17 ene 2013

Todas las estaciones, la estación.

           Sonaba la alarma roja y yo ya sabía que era el momento: cerrarían las puertas, siempre tan belicosas, como señal inclaudicable del momento para inmiscuirme en mi paralelo de lectura. Una forma de escapar de la rutina en medio de ella, pensaba. Llevaba dos días con el mismo libro. Correspondía, esta vez, a mi querido amigo Julio -Julio Cortázar, para los no tan cercanos- en una nueva lectura de aquel recurrente “Todos los Fuegos el Fuego”. De alguna forma u otra, siempre estaba en cada emprendimiento.

            Cuerpo hacia atrás, mochila entre las piernas, mano izquierda en los pasamanos y la diestra en el libro. Ojos descendiendo, comenzaba el son del metro y el ritmo de mi lectura: “En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada (…)”. Era cómico. Cada vez que leía, no podía sino entender “Daphne”, imaginando a través de la marca aquel auto cómo sería aquella chica.

            Avanzaba en mi viaje y el metro ahondaba en sus andares, abriendo cuál sureño su hospitalidad al ingreso de más pasajeros. Cada incorporación era una distracción curiosa. Y ahí, en el momento menos indicado, llegó tambaleándose bajo el rugido de su coraza, bajo su amarillo despampanante. Inquieto y aprestándome al nuevo tramo, no sólo sentía que podía notar mi primeriza sonrisa, casi podía ver, a través de las páginas, cómo su mirada penetraba cada una de mis palabras. Ojos claros, piel morena: aquel compás que resaltaba en las paredes, tan metálicas, tan abusadas. Levanto la cabeza y allí estaba: en el éxodo detenido su sonrisa deslumbraba anunciando la partida. Comenzaba nuevamente el vaivén, y las letras, rugosas, se transformaban en una flecha que apuntaba hacia ella: Julio, siempre tan inquieto, me susurraba que no había oportunidad que perder. Y así, en mi sonrojo, disimulaba bajo el borde del cuerpo de brindis lingüístico cómo sólo a ella, y repito -sólo a ella- la quería leer.

            Se detenía nuevamente el ritmo palpitante del metro rojo, y ahora, en el instante preciso, exacto, sin siquiera saber cómo abordarla, debería hacerlo. Pero nada pasaría. Se había ido perdida entre la multitud indiferente que ahora, testigo, abandonaba el vagón. Las viles puertas me acaban de ganar una nueva aventura, una nueva guerra. Suspiro, me resigno y espero un nuevo arranque, la mirada de vuelta al texto, el corazón al viejo amigo:

            “Pensándolo después -en la calle, en un tren, cruzando campos- todo eso hubiera parecido absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso”, continuaba el libro.

23 sept 2012

Ley Hinzpeter: La ley como mecanismo de represión social.



Para nadie es un misterio que el pasado año estuvo marcado por las movilizaciones sociales que se levantaron desde diferentes sectores del país. Asimismo, no debiese sorprendernos que, ante dichas manifestaciones que marcaron la agenda pública, la respuesta del gobierno -y del Estado mismo- sea el de buscar, mediante la ley como herramienta “legítima” del orden social, reprimir y castigar a quienes alcen la voz crítica, todo esto en pos de la “calma”, la “institucionalidad” y “paz social”. El objetivo es uno solo: mermar la incidencia social y con ello el avance de un pueblo mismo, que en su justo y necesario despertar reivindicativo atenta contra los intereses de un puñado de individuos que detenta el poder económico, político y de los medios de comunicación en nuestro país. Por algo somos unos de los países con mayor desigualdad del mundo, y si así se ha mantenido es porque claramente se ha trabajado en ello.

            Entonces, cuando la movilización se acrecienta y las herramientas represivas del Estado no logran dar abasto o surtir el efecto deseado, la ley es un buen mecanismo para disipar ésta. Chile sabe de ello: amparándose en un concepto de excesos y el recurso constante de la violencia, nuestro país ha vivido claros períodos en donde se ha limitado y hasta suprimido el justo derecho a la protesta social, muchas veces sin más argumento que, lisa y llanamente, la defensa de los intereses del gobierno de turno.  De esta forma, por ejemplo, durante las primeras décadas del siglo XX Chile vivió las consecuencias de la llamada “Cuestión Social”, buscando transformar nuestro Estado hacia uno con atisbos incipientes de uno de Bienestar. No obstante esto, la respuesta estatal para lograr dicho propósito continuó bajo la senda de la represión: entre 1924 y 1938, bajo una serie de protestas, golpes de Estado y dictaduras, la mantención del “Orden Público” jugó un rol fundamental, generándose diversas leyes y decretos de ley que dieron nacimiento a la Ley de Seguridad Interior del Estado. Una de las más relevantes es el Decreto Ley N°50 de 1932, donde se expresa la necesidad de castigar a través del Código Penal (en adelante CP) las manifestaciones públicas contrarias al gobierno. ¿El porqué de ello? Básicamente porque, en virtud de su posición política, éstas respondía a “movimientos anarquistas” o a “terrorismo”, cuyo objetivo era destruir las instituciones básicas la sociedad como la familia o la propiedad. En el año 1937, las anteriores disposiciones se fusionan en el primer texto de la Ley de Seguridad Interior del Estado. En 1948, además, se proscribe al Partido Comunista en el mismo cuerpo legal, anulándose ello el año 1958 junto a una serie de decretos que dio origen a la actual Ley de Seguridad Interior del Estado.
           
