4 jun 2011

A mis compañeros y compañeras de generación y facultad.



Me complica poder estudiar con tantas cosas en la cabeza: no avanzo, le doy miles de vueltas a la lectura y termino leyendo la misma hoja innumerables ocasiones. Situación que me ocurre reiteradamente, sobre todo después de haber leído muchos comentarios en la tarde por este medio. Lo intenté, de verdad. Luego, me fui a dormir un rato, buscando poder despertar más despejado y concentrarme, pero no, tampoco me resultó. Concluí que debía, entonces, expresar tantas cosas que me daban vuelta, a pesar de que querría tener que usar este medio para ello, pues entiendo -pese a todas las ventajas y utilidades que nos da facebook- que no es la instancia más idónea; pero bueno, por esta vez será, por esta vez tendremos que hacerlo.


Me permito entonces ordenar mi cabeza y sacar aquellas cosas que hoy giran por ella:


I. La votación y sus consecuencias.


El lunes votaremos paralizar las actividades de nuestra Escuela por tres días, miércoles, jueves y viernes de la próxima semana. El lunes subsiguiente reevaluaríamos, por medio de otra votación, esta situación, todo acorde a las circunstancias coyunturales y la evaluación de las actividades realizadas en la semana correspondiente. No hablamos, así, de un paro indefinido.


Corresponde, entonces, hacerse cargo de las aprehensiones. Al momento de votar, lo estamos haciendo por paralizar clases, no por si queremos salir o no en enero. Entiendo y comparto perfectamente los temores, todos queremos descansar, sobre todo en atención preocupación a nuestros compañeros/as de regiones (y la justa situación de que puedan efectivamente estar con sus familias), mas tenemos que adecuarnos a la realidad: de ganar el paro por tres días se sumaría a los otros tres en que se realizó la misma situación, lo que conllevaría en comienzo una semana de atraso, muy similar al año pasado, terminando las evaluaciones la tercera semana de diciembre. No es comparable de ninguna forma al 2009, donde terminamos las evaluaciones la primera semana de enero, pero donde la Escuela no tuvo por seis semanas clases. Hablar de ello no es más que infundir temor, sin hacernos cargo del fondo de la situación.


De la misma forma, la idea de votar un lunes y comenzar las actividades el miércoles es justamente dejar el martes para conversar con las autoridades la recalendarización, autoridades que han dado su apoyo formal a las movilizaciones del estudiantado. Así, con el paro, podrían realizarse una serie de actividades coordinadas, sobre todo en atención a la necesidad de exteriorizar hacia la sociedad en general nuestras demandas. También tendremos espacio para plantear posturas entre todos, discutir, llegar a consensos, mirarnos las caras: todo lo que quizá hoy no estamos haciendo. La autocrítica es latente, en algo hemos fallado, y como representante me toca asumirlas -con justa razón- aún más. Pero tenemos las instancias, las ganas y el esfuerzo para enmendarlo, y ello será entre todos, siempre entre todos. No entiendo a nadie que esté en contra como un enemigo, por el contrario, asumo también la culpa de los temores, y, aún más, de la indiferencia. Esto no es un nosotros contra ustedes, de ninguna forma.


Por otro lado, Derecho, al contrario de lo que muchos sostienen, no es una facultad que se movilice constantemente. De hecho, a ojos de la Universidad, somos parte de lo más reaccionario junto con facultades como FEN. Hoy somos una de las pocas Escuelas que no está en paro o movilizándose, y para qué hablar a nivel nacional, donde la escala de tomas y paros (http://www.latercera.com/noticia/educacion/2011/06/657-370609-9-16-universidades-a-lo-largo-del-pais-se-encuentran-en-toma-y-paro-de-actividades.shtml) nos deja, hoy en día, mirando de brazos cruzados. Acá, entonces, una acotación: no se trata de que por el resto lo haga, nosotros lo hagamos. De la misma forma odiaría planteásemos alguna movilización por creernos la vanguardia, no, no se trata de eso. Se trata de entender que cuando nos movilizamos lo hacemos como estudiantes, como sociedad, ni siquiera desde la reinvindicación de nuestros derechos, reinvindicación que nos retrae a derrotadas pasadas (¡basta de luchar desde la resistencia, el país es nuestro, el futuro es nuestro!), sino de dar cara por lo que nos corresponde, desde todos y con todos. Así, movilizarnos implica darnos la mano con nuestros compañeros y compañeras, entender el peso de su consecuencias y la alegría de nuestras victorias como un todo, dejando quizá de vernos a nosotros mismos como el único fin, levantar la cabeza y darnos cuenta que hoy estamos frente a lo urgente y lo importante, frente a la imperiosa necesidad de tomarnos las manos y avanzar, seguir, lograr.


