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18 mar 2006

Estrago ( I )


Estrago

La noche no era favorable, el viento surcaba lanzándose sobre el siseo de los árboles, la lluvia caía y el tiempo continuaba su rutinario proceder. Tras el umbral de la puerta estaba Cristóbal, quien tras una cortesía habitual dejaba ingresar a su compañero de toda la vida en su holgado departamento. Las horas se hacían lentas y el cansancio los consumía, cada minuto era el último, el final, como una navaja que prospera al ritmo de cada segundo, como una cuchilla que se acerca a tu pecho mientras todo instante te convoca a estar más cerca de sangrar. Faltaba poco para la medianoche y el invitado decidió tomar un baño; ellos se conocían todo, hasta el más mínimo secreto. Cada vida se complementaba con la otra en todo aspecto experimentado, de lo que carecía uno, se veía fortificado en abundancia en el otro.
Mientras Seba secaba su cabello desgreñado por la lluvia y el sudor, su amigo salía del cuarto de baño con tan solo una toalla en la cintura. Al poco tiempo se reunían en el salón central, estando ambos ya informalmente vestidos. Conversaban y reían, a la vez que una que otra risotada amenizaba el ambiente sincronizado con pequeñas raciones de alcohol, el cual ya que se hacía presente. De paso lento, y, trencillándose desteñidas palabras, ambos comenzaban a desatar alegría, mezcla de júbilo e incomprensión. Todo procedía amenamente, hasta que el éxtasis del momento y la bebida recorriendo sus venas, llevó a Cris a mencionar tal palabra prohibida: ‘eso’.... 'aquello', que siempre aparecía como la permanente sombra de una vida. Ninguno se atrevió a mencionar una sola palabra. Por un momento todo parecía sumergido en un cruel silencio, sólo opacado por el destemplado sonido de la lluvia abatiendo el tejado. ¿Quién pensaría que aquel instante sellaría el futuro de toda una vida?

'Tic Tac, Tic Tac’ … Un dulce clicleo se oía lejano en la sala. Era un sonido extraño, exacto, directo e increíblemente acongojante. Nuevamente el enmarque del tiempo se hacía presente, esta vez gracias a lo que parecía el anuncio del cambio de hora producido por un distante reloj. Aquella eufonía penetró la mente de Sebastián, quien aún yacía aturdido. Miles de recuerdos, agonía y dolor volvían a su mente, todo era estrago. Con el rostro pálido y desfigurado, entabló remisamente su fija mirada en el acompañante. Contemplaba desconcertado, confundido, anonadado. De un momento a otro, y sin previo aviso, inició una frenética carrera en dirección a las escalinatas, cuando una lágrima se asomaba en su mejilla. El reloj en la pared marcaba las 00:00 horas, Cristóbal todavía estaba confuso y palidecía rápidamente, mientras observaba con estupor lo que estaba sucediendo: sospechaba que algo de suma importancia se le había olvidado. Apenas había reaccionado, ya corría tras el paso de Seba. La puerta estaba abierta y el sonido se presentaba cada vez de forma persistente 'Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac'.
 
Sebastián marchaba sin mirar atrás, arrancó todo, volteó preciosas figuras, caía y no dudaba en levantarse. El sonido se hacía cada vez más fuerte, pero de un momento a otro todo calló. La lluvia había cesado, la habitación estaba oscura y éste se encontraba de espaldas a Cris. Ambos temblaban. La noche volvía a marcar presencia, mientras un fuerte zumbido precedido por una prodigiosa luz, reflejó las sombras de cada uno en la oscuridad. Desde el cielo se daba término a la paz, el fin del último momento de calma.

Cris caminaba despacio, con paso firme y decidido. Sigilosamente, se acercó hacia una pequeña estantería y abrió un pequeño baúl, sacando un objeto de larga dimensión, el cual, a la luz de las mieles lunas, parecía ser de un gran peso. Su amigo se encontraba hincado en el suelo, sosteniendo un pequeño reloj en las manos y realizando débiles sollozos de profunda pena, dispuesto a recibir lo que le deparaba el destino. Cristóbal dio un paso hacia delante, otro, uno más, mientras sostenía el objeto con ambas manos, como dispuesto a abatir el estático cuerpo de su compañero, el cual yacía sosegado, esperando tranquila y resignadamente lo que debía suceder. Estaban a un metro de distancia, cuando otro duro destello se pronunció en la habitación. Todo crujía, el nerviosismo aumentaba y la lluvia se hacía más intensa. Cuando sólo un paso los separaba, Cris alzó ambas manos hacía el cielo, puso el objeto en medio de éstas y tras respirar profundamente y prolongadamente, llevó con mucha fuerza sus manos hacia el cuerpo de Seba…

¡Feliz Cumpleaños! Y un decidido abrazo formado por el arco de las manos en el cuello de Sebastián, terminaban por sepultar el mutismo de la habitación. Cris entregaba el envoltorio de un enorme y dorado reloj, que había cesado ya su resonancia. ‘Es lo que siempre deseaste’.