            Así, la Ley de Fortalecimiento del Orden Público, en adelante “Ley Hinzpeter”[1], refiere a una viva expresión de lo referido: hay una respuesta gubernamental fundada en el temor que provoca la violencia publicitada por los medios que busca reflejar, a pretexto del “Orden Público”, la necesidad de evitar que ésta vuelva a surgir en las manifestaciones sociales. Existe, así, una supuesta defensa para cada los ciudadanos de nuestro país. Olvidan, eso sí, que dicha violencia es una consecuencia propia de un sistema desigual e injusto que, día a día, expresa sus implicancias en el diario vivir de las personas, reemplazando la comunidad por el individualismo, la competencia por la cooperación; enarbolando el consumismo como motor de vida. Ello es, en sí, violento. De esta forma, y mediante la exageración de la violencia del manifestante, el gobierno busca justificar legalmente la represión a nuestros derechos.

            En lo concreto, la ley propone:

1. Que cometer o resistir con violencia, emplear fuerza o intimidación (art. 261 CP) contra fuerzas especiales y gendarmería sea considerado atentar contra la autoridad. Se crea así una diferencia elemental: fuerzas especiales tiene un estatus distinto al manifestante en cada marcha.

2. Actualmente la ley señala que como pena para el delito anterior podía decidirse entre reclusión menor en su grado medio (540 días a 3 años) o multa de 11 a 15 UTM. Ahora, sólo podrían establecerse delitos que conlleven restricción de libertad.

3. Por modificación al art. 269 del CP se castiga con pena que va entre 61 días a 3 años[2] a quienes participen en desórdenes o cualquier otro acto de fuerza o violencia, a través de:

a) Paralizar o interrumpir, valiéndose de fuerza en las cosas o, de violencia o intimidación en las personas[3], algún servicio público. Como ejemplo, la paralización del Transantiago con alguna de las características enunciadas.

b) Invadir, ejerciendo violencia o intimidación en las personas, y sin contar con el consentimiento de los dueños, diversos bienes inmuebles, sean privados, fiscales o municipales.  Es decir, la toma de una universidad o colegio, mecanismo de presión regular de los estudiantes, podría ser considerado delito, llevando aparejado una pena de hasta 3 años de cárcel.

c) Impedir o alterar, ejerciendo violencia o intimidación en las personas, la libre circulación por puentes, calles, caminos u otros bienes de uso público semejantes, resistiendo el actuar de la autoridad. Por ejemplo, una barricada o corte de calle, medidas utilizadas en Aysén, Magallanes y Freirina, podría considerarse fácilmente dentro de este punto.

4. La pena en cuestión se establecerá sin importar si corresponde aplicar otra a los responsables de dichos delitos que se pretenden tipificar. Acá se infringe abiertamente el principio penal, consagrado en nuestra Constitución y en diversos Tratados Internacionales de Derechos Humanos, de “non bis in idem” (latín: “no dos veces por lo mismo”). Éste implica que no se puede sancionar penalmente más de una vez por un mismo hecho. De esta forma, una persona podría ser procesada y castigada por el delito de saqueo que pretende establecer esta ley y a su vez por el delito de robo con fuerza en las cosas en lugar habitado o no habitado (arts. 440 a 445 del CP) por un mismo hecho.

5. No se castigará sólo a quien realice la acción que comparta el delito, sino también a quienes participen, inciten o fomenten dichos desórdenes. La pena asignada será la misma referida, es decir, de 61 días a 3 años. Ahora la pregunta es: ¿Quiénes promueven? ¿Los convocantes, por ejemplo? ¿Qué se entiende por fomentar? ¿Quienes estén al momento de la ocurrencia de alguno de estos actos se consideran dentro de la participación? ¿Quién difunde una manifestación de forma “incendiaria” por facebook, también? Probablemente sí. Con esto se genera un incentivo perverso para el gobierno de turno: estimular la violencia en las manifestaciones para luego castigar a las organizaciones que las promovieron por medio de sus representantes.

6. Al actuar quien ejecuta el acto con capucha o algo que no permita “identificar el rostro”, se forzará a castigarlo con el máximo de pena correspondiente acorde al delito que refiera esta ley. Ahora bien, en las manifestaciones son usuales los pañuelos o símiles que se utilizan para disminuir el efecto de los gases lacrimógenos. La utilización de estos podría considerarse fácilmente como una forma de “evitar que se identifique al autor”, asignándole, si la pena corresponde, 3 años de cárcel. Dejando un gran margen para la arbitrariedad, la medida nos retrae a lo que en Derecho Penal se le denomina “derecho penal de autor”, modelo propio de regímenes autoritarios como el de la Alemania nazi. De esta manera se busca castigar no el acto en sí, sino características personales del actor.