II. El porqué nos movilizamos y qué lograremos con ello.


No pretendo hablar del petitorio ni de los datos duros que hoy nos aterrizan hacia el terrible estado de nuestra educación. Todos sabemos en mayor o menor medida que tenemos los aranceles más caros del mundo, que somos uno de los países en que menos inversión estatal existe en educación, que si te endeudas con el CAE por 15 millones terminarás pagando cerca de 28, que el ingreso a educación superior no es la PSU, sino tu situación socioeconómica y el ambiente en el cual te desarrollaste. Así, pretendo girar la discusión hacia una adecuación social, hacia lo que hoy nos entrega nuestro país y hacia lo que nosotros podemos entregarle a las futuras generaciones: es un sentir, simplemente un sentir.


En fin, nada tiene sentido si no somos sinceros: probablemente este no sea el año, no, probablemente no. Pero ante una probable Mesa de Diálogo ya exteriorizada por el gobierno, donde finalmente se establecerán las bases de la nueva institucionalidad universitaria, no podemos subirnos sin tener ganadas concretas. No, y es que cometer el mismo error del 2006 -donde tras semanas de movilización terminamos sin poder siquiera incidir- sería guiarnos hacia una verdadera desilusión, hacia una generalizada apatía, hacia brazos cansados que ya no querrán más, que ya no querrán creer más. De ahí que sumar fuerzas entre estudiantes, sin distinción, sea completamente necesario.


Por otro lado, entiendo que la defensa de la movilización planteada parezca tremendamente impopular -siendo igual de sincero- sobre todo en nuestra generación, sobre todo en las actuales circunstancias, sobre todo cuando caemos al punto de tener una discusión por medio de quien tiene más clicks a “me gusta”, en una competencia por el sí o por el no, en una competencia por el paralizar o no las clases. No le temo a las consecuencias políticas pues entiendo que existe una amplia diferencia entre ser políticamente correcto y entre actuar con respeto. Pretendo lo último, no adecuar mi personalidad a lo que quizá sea una mayoría, pues el momento en que funcione desde tal prisma ningún ideal tendrá sentido. Creo que, a estas alturas, ya nos conocemos. Y es que, en reflexión personal, son demasiados años bajo lo mismo, bajo las mismas causas, bajo escuchar la misma retórica, bajo estar en las mismas instancias y asambleas, bajo los mismos errores y bajo la misma constante desilusión, la misma maldita desilusión. Pero no, no me rindo, y les pido por favor que ustedes tampoco se rindan. Quizá ni siquiera seamos nosotros quienes cambiemos el mundo, quienes lo llenemos de colores, quienes seamos efectivamente capaces de cambiar la educación, pero sí seremos quienes lo dieron todo, quienes lucharon no por su futuro sino por el de los demás, quienes se armaron del coraje y la alegría para soñar algo mejor. Y, tarde o temprano, esos sueños tendrán que hacerse realidad, eso sí se los puedo asegurar.


El problema es que lo tenemos de todo, pero tal parece que nos gusta quedarnos en la nada y vivir de la pleitesía para obviar el dolor ajeno. ¿Podremos dormir esta noche pensando en aquel que en estos precisos momentos sufre? Cuando luchamos por la educación, lo hacemos por abolir la desesperanza y el dolor ajeno. Nosotros nos educamos en sistemas de excelencia, y hoy estamos en una situación privilegiada. ¿Pero qué pasa con aquel que guía sus 12 años para despertar, a su salida, y darse cuenta que todo su desarrollo educacional fue sólo por presión social, que su cartón de cuarto medio no le abrirá, hoy, ninguna puerta en su vida? ¿Nos los imaginan frustrados, apartados, con rabia, con impotencia, con ganas de querer ser todo aquello que el sistema les prohibió? Muchos de ellos serán los mismos a los que miraremos con temor, porque los veremos desadaptados, fuera de la regla, fuera de lo que concebimos como sociedad ideal. ¿Cómo le explicamos a la inmensa mayoría, ésa de la cual no formamos parte, que sus vidas girarán en torno a le medianía o la pobreza, porque seremos nosotros -abogados de excelencia- quienes se llevarán la mejor parte de la repartija por haber tenido verdadera educación, mientras que ellos siempre tendrán que estar bajo el servicio y oportunismo ajeno?


