precedido por una prodigiosa luz, reflejó las sombras de cada uno en la oscuridad. Desde el cielo se daba término a la paz, el fin del último momento de calma.

Cris caminaba despacio, con paso firme y decidido. Sigilosamente, se acercó hacia una pequeña estantería y abrió un pequeño baúl, sacando un objeto de larga dimensión, el cual, a la luz de las mieles lunas, parecía ser de un gran peso. Su amigo se encontraba hincado en el suelo, sosteniendo un pequeño reloj en las manos y realizando débiles sollozos de profunda pena, dispuesto a recibir lo que le deparaba el destino. Cristóbal dio un paso hacia delante, otro, uno más, mientras sostenía el objeto con ambas manos, como dispuesto a abatir el estático cuerpo de su compañero, el cual yacía sosegado, esperando tranquila y resignadamente lo que debía suceder. Estaban a un metro de distancia, cuando otro duro destello se pronunció en la habitación. Todo crujía, el nerviosismo aumentaba y la lluvia se hacía más intensa. Cuando sólo un paso los separaba, Cris alzó ambas manos hacía el cielo, puso el objeto en medio de éstas y tras respirar profundamente y prolongadamente, llevó con mucha fuerza sus manos hacia el cuerpo de Seba…

¡Feliz Cumpleaños! Y un decidido abrazo formado por el arco de las manos en el cuello de Sebastián, terminaban por sepultar el mutismo de la habitación. Cris entregaba el envoltorio de un enorme y dorado reloj, que había cesado ya su resonancia. ‘Es lo que siempre deseaste’.