            Volvamos entonces a lo anterior: la ley se transforma en un mecanismo eficaz para evitar la manifestación social en tanto afecta directamente a una serie de mecanismos de presión utilizados históricamente en nuestro país en el contexto de protesta. Pero no sólo eso, sino que dicha ley, la cual ha sido criticada por diferentes organismos internacionales como la ONU[4], cumple una función disuasiva esencial: no basta sólo con el temor que infunde la penalidad asignada, sino que implica un grado alto de arbitrariedad para carabineros y fuerzas especiales en la propia manifestación al momento de una eventual detención que genera, por supuesto, temor. Debido a lo indeterminado o el campo abierta que deja muchos de sus conceptos, puede ser recurrente que sin “violencia o intimidación”, por ejemplo, se lleve detenidos a quienes realicen un acto cultural que altere el tránsito en una plaza. Al fin y al cabo, quienes determinan si se cumplen los requisitos de los delitos que señala la norma serán los mismos agentes policiales. Así, no es sólo la pena ni la determinación del delito las herramientas de represión, sino las mismas potestades que se le otorgan al Ministerio Público a través de la carabineros y fuerzas especiales. Asustar e intimidar se transforma en un mecanismo eficaz para reprimir la protesta.

            Por último, cabe destacar algo elemental y básico: si no podemos manifestarnos en pos de nuestros derechos, simplemente estos se vuelven invisibles, desaparecen, se manifiestan a nivel discursivo en nuestra Constitución. Si no podemos exigirlos, nuevamente se verán desplazados. Si están siendo violados, no podríamos reclamar en un contexto que no les sea propicio a los intereses de los mismos que promueven esta ley. Si no podemos manifestarnos simplemente se acalla nuestra voz, y con ello, triunfando, logran aplacar al mismo pueblo. Vale la pena reivindicar el derecho a la protesta, y con él el alzamiento real de gran parte de nuestros derechos que hoy se transforman fácilmente en sólo letra muerta.
  
                                                                           
        Para más información:

- Prezi Informativo que aborda los puntos de la ley: AQUÍ.
- Taller Itinerante para realizar en diferentes espacios, contactar al mail noalaleyhinzpeter@gmail.com.
- Para estar actualizados, página “No a la Ley Hinzpeter” en facebook.



Leonardo Jofré R.
Concejero FECH.
Militante Actuar Colectivo.
Estudiante de IV año de Derecho, U. de Chile.




[1] Para seguir la tramitación del proyecto en la Cámara de Diputados, puede revisarse AQUÍ.
[2] Antes de la modificación realizada al proyecto original por la Comisión de Seguridad Ciudadana y Drogas de la Cámara de Diputados, la pena considerada para este delito correspondía a presidio menor en su grado medio, es decir, de 541 días a 3 años.
[3] Modificación (paréntesis) ingresado con el informe de la Comisión de Seguridad Ciudadana y Drogas al 28/08 del presente año.
[4] “ONU cuestiona “Ley Hinzpeter””: AQUÍ.

20 sept 2012

Aquí y ahora


Acecho tu cuerpo sigiloso, tornadizo
Observando tu perfil de lleno gravitante
Gestor de aquel  guiño que enternece
Y que de tanta ternura en sigilo provoca
Angustioso frenesí por tenerte.

Porque tu inminencia sin mi piel me hiere
Quema como cual fierro caliente
Y hurgando en mi sangre infiere,
El deleite que destierra a mi sutileza imberbe:
Descontrol y avaricia por tu tacto vehemente.

Indúltame, le seré infiel a tu mejilla con su hermano cuello
Cometeré el incesto de transitar por cada parte de tu cuerpo,
Gustoso el rígido de mis labios entreabiertos
Que apartados de nuestro disfruto sólo por el tiempo
Cometerán apócrifo desasosiego
Voraz placer por dentro.

Y así el único resguardo será el requerido revestimiento;
El revestimiento de mi cuerpo dentro de tu cuerpo
Y desde la pasión pura absuelve todo gesto torpe,
Que la temperatura de mi Ares a nada de ti resiste;
Te quise, lo quise, cuánto quisiste.

15 sept 2012

Sin título


Porque, por los caídos en dictadura, empuñamos el brazo izquierdo y ensalzamos todo mecánico grito de reivindicación. Porque ellos no se fueron, siguen aquí. Y, si uno va más allá, notará que ya no siempre están continuamente con el autodenominado revolucionario: hoy se denotan más presentes en quienes duermen con diarios en las calles, víctimas y fiel reflejo del sistema injusto contra el cual lucharon, que en aquellos de voluntad transformadora que apuntan al “flaite”, al encapuchado, al que pide una moneda en la esquina, en fin, al verdadero abrumado. Hay piedrazos que nunca serán tan dañinos como cuanta cuchillada le damos al alma.

Porque es fácil extasiarse con una mina en pelota al punto de gritarle “puta”, enfervorizado, para luego entonar los derechos de la mujer, citar a Caffarena, recordar a Tristán, engullir que no hay revolución sin igualdad. Pero, paréntesis, me reprimo: cité a Elena y Flora, detesto referir desde los apellidos. Porque es aún más sencillo hablar de machismo para no asumir el rol vital que tienes. Porque tiene más de inconsecuencia que justicia enternecerte al punto de que el sonrojo del pómulo se transforme en volcán pa’ la sangre cuando desprecias a quienes mataron a Daniel Zamudio, pero carecer de reproche al reírte del maricón, de la camiona, del travesti y de quien, en tu puesto del lado, es o elige algo distinto. Porque es aún más raso ser homosexual y despreciar a la “loca” porque afecta tu lucha, porque tú crees en el gay vigoroso,  recio y masculino, del macho que te hablan los mismos que hace años no sólo no te reconocían, sino que exigían tu cuerpo y vida. Porque hay solo una lucha: la del todo oprimido, pero duele aún más cuando quien cree dar la justa pelea se confunde con el opresor y aquel mismo repugnante ladrido.