No se trata de terrorismo, no se trata de que, a través del miedo y el sentimiento de culpa, seamos capaces, quizá recién capaces, de empatizar con el resto. No apunto a nadie con el dedo pues también aprendí en su momento, también tengo muchísimas falencias, también he cometido innumerables errores. Pero tal como su en momento tuve la oportunidad de romper quizá la burbuja en la que estaba, a veces necesitamos que alguien nos arranque de nuestra enajenación, que alguien nos muestre el mundo tal cual es. Ese alguien no es más que la personificación de lo que hoy nos moviliza, ese alguien no es más que el algo propio de la injusticia, de la rabia, de la desesperación de vernos una y otra vez bajo la misma miseria.


Estimados/as compañeros y compañeras, nuestra vida merece mucho más que lo vacuo que ya tenemos. Por ello, debemos dar paso a lo vital: ¿qué hacemos? Me tomo la libertad de compartir con ustedes lo que es quizá mi más profunda máxima: nadie, nadie merece sufrir. Es demasiado simple quizá, pero la entiendo como aquel mundo -¡qué sé no será sólo idealismo!- que me gustaría construir. Probablemente no tenga por mí mismo las herramientas, probablemente no sepa cuál es el modelo a seguir, probablemente ningún docto intelectual sepa darme la teoría correcta para tal pretensión, pero bueno… todavía tengo mis manos y mis sueños intactos para construir, ¡todavía tenemos nuestra educación para transformarlo todo, para brindar oportunidades, para que nadie más tenga que dar la lucha que hoy estamos dando! Tú también tienes tus manos, y si no existen esos sueños para compartir, quizá sea el momento de comenzar nuevamente a creer.


El paro no cambiará nuestra realidad, en eso tienen razón. Pero al tampoco tampoco es un fin ni una medida de presión en sí, sino que es el espacio para que, juntos, nos esforcemos por generar tales cambios, aquí y ahora, y sí, se los prometo, se los juro, lo escribo, lo digo, lo repito: lo lograremos. A veces la desilusión puede más que nuestras ganas de revolucionarlo todo. Ellos, quienes hoy dirigen las riendas de este país y nos tienen en esta situación de desigualdad y desdicha, quieren que las esperanzas se transformen en apatía, que la lucha se aminore en comparación a lo mucho que podríamos disfrutar con nuestro cuerpo y la materialidad. No se trata de dejar de lado nuestras ajustadas etapas de existencia, sino de darnos cuenta que, más allá de nuestra realidad inmediata, más allá de tan amplia palabrería, más allá de tantas limitaciones que nuestra propia existencia trae aparejada, existe un mundo que no puede seguir esperándonos.


Desde nuestras trincheras habremos de llenar los corazones de sueños -esos que hoy tanto faltan en aquellos por los cuales luchamos-, transformar el llanto de desperanza en plena alegría por el futuro, lograr las caras de eternas y constantes sonrisas, sonrisas satisfechas de vivir de la mano de un futuro común, de un futuro forjado, de un futuro que nos pertenece. ¡Podremos al fin mirar al desamparado sin vergüenza, sin pena, sin desazón! Le contaremos a nuestros hijos con el rubor de la sonrisa elocuente, de la satisfacción sincera, del corazón hinchado de dicha que luchamos por ellos, que cambiamos nuestro mundo, que forjamos un idealismo por ellos, por nosotros, por todos.


"Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable".

Eduardo Galeano.


El más sincero abrazo,

Leo.


PD: Leer cosas de años pasados, y poder hacerlas calzar perfectamente, deberían -a lo menos- bajarme el ánimo. Hoy, no hay espacio para ello: sólo existe para seguir, infinitamente seguir.

18 may 2011

No te aflijas


No te aflijas: la belleza volverá a encantarte con su gracia;
tu celda de tristeza se trocará en un jardín de rosas.
No te aflijas: tu mal será trocado en bien;
no te detengas en lo que te inquieta,
pues tu espíritu conocerá de nuevo la paz.

No te aflijas: una vez más la vida volverá a tu jardín
y pronto verás, ¡oh cantor de la noche!
una corona de rosas en tu frente.

No te aflijas si, algún día, las esferas del cosmos no giran según tus deseos,
pues la rueda del tiempo no gira siempre en el mismo sentido.
No te aflijas si, por amor,
penetras en el desierto y las espinas te hieren.
No te aflijas, alma mía,
si el torrente del tiempo arrastra tu morada mortal,
pues tienes el amor para salvarte del naufragio.

No te aflijas si el viaje es amargo,
no te aflijas si la meta es invisible.
Todos los caminos conducen a una sola meta.

No te aflijas, Hafiz,en tu rincón humilde en que te crees pobre,
abandonado a la noche oscura,
y piensa que aún te queda tu canción y tu amor.


- Hafiz, poeta persa (1325-1390), también conocido como Xems-ed-Din, una de las glorias de la literatura de Persia.

19 mar 2011

Lucy in the Sky with Diamonds


Qué puta más puta. Mira cómo se mueve esa mina, ¡pero qué cuerpo tiene!. Sí, bésala, pálpala, un poco más arriba, abajo, un poco más adelante, así, eso, ¡aplausos!. Qué no se vayan las perras, ¡qué se muevan como lo que son! Hace calor, estruendos, pero está bien, en la misma onda, todos encolerizados, calientes, malogrados: sigamos. Pero hueón, mira esas piernas, ¡muévete puta, mueve esas piernas! Uno tras otro, somos cientos, rugimos como miles, ¡las observamos como millones! Muéstrate para mí, déjame verte, sentirte, saborearte, babearte, humillarte, devorarte con mis ojos salidos como globos al inflarse. Una cosa, una cosa hecha cosa, mi cosa hecha cosa. Puta, me sofoco, empujones, más empujones, desvaríos, necesito ver más, mejor posición, avanzo, golpeo, sigo. Pero qué, ¡qué chucha!, cómo se van hueón, qué se creen, ¡qué continúen la hueá! Más, más gritos, más fuerte, más aplausos, ¡qué vuelvan las putas o dejamos la cagá!, más fuerte, ¡qué vuelvan las putas o dejamos la cagá!, no, no, aún más fuerte, ¡qué vuelvan las putas o dejamos la cagá!, ¡a rugir cabros!: ¡QUÉ VUELVAN LAS PUTAS O DEJAMOS LA CAGÁ!

Pero no, ninguna puta volvió. Y ahí, la hora del cambio en punto: de regreso a volver a sentirme de izquierda, de explicar las opresiones del sistema, de criticar al opus dei, qué terrible el opus dei, cómo minimizan el rol de la mujer, qué imbecilidad compadre, si son sus derechos reproductivos, que aquí la píldora, que allá las igualdades laborales, y claro, ¡el aborto!, ¡todos queremos aborto! Pero cómo, qué pasa, qué clase de sociedad somos; retrasados, en letargo, olvidadizos y antojadizos, sin derechos. ¡Pero cómo!, ¿por qué se mete la Iglesia?, qué penca que los medios transformen a la mujer en sinónimo de objeto sexual, ¡qué lata que no seamos capaces de pensar y dar un paso más allá!. Y sí, claro, por supuesto, qué venga la dignidad de la persona, sus derechos humanos; qué venga la necesidad de respetarnos, todos respetarnos, sí, loco, respetarnos, cabros, sí, respetarnos. Vamos, hora de volver a sonreír al feminismo, de alzar los puños por nuestras justas reivindicaciones, hora de volver a considerarnos iguales, hora de volver a querer cambiar el mundo. Que el color rojo del rostro no sea sólo de calentura, que el color rojo de la cara no sea sólo de vergüenza.