Porque nunca puedes quedar bien con todos, pero duele que siempre haya un alguien. Aunque permanezcan injusticias hasta en las mínimas miradas. Porque de aquellas nimiedades se construye el día.

Porque es cruelmente simple enamorarse, para luego notar que el amor es violento e impredecible, que el amor es el mal. Que amar implica seleccionar, transformarte en un ente sumiso porque vives por el otro, crear dependencia hacia las propias carencias; que el amor es la negación sin aprendizaje ni reconocimiento. Propongo reemplazar el amor a una o uno por el amor al mundo. ¿Qué los diferencia? Creo que son matices. El amor al mundo no conlleva la selección, y esto a su vez evita el quiebre con el mundo, soslaya el autismo propio de “dos”. Al no haber un "único", no hay vicio personal (aunque el vicio podríamos ser todos y todas, y por ende abordar aún más sufrimiento...). Cuando amas, pierdes percepción, porque sólo -a través de la negación- observas al otro, existe el otro, te reconoces por medio de tus diferencias con el otro. Allí hay un “uno” o "una" que amo, que es diferente a este “yo” que lo  o la ama. Pero en el amor no hay negación de la negación: no te constituyes como persona, sólo resaltas lo propio, exaltas los defectos y virtudes del otro, te transformas en un elemento, en un ente, en “algo” que vive por el otro: existe verdadera posesión. No hay, a su vez, aprendizaje: vives por el otro. Cuando amas, el otro se transforma en tu motor de vida, y por lo mismo te dejas de lado pues no eres capaz de constituirte, no se da la dialéctica del diario vivir. Cuando amas a todo el mundo, no amas como pareja a nadie: cada uno de ellos representa un ser distinto a ti, sí existe la constitución del individuo. Nos reconocemos con el otro. Cuando amas a uno, ¿puedes amar a todo el mundo? Existe una jerarquía propia de lo anterior. Sólo negarte es la actitud más violenta que puede haber consigo mismo: pasas a sólo saber del otro, entregarte por el otro, vivir por el otro... sin nada de ti. Porque es cruelmente triste no entenderlo, porque es cruelmente doloroso hablarlo así. Porque es aún más cruel seguir enamorándose y darte cuenta que la teoría nunca superará la práctica, y que seguirás sufriendo lo mismo que notas. Y la pregunta, nuevamente cruel, se asoma: ¿cómo cambiar como se erigen nuestras historias?

Porque no queremos más mártires. Porque no debo ni quiero ser uno. Porque el día que uno muera, habremos de soportar otras miles de derrotas. Porque el mejor homenaje será dejar de recordarlos por sus muertes, y comenzar a añorarlos por su rol en nuestras victorias. Pero hay otros mártires que no entregan su vida, pero sí su "adelante": tantos niños y niñas que quisieran que no fuese tan simple vivir en nuestras cuadras, pasar por sus lados y no abrir nuestros pechos para que funcionen como sus almohadas. Porque no hay donación mensual ni cheque que cubra el derrumbe de un algo, la ventisca de un “no está”, la avalancha de una letra protestada por no aceptar cada una de sus desazones. Hay miles de corazones que no pueden seguir esperando. Hay miles de verdades que no se someten a tu táctica ni mi estrategia, como también hay otros miles que desechan el sentimiento por sobre la cabeza, el raciocinio por sobre la verdad. Porque se trata de que una no se coma a la otra, porque se trata de no perder la esperanza a manos de palpar la realidad.

Porque, quizá, tienes pena. Porque nada está perdido: nunca el hombre está vencido, su derrota es siempre breve. Porque puedes pedir ayuda y alguien sabrá escucharte, porque no es necesario irte sin que alguien te dé algo. Porque, lamentablemente, para algunos es más fácil aconsejar que recibir consejos. Porque, para otros, el escuchar no sólo es sano, sino que un ejercicio requerido. Escúchate, mírate, siéntete: a veces todos y todas necesitamos sentirnos como los únicos en el mundo.

Porque hablo de hacer un paréntesis. No más de tres líneas para relajar la lectura. No más de tres líneas para reflexionar. No más de tres líneas para que no hagas un prejuicio de lo que puede ser una oportunidad. No más de tres líneas para que un punto se transforme en tres suspensivos...

Porque con un “te quiero” absoluto pero lejano a lo posesivo, ya hicimos más que lo logrado en el entramado confuso del asambleísmo vicioso,  ya dimos más victorias al pueblo que lo conseguido con tanta pugna de discursos, ya prendimos más fuego que el que se consigue con el activismo vacuo desde el ocio y el oportunismo, ya elegimos más laureles que los que rayamos en un voto. Y porque hay un te quiero aún más grande y requerido, ese que se da desde el clamor combativo, ese que entona la lucha de un pueblo desde el canto, la marcha, la organización, el rubí del infante y la esperanza del desalambro del camino.