Y así, cuerpos iban y venían, caras que no se borrarán, gritos de bocas donde la consecuencia no existía, la coyuntura tampoco, sólo brasas para ser masa, sólo masa: al diablo la honestidad, sólo eran unas putas más.

27 feb 2011

Porque eres irremplazable.


Te amo Antonia. Sonará cliché, pero eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero tanto, tanto, que no podría imaginarme un segundo sin ti, Francisca. Quiero que estemos uno por el otro, uno para el otro por siempre, fuera de toda rutina, fuera de toda facilidad, fuera de todo impedimento... quiero pasar el resto de mis días junto a ti, Paula. Eres a quien más he amado, y a quien nunca dejaré de amar. Tal como lo oyes, Carla, esto es indestructible, inseparable, interminable. Te amo, definitivamente te amo. ¿Cómo imaginas nuestro futuro, Susana? En manos entrelazadas, sonrojadas por nuestros hijos, dolientes por su crecer, tristes por su partida. Así es, Pía, eres la única mujer a quien realmente he amado en mi vida, como ti no hubo ni habrá nadie; porque, Marcela, contigo la ternura me empapa como nube, el aliento sonríe, la tierra ruge, contigo vuelvo, vuelo; contigo el presente es aquel con quien nunca he vivido, el futuro es irremediable junto a tu lado, María, el futuro es nuestro, sólo nuestro, de nadie más, de nadie más.

24 ene 2011

Ausencia obligada.


Hace unos días alguien me preguntó por qué escribía "textos tan reflexivos/depresivos", siendo que ello no se asemejaba a como actuaba en el día a día. Repliqué, en primera instancia, que a ratos me estaba sintiendo demasiado así y claramente ello no me gustaba (muy por el contrario); pero que no era una situación de esencia sino simplemente un medio de expresión para no quedarme con ello. Lo pensé por segunda vez y entendí también que había, como siempre, mucho por decir sin querer extrapolarlo, mucho de hablar directamente sin necesidad de estar ahí con esa persona. Me preguntaron, también, si muchas de las reflexiones estaban derivadas de desilusiones amorosas. "Las menos, probablemente ninguna mía", respondí. ¿Probablemente? Claro, no que yo sepa (¡no necesita entender!) Corresponde mucho más a cariño en sentido lato, a lo concluido de procesos en que no lograba entender el comportamiento de quienes me rodeaban. Miento, entendía pero no quería sentir, no quería aceptar. Cuando le di una tercera vuelta terminé por asumir que efectivamente este espacio es la reflexión personal que omito no por no sentirme débil, sino simplemente por no querer cargar a nadie. Y ello, a ratos, tiene más costos de los que quisiese. No es lo mismo escribir que estar ahí, pero sirve fundamentalmente para cumplir el objetivo personal de no interferir en el pesar de nadie: acá cada uno es libre de leer o querer entender. Y, por cierto, no requeriría sentir para darme cuenta que difícilmente hay alguien ahí.

El conflicto se suscita en tanto, hoy por hoy, no decidí que quiero ausentarme. No decidí en tanto va más allá de mi moral y accionar, siento que tú me obligaste. Ausentarme de forma obligada, ausentarme sin burlarme de tanta muerte (perdón a ustedes por robarles la identidad), ausentarme porque detesto despertar y leer tanta idolatría, ausentarme porque no podemos estar tan mal de no querer hacer nada por quienes hoy no tienen más que al sol, ausentarme porque no entiendo cómo diablos no nos quiebra tanta persona sin su pan, ausentarme por mi paternalismo, ausentarme porque no soporto ver niños pidiendo vivir al caminar, ausentarme por el cansancio estremecedor, ausentarme para evitar la tiranía, la política falsa, la mentira, la falta de prolijidad; ausentarme para que no te pongas más barreras que nos dañen, ausentarme para no cuestionarme por tanto autolímite que nos ponemos para ser felices, ausentarme para no tener que ver cómo engañan, ausentarme para no ver en risas lo que sienten con la agonía, ausentarme para no cambiar nunca más a nadie, ausentarme para evitar los costos de las múltiples caretas, de la bipolaridad, de la diferencia entre el decir y el hacer; ausentarme para que no duela tanto que estés tan lejos y tan cerca, ausentarme por mis ojos dormidos, ausentarme por tanta mentira, ausentarme por cada maullido, ausentarme para no quemar mi espalda, ausentarme porque quiero volver a no hacer nada solo, ausentarme porque detesto que te mientas, ausentarme porque no hay nada mejor que casa, ausentarme para cargar tus penas sin llorarlas, ausentarme para volver reír de forma cínica, ausentarme para no tener que interpretar más tu actuar, ausentarme para no tener que pensar qué pasaría si, ausentarme para no dudar de tus gestos, ausentarme para que no me importe la confianza, ausentarme para no tener que volver a hablar de medioambiente y destrucción, cultura y espectáculo, crecimiento y capital, ausentarme para no ver más tu sonrisa, ausentarme porque no cabe en mi cabeza tanta desigualdad conformista, ausentarme para no tener que verme inmerso en el caminar sin mirarnos, ausentarme para ya no sentir más que empujo solo, ausentarme para no querer estar siempre en agua, ausentarme para no ser tan dócil a no entender, de aguantar, de pulir, de no morir, de no querer dejar de soñar; ausentarme por la imbecilidad de ser tan imbécil, ausentarme para no ver nunca más como alguien denigra a su par, ausentarme para no querer llegar tan alto, ausentarme para no tener que dar más explicaciones, ausentarme porque me cansa ser, ausentarme para no viajar más, ausentarme para retroceder a lo que no fue, ausentarme porque no hay espacio para una desilusión más, de mí, de ti, de nadie.

Llegué, con increíble calma, al colmo. Al colmo que rebasó la resistencia, al colmo que no quiere más calma. Pero, como detesto (en serio detesto) pensar y pensar una y otra vez estas situaciones e inmovilizarme una vez más, no habrá espacio para contar a nadie ni a nadie, no habrá lugar para la reflexión, no habrá espacio para cambio alguno, no habrá espacio para mí nunca más. Entonces, ¿en qué radica la ausencia? Radica en que, hoy por hoy, ya no soy yo. Me declaro un no-Leo. Me declaro un perdido. Me declaro un tipo que no aprendió nunca de tanta caída. Me declaro un imbécil sin remedio. Me declaro un estúpido que no quiere seguir más ahí, pero seguirá. Me declaro un pésimo hijo, un pésimo hermano, un pésimo ser humano. Me declaro un afanado de no querer existir en un mundo así. Me declaro un perdedor de la batalla de querer vivir sin mirar al del lado. Me declaro un vencido que ya no quiere más... hoy, en definitiva, me declaro todo aquello que no quiero ser, que no quiero ser.

Y así, entre tanto ardor, entre tanto cansancio, entre tanta amargura, doy por perdida mi primera gran batalla. Me voy, obligado, a dormir sin imaginar nada por primera vez en muchos años. Me voy, obligado, para que no pienses que esto no tiene sentido, que esto es pena del momento, que esto pasa con el tiempo y no quedará rastro. Me voy, obligado, para que sea más fácil huir y no pensar en cómo cambiar esto, ello, el mundo. Me voy, obligado, para no interrumpir aquella falsa felicidad. Y así me voy, obligado, para no tener que volver nunca más a leerme así.

31 dic 2010

La palidez ama al color.


Niños y niñas,


A estas alturas, toda palabra es un tanto redundante. Con muchos de ustedes es una amistad de años, con otros la profundización de ya dos intensos años de universidad, con otros la alegría de sentir tanto en tan poco tiempo. Yo sólo quiero, a través de esta pequeña misiva, recordales que más allá de cuánto nos podramos ver, más allá de cuánto estemos en este vertiginoso mundo que tanto nos apremia, más allá de lo mucho que pude haberles fallado a un u otro por no haber podido estar ahí siempre... los y las quiero, y mucho, mucho. Sé que a ratos soy medio tonto para mis cosas, que me cuesta rendir en todo ámbito cuando termino siendo una subdivisión de muchos Leos, pero no podía dejar pasar este año -tan nocivo para muchos- sin decirles, aunque sea por este medio, lo importantes que son.