Porque viví y morí por ti, resucité a los tres días y volví a ser asesinado. Porque cansa revivir siempre. Porque los sueños, sueños son. Porque la vida es sueño. Porque mi sueño es retomarte, porque retomarte es mi vida, y me agoto de morir en cada derrota, me harto de revivir para volver a intentar tenerte, tener mi vida.

Porque es franco hablar de triestamentalidad, de igualdad -que, convengamos, no existe: ¡yo no quiero ningún igual, pero sí nuestra dignidad!-, de los derechos de los trabajadores, del pueblo y el explotado, para, al salir del discurso, hastiar hasta el rebosante asco de inconsecuencia.  Hay cosas sutiles. La colilla que botas al patio de tu Escuela para ver cómo la tía del aseo –tu trabajadora por la que luchas, a la que a veces ni siquiera saludas- gasta su poca movilidad para encurvar su dañada columna y recogerla. La vendedora de la esquina que, haciendo del trámite de compraventa su rutina de vida, jamás has saludado ni despedido con sincera sonrisa, de buena gana, con brillante expresión. Al trabajador del Transantiago que, cansado y agotado por una rutina de la que quisiera con la primera oportunidad escaparse, se lleva el desquite de tu mal rato, ánimo desposeído y pupila temblando para recibir tu expulso injusto y descontrolado, y así llegar a casa gritoneando a madres e hijos por su agobiante día, del que tú fuiste artífice y parte.  A tu propio padre, a tu propia madre, a la cual dejas el pesar de años de vida para que continúen su mal pagado sudor sacrificado en aras del patrón, para luego otorgarles las tareas domésticas, el desquite de tu pálpito de injusticias, tu encierro en la pieza con tu único descanso y enajenado mundo, tu computador.

Porque, torpemente, nos preocupamos más de la ausencia de la ritualidad del hola, el cómo estás y el adiós en medios impersonales, que de verdaderamente acariciar con una sonrisa a quienes componen nuestro día. Sería notablemente más franco entender que no existen códigos, sólo agasajos disfrazados de elementos de compañía.

Porque es eminentemente paradójico extrañar. Y tener tan a mano el alivio pero no querer alcanzarlo, como esas medicinas que asustan por su mal sabor o duelen por su contenido. Hablo de anhelos y esperanzas. Refiero a aquellas y aquellas que creíste nunca esperaron, pero que -con mayor certeza que un "quizá"- aún te están conminando. 

Porque es desmotivante sentir que quienes pueden ser tus compañeros repliquen las mismas prácticas viciosas que critican, cual guanaco escupe en la hierba, hierba que, en un instante -ya pasó- habrá de comer. Porque entender la política como una mera repartija de poder no sólo corrompe, sino que desgasta. Porque, claramente, nada da abasto en un proceso revolucionario cuando se entiende que el colectivo o el partido está por sobre quienes dicen representar. Porque hablamos más de apariencias e imágenes, porque siempre hay que mantener la línea, porque de la crítica al otro gano para mí, porque seguimos creyendo que en el juego falso del micro-mundo político salvamos vidas. Porque, lamentablemente, terminas siempre pensando qué pierdes o qué ganas, y la desesperación de cambio inmerso en el propio caos termina siendo alimento para tu estrés y alejamiento. Porque ellos seguirán allí, encubriendo sus ganas. Porque se mantendrán las sonrisas, impertérritas, engañando masas. Porque no faltará quien piense que esto es también retórico, es también en aras de la conveniencia. Porque a ratos las fuerzas flaquean, más de lo que uno quisiera.

Porque el alcohol termina consumiéndote más de lo que desearías y cuando menos te das cuenta. Porque fumas cada cigarro como si en él se consumiese un pesar menos, cuando en lo práctico sólo te consume vida. Y el vicio, bueno, nadie nunca dijo que quería un mundo (comunista) libre de vicios. 

Porque el ego parece siempre ser más fuerte. Y cuánto cuesta deshacerse de tus propias cadenas.

Porque es cómodo hablar de libertad cuando tu dinero merma la vida del otro. No hablo de un mal entendido concepto de consecuencia: no creo que nadie deba escapar del mundo para ser mundo, escribo por una siempre necesaria elocuencia. Hay que tocar madera.

Porque nada es “perse se”, todo tiene su causa. Nunca olvides que nada está dado. Respira antes de apuntar, reflexiona antes de criticar.

Porque me gustaría no estar cansado de tanto. Porque me gustaría un paréntesis en esto de ver y leer en ojos más de lo que quisiera. Porque quisiera que nadie leyese esto y no transformar nada en una carga para nadie, pero a la vez se ha mimetizado como una suerte de catálogo de experiencias que van representando a más de uno; quizá no urge pero sea útil. Porque quisiera volver a tener los ojos brillantes de antes. Porque la extraña sensación de no pertenecer a este mundo no puede ser de unos pocos. Ni mejores ni peores, quizá simplemente distintos. Y de esa diferencia se podrá alzar, y sólo así, la lucha por la verdadera igualdad, no esa homogeneizadora que nos venderán por TV. Porque siempre es tiempo de colorear.