Quizá viví este año el quiebre máximo con mi odio a la Universidad, rollo que quizá no les conté mucho, pero no quería hacer de ello una carga para nadie. Muchos días simplemente me arrancaba, llegaba a la U y me daba hasta miedo entrar, me iba a caminar, a leer, a pensarme en un contexto distinto. En verdad, no sé si quiera en términos académicos seguir en ella, probablemente me arrepienta en un tiempo más, probablemente la crisis venga de nuevo, probablemente necesite esas caminatas matutinas eternas, probablemente ni siquiera esté ahí... pero si hay algo que me mantuvo y que me ancló, más allá de lo muy crítico que puedo ser con las y mis relaciones en la U, fue, en definitiva, tenerlos a ustedes, a quienes quiero, a quienes no desearía dejar de ver constantemente. Mi mayor reflexión fue justamente no cuestionarme tanto, y quedarme con lo más sensato y honesto que era el cariño por la gente. Así, muchas gracias por, directamente o indirectamente, haberme dado la estabilidad para continuar donde hoy estamos, estoy.



Para los más viejos, en aquellos momentos idóneos, en aquellos momentos de letargo, en aquellos momentos de simplemente estar, cuánto los quiero, cuánto los necesito, cuánto no quiero alejarlos nunca de mi lado. Muchísimas gracias por escucharme y hacerme espacio dentro de nuestros distintos contextos, pero con una identidad común al fin y al cabo, identidad que hemos construido y seguiremos construyendo.


En fin, esto me quedó muchísimo más largo de lo que quería, lo lamento. No obstante esto, al diablo las sensaciones de pena, quedémonos con la alegría y la esperanza de lo que viene, esas sonrisas que no pueden faltar, esa espíritu infantil que no puede no estar en nosotros. Somos sólo niños jugando a ser adultos, nunca lo olviden. Y, como tales, no nos queda más que con todo el rubor posible no esperar, sino construir un año que será tremendo para ustedes, para mí, para el mundo, para un nosotros.


Abrazos gigantes!

Cariños,


Leo.

¡En este 2011 vamos con todo!



19 dic 2010

Colorear.


Si tuviéramos la capacidad de construir un mundo con plasticina, ¿qué cariz le daríamos? Tendríamos muchísimos colores para abordar diferentes aristas de la vida, quizá para darle fosforescencia, quizá para aumentar los cálidos por sobres los fríos, quizá para hacer uno más allá del verde de la tierra y el azul de los océanos. Lo importante es que podríamos moldearlo con nuestras manos, construir desde lo más ínfimo hasta lo más relevante, adornarlo con cuánto color queramos darle. Y cuán importante son los colores.


En mi caso, primero tomaría el rojo. No puede no estar el rojo. No representaría jamás lucha, no habría nada que ganar, el sólo vivir día a día sería una victoria, existir sería en sí el fin acaecido. Ya no estaría lleno de consignas, sólo representaría la consecución definitiva de tanto por lo cual se habrá luchado; tampoco sería el corazón ni representaría al amor, al elocuente amor. Le cambiaría el color al sol, lo iría entonces rojo, lo haría entonces brillar todas las mañanas, lo dejaría como omnipotente símbolo de fraternidad y riqueza, omnipotente símbolo de la vida mía, de la vida tuya, de la vida nuestra. ¿Qué más nos quedará sino el sol? Si nos queda el sol, nos queda el recuerdo, si nos queda el recuerdo, nos queda historia… y si nos queda historia, nos queda todo aquello mencionado que esta vez no representó el color. Lucha sin corazón no tiene sentido, corazón que no ama no duele, corazón que no sufre no siente, corazón que no siente no tiene nada que cambiar, nada que ganar.


Pasaría entonces al verde. Acá no tendría que significar esperanza, el puño en alto nos bastaría para ello. Lo comprendería como honestidad. Repartiría muchas poleras verdes para impregnarnos de vitalidad, y qué vitalidad tiene sentido cuando no se gesta desde lo más real. Nadie puede ser si no se realmente es. No existe más de un yo, sólo está el sensato, el resto es sólo engaño, engaño hecho conscientemente para no sentirnos tan ínfimos. Y yo no querría engañar a nadie… y tampoco querría que me engañaran a mí. Y cuánto miedo le tenemos a ello. El verde nos haría brutalmente honestos, pero todo nos dolería menos. El verde sería entonces la mejor solución para entendernos: sabríamos no sólo qué esperar, sino que todos esperaríamos de los demás. De cada desilusión nacería de inmediato una nueva esperanza, podaríamos las penas, floreceríamos desde cada eventualidad. No nos cansaríamos de tanto esperar.