Porque, tan retórico como no quisiera ser, habré escrito de esto un millón de veces. Porque, a años, vuelvo a notar cómo difícilmente cambia. Porque todo esto no tiene tanto de un tú, sino de un “reconozco mis derrotas y fracasos”. Porque también busco alzar los vuelos de lo que aún espera con ansias su despegue. Porque ayudar siempre es escribir. Porque, tocando el fondo, siempre podemos brincar para retomar el ritmo. Porque, como diría mi buen amigo Páez, una vez más, yo vengo a ofrecer mi corazón.

15 jul 2012

Antagonía



Te olvido porque me acomoda
Omitir mi antagonía
Para en esta novela torpe
Reclamar sobre papeles:
No hablo de hojas ni folios
Refiero a ti como la antagonista del villano de teleserie
Porque en nuestro entramado cómplice
Nunca hubo ni habrá un cuando
Para jugar el incómodo rol de héroe.

Te olvido porque ya no aguanto
La intertextualidad de nuestras lenguas,
Ni tus piernas degeneradas
Calculando siempre cuánto falta
para tragar
Eso que ya nos dice basta.

Te olvido porque siempre fui de impares
Y el ‘te amo’, sabrás, adolecía de ser ambo en palabra
Quizá por ello retruena el reproche:
Te olvido son ocho letras,
cuatro consonantes
y dos palabras
Pero,
¿Sabes qué me consuela?
Es sólo un corazón el que las dispara.

2 may 2012

Fulgor de aconteceres


Cuenta el rumor
Que alguien te ha manipulado,
Cuenta el clamor
Que ése fui yo.

Quizás el presagio extinguido de una utopía
Transitó del amor a la desdicha,
De la ingenuidad al desdén vengativo
Descarriló del camino cual peregrino sin vía,
Cuán violenta es su palabra
Queridas amigas mías.

 Y me pregunto,
¿Acaso no habrá descanso para tan infatigable hablilla?
Cuando danzo sobre cada mente
Sus dichos pretenden que fían,
Y ahí van sus ojos, contándome,
Que el alfil y su espada
Cortan cabellos de egolatría.

Bufón no te rías,
La función en el circo ha comenzado:
El universo cambia colores por armonía
Querrá borrar el negro por mí pintado,
Porque el exceso de sal en el mar
No es más que el castigo de cada día,
¡Cuánto ruges mar de habladurías!
En ti la acidez de cada mirada
Cobra cada ene que en normalidad no cuadra
En tu arraigo de tibios cuerpos,
Se mueve lo dúctil en consecuencia y soberanía,
Creo que temo mirarte,
Siento que agotas mi geografía,
Se destiñe el cuadro de familias,
Ahogas la palabra, el verso y el diato de mi curandería,
Ahí te vas,
Adiós resiliencia mía.

Pena para el autor,
Ése que escribe versos pero no poesía,
Toca abrazar una vez más la almohada
Por todos,
No hay felpa que adormezca la entropía mía.

3 abr 2012

No volverá jamás la gravedad


No volverá jamás la gravedad
Porque madera e hilo ajustician el sinsentido
El tiempo se acerca a mí como si llevase imanes,
En aquellas tardes que se quebraron
Cuando sus vidrios rasgaron nuestras carnes.

Pasó un tiempo atrás,
Cuando la infancia nos ruborizaba de cortedad
Nuestro cuerpo de extremidades anónimas
Con aquella sonrisa que expele intimidad,
Que, por cierto,
Sólo la encuentro en tus margaritas,
Con esos cuadros encamisados que claman forma,
Los mismos que hoy llevas
Quizá los mismos que, -no te preocupes, es sólo una broma-
Tantas veces me copias,
Y ese cabello y algodón sin colorantes,               
Donde siento que la niñez nos recuerda:
Tenemos maletas que nos esperan siempre abiertas.

Y aprendíamos desde insaciable curiosidad
Por lo mismo quizá no dejo de sentirme niño:
Todo nos parecía tan ajeno pero a la vez tan íntimo,
Sin propiedad alguna,
Con ese calor que no se transa ni se mendiga
En el refugio de la sombra de aquel árbol
Ese Sauce que nunca más lloró.

Existía la noche y el sol
Todo era mucho más sencillo,
Aún no entendía, por cierto,
Que crecíamos bajo las cenizas de un mundo distinto,
Pero escuché hoy que tú arrullabas lo mismo,
¿Acaso también tú quieres ser un niño?

Horas frente al televisor,
Ahora entiendo dónde aprendí a mentirnos,
Por suerte dejé la caja negra hace años
Espero el ataúd piense de mí lo mismo…

Pero, ¿dónde estuvo el río y la llama en los albores de mi crianza?
El árbol conchavino me sabe a sed,
Su ciruelo sólo provoca a mi intestino
Lo recuerdo,
Cuán dulce era comer
Cuando el agrio fruto era lo único prohibido.

Así, me declaro tan culpable como en aquella primera confesión
Donde, usted me disculpará, don Párroco,
Cometí el pecado de estrictamente ignorarlo,
Quizá allí Dios cerró puertas conmigo
Y el diablo abrió irascible ventana
Desde que me vio sobre tu ombligo.

Y entre tanta mezcla de edades y asuntos
Sigues apareciendo como parte de mi ritmo,
No leas,
Que exclamo entredientes:
“Espero nunca dejes de serlo”,
Ni desde ayer,
Cuando extraviamos la simpleza,
Ni hasta hoy,
Cuando la complicidad mata mi infantilismo.

Era nuestra edad donde no se imaginaba:
Excepción era lo real
Y, por cierto, nuestro hostigo;
Como los recortes de papel que sollozaban lamentos
Quizá era yo quien cortaba cada borde
Y con él eliminaba tu solitario quejido,
En esa ausencia de crédito
Pero nunca la falta de abrigo.

Y me repito,
No volverá jamás la gravedad
Porque madera e hilo ajustician el sinsentido
El tiempo se acerca a mí como si llevase imanes,
En aquellas tardes que se quebraron
Cuando sus vidrios rasgaron nuestras carnes.

2 abr 2012

Coróname.


Coróname como el silencio que baña a tus heridas
Como el barco encallado y tú la roca
La polución que habrá de agotar vidas,
Como aquella bandera que arrojas a la ventisca,
Roja, siempre roja,
¡Cómo me arrojas a la ventisca!…

Coróname como el caminante de orilla de mar
Aquel que ha hecho de la soledad su corolario
Aquella que convierte en calma su aguantar
Como aquellos a los que les pesa más el ego
Que cualquier verdad.

Coróname como la canción que miente sobre perenne historia,
Expele para ello los versos que viertes por mí
Y que claro, has repetido a tantos otros
Ellos -de seguro- habrán de hartar hasta el colmo aquí.

Coróname como la risa forzada de tu rostro exhausto
Como la ternura límpida 
Del confundir vivir por mí
Con el tener mi vida para escindir tus sonrisas,
Déjame ser el rey de tu ironía
Para que sepas que has ganado
Y yo me burle de tu inexacta e ingenua,
-La misma de siempre- sabiduría.

Coróname como el banquete que adornará la gala de tu yo decido
Para saciar tus ansias,
Para adormecer con gula la sorna de quienes lo creerán un sinsentido.

Coróname como el erguido cuello que termina en pico
Como el que se alimenta del celoso nado de su presa
Déjame ser la pecera que lo salvará de nuestra ambivalencia,
Te pido que me corones como la pregunta inquieta:
¿Has de preferir la vida con el encierro como tu reina,
O acaso te aventurarás al desconocido, siempre magno,
Para bucear a mundo ancho sin ninguna vestimenta?

Coróname como aquel Cupido que yerra en su objetivo
Como el harto del por siempre cuando concluye en compañero rotativo,
Coróname como la puesta de sol que descubre cuán infame ha sido el arrebol,
Permíteme ser el frío que rasgará tus vestidos
La pluma que escribirá en arena cuánto no ama,
(Aquello que borrará el mar en un rugido),
Lo boreal que colorea en tus muecas la corona que hoy de ti recibo,
Coróname para ser tu sangría y tus puntos suspensivos.

31 mar 2012

Continuación.


Perdón por el tarareo
De tanta piel canela,
Te dije que proseguiría,
Y en este verso
Al ritmo de la exquisita arenga,
Canto:
Tú, me importas tú
Y solamente tú.

Continuación,
Pecado es la risa por la punta
Aceptaré la oferta de tu añoro dúo
Brotará flor de mi enroscada mano
Lengua viva que no habla,
Ornamento tibio es lo que extraña.

Prefacio,
Tú ya fuiste creado.
En conclusión,
Entropía a mi sinsentido
Te extraño bocado a bocado.

4 mar 2012

Liceos de excelencia: ¿son la solución para Renca?


Columna para el Diario Popular del POR,

Pobladores Organizados de Renca.


El lunes 20 de febrero se iniciaron las clases de nivelación en el Colegio Cumbre de Cóndores, divulgado con bombos y platillos como el primer “Colegio de Excelencia” del Bicentenario. El proyecto, anunciado dentro de sus primeras diez medidas del actual gobierno y enmarcado en la creación de 50 liceos mixtos de excelencia a lo largo del país -según las palabras del Presidente, como el Instituto Nacional-, se plantea como una herramienta para la solución de las problemáticas de nuestra decaída educación pública.

Lo que a primera vista pudiese asomarse como una tremenda iniciativa para nuestra comuna debe ser analizada a la luz justamente de las movilizaciones que el pasado año mantuvieron movilizados a cientos de miles de estudiantes: ¿efectivamente estamos entregando educación de calidad a nuestros niños y jóvenes? ¿Cumple con ello dicho proyecto hoy en curso por tercer año?

Y es que existe una realidad inexorable: nuestro sistema educacional de tres formas de financiamiento (por cierto, único en el mundo) ha generado una segregación en la calidad de la enseñanza que ha repercutido considerablemente en el acceso a la Universidad, y con ello, por supuesto, en la movilidad social. Quienes integran hoy las universidades públicas del Consejo de Rectores, reconocidas por su excelencia y calidad, pertenecen en cerca de un 53% al IV y V quintil[1], es decir, al 40% más rico de la población, mientras que sólo un 27% al I y II quintil, es decir, al 40% más pobre. Dicha información debe analizarse a la luz de los verdaderos guettos educacionales que se han gestado en nuestro país: hoy, los colegios municipales, que poseen cerca del 40% de la matrícula de nuestro país, educan en sus aulas a quienes no pueden exceder a la educación privada o particular subvencionada, que funcionan, con muchísimo mayor asidero en el primer modelo, como instancias de mantención de statu social o como plataformas para el ascenso social. Esto, por supuesto, sin desconocer que la educación no es una mera herramienta de movilidad social, por el contrario, es un derecho que conlleva a la formación íntegra de cada integrante de nuestro país; mas, por las evidentes desigualdades de nuestro país[2], se transforma en una temática inevitable dentro de la discusión que circunda lo concerniente a educación.

En vista de lo anterior es que la llamada “libertad de enseñanza” (citada continuamente como el gran derecho a defender en educación por parte de quienes nos gobiernan), entendida como la capacidad de los padres de escoger el proyecto educativo que deseen para sus hijos, se relega a mera ficción: el único elemento que es capaz de decidir por nosotros es el poder adquisitivo. En lo concreto, nadie que no posea la capacidad de pagar altas mensualidades podrá acceder a un colegio particular, y difícilmente a un colegio particular subvencionado, relegándose a un establecimiento educacional público, que, sabemos, son los que obtienen los peores resultados. Nuevamente tema aparte es el escaso abanico de posibilidades que entrega la educación municipal, donde colegios dedicados a los ámbitos artísticos o deportivos son ni siquiera escasos, sino que inexistentes, incluso los técnicos profesionales de calidad.

Desde dicha concepción, un colegio municipal de excelencia pareciese ser entonces una gran alternativa. El problema es que justamente con ello se obvian los problemas de trasfondo: diferencias abismantes de inversión entre los diversos modelos económicos, la ya citada libertad de enseñanza entendida como libertad de mercado (la posibilidad de los sostenedores de abrir colegios y lucrar con ellos cumpliendo ciertos requisitos) y despreocupación estatal al entender por equidad sólo la búsqueda de acceso en desmedro de la calidad e igualdad de resultados, entre otras.

Así, la creación de más colegios “de excelencia” que implique seleccionar a los mejores estudiantes de diversas comunas y concentrarlos para una competencia que conlleve un supuesto progreso, genera, nuevamente, que sólo unos pocos puedan superar la mediocridad del sistema público. La solución debe pasar, entonces, por la desmunicipalización de la educación, otorgándole nuevamente al Estado un rol benefactor que implique, de forma descentralizada e inteligente, una mayor preocupación y eficacia en lo concerniente a educación, en lo concerniente al futuro de millones de chilenos.

Muchos podrían decir, entonces, que el colegio Cumbre de Cóndores es una solución parche, un paliativo, arriesgándonos aún sin conocer sus resultados a través de un verdadero proyecto educativo. Y sí, quizá lo sea. Para ahí mismo donde otros dirían que corresponde que los cupos sean limitados pues –en el objetivo mismo del avance paulatino es adecuado que los “más capaces” sean quienes ingresen al colegio-, se da la misma respuesta: la llamada meritocracia no existe cuando no se entregan las mismas condiciones para todos y todas. Volvamos al problema inicial: ¿cómo compite un estudiante de la educación pública precaria en una prueba de selección con uno que ha recibido mejor educación en otro de distinta índole económica? Ello sin siquiera considerar otros elementos propios del “educar”, como la educación informal (la que nos da el colegio de forma indirecta, como el esfuerzo, la perseverancia, etcétera) y no formal (los valores mismos que nos otorga nuestra familia, amigos; nuestro entorno) que claramente merman el aprendizaje y la motivación a él. En un ambiente donde el estudiante no puede desarrollar sus habilidades cognitivas el afectado no será nadie más que su futuro, y con él, el de toda una sociedad. La educación es una inversión de retorno colectivo: no nos educamos sólo para obtener réditos personales (como se obtiene hoy a través del modelo implementado en dictadura), sino que soporta objetivos de bienestar común, de funcionamiento para nuestra sociedad. Colegios “de excelencia” generan, así, per se segregación: tienen dicha calidad porque muchos otros “no son de excelencia”. Así, estamos diciendo con ello que sólo unos pocos tienen la opción de acceder a verdadera educación de calidad, mientras que otros –la inmensa gran mayoría- tendrá que relegarse, como dirían Los Prisioneros allá por el año 1986, a seguir pateando piedras. ¿No es, acaso, una violenta realidad?

Así, la educación como herramienta para el progreso social, cultural y personal no puede ser entendida como un servicio ni un privilegio, no debe haber sólo 50 ni 100 100 “colegios de excelencia”, sino que todos y cada uno debe serlo: la educación es, efectivamente, un derecho para todos y cada uno de nosotros.



[1] División de ingresos per cápita para la división de quintiles:


I Quintil: familias cuyo ingreso per cápita sea igual o inferior a $53.184.

II Quintil: familias cuyo ingreso per cápita sea igual o inferior a $90.067.

III Quintil: familias cuyo ingreso per cápita sea igual o inferior a $140.665.

IV Quintil: familias cuyo ingreso per cápita sea igual o inferior a $254.627.

V Quintil: familias cuyo ingreso per cápita es superior a $254.627.

[2] En 2011, el coeficiente de Gini fue de 0,503, lo que ubica a nuestro país entre los 10 más con mayor desigualdad del mundo. En términos de ingresos, dicho año el decil más rico del país ganaba 27 veces lo que recibía el decil más pobre del país. Al respecto, revisar <http://www.oecd.org/dataoecd/39/23/47572883.pdf>>