Qué venga entonces el azul, qué conlleve entonces el viaje. Qué nos veamos viajando una y otra vez, dentro de burbujas, hacia ínfimos lugares, hacia máximos infinitos. Qué podamos volar con sólo imaginar, qué podamos nadar sólo con respirar. Qué nos permita teletransportarnos de un lugar a otro sólo con pensar a dónde queramos llegar, que no se gesten incidentes que coarten el movimiento, que la totalidad esté en constante ejecución, qué no haya espacio para el cansancio sin consideración. Así, el caminar pasaría a tener más sentido como lugar de encuentro, como lugar de distensión, como lugar para disfrutar. Podríamos caminar juntos, y nada importaría más. Sentiríamos la riqueza del avanzar, oleríamos el tacto, respiraríamos el viento y partiríamos por caminar y hacer nada, juntarnos para hacer nada.


¿Y qué hacemos con el amarillo? Lo dejaría en el corazón de las personas, haría la sangre amarilla radiante, como miel, como dulce. Cada herida tendría un poco más sabor, cada pelea tendría menos amargura. Confundiría la sangre con cabellos, y probablemente todo brillaría un poco más. Ante la necesidad haríamos donaciones de manzanilla, la mezclaríamos con azúcar, quizá hasta un poco de crema, un poco de algodón. Valoraríamos más el girasol, nos daría vida, nos daría continuidad. Hasta eso que todos piensan alguna vez hacer tendría un poco más de dulzor. Hasta los corazones rotos engordarían, y los correspondidos conspicuas sobredosis nos darían.


Con el café ya no dibujaría montañas. Ahora pasarían a ser celestes, mientras la nieve sería de un morado claro, naciendo de ríos de mermelada naranja, de mares frutales. No habría espacio para el negro porque significaría omitir un color, y omitir un color arruinaría el arcoíris, y sin arcoíris no tendría de dónde nacer el color. ¿Te imaginas el mundo sin color? No hay que ir muy lejos: el nuestro tiene poco y nada de él.


Y así llegamos al blanco. ¿No sería el blanco la sumatoria de todos? ¿Y no sería acaso tal sumatoria la intrínseca libertad? Ya no habría que enjaular a los pájaros por envidia a su alada libertad. Cada uno de nosotros sería un pájaro. O quizá un gato. O quizá un león. O quizá sólo lo queramos ser… en un mundo de colores todos podríamos ser. Probablemente no puedas imaginar un nuevo color, pero sí puedes reordenarlos, sí puedes redefinirlos, sí puedes reorientarlos. A veces basta pensar en nuestra realidad para comprender que ella no existe, y no existe porque con sólo imaginarla la podemos volver a crear, la podemos volver a construir, la podemos volver a idealizar.


El problema es que, a estas alturas, sólo podemos colorear.

31 oct 2010

Hola, adiós.

Siempre me ha costado decir adiós. Quizá el letargo de la lejanía, de la soledad, de la sensación pérdida... en fin, esas mismas palabras que continuamente me ha costado asumir desde diversas aristas de la vida. Creo, dentro de este impulso, que lo mejor en estos momentos es justamente dar punto final, punto final a un no-sé-qué, a una sensación absurda, a quizá haber creído más de lo que la realidad (esa que tanto me gusta ignorar) me limitaba a pensar.

Y es que -parece ser- poder decir adiós efectivamente es crecer. Y hoy quizá sea el adiós al daño sin quererlo hacer, adiós a ese ideal que desde la retórica vacía (sin el entusiasmo característico, sin la efusividad de querer a los demás) no logrará avanzar, adiós a mentirme y pensar que podría avanzar, adiós (y el peor adiós) a esa idea que nunca logró extrapolarse a quien debía escuchar. Miedo, sí, probablemente fue miedo. Pero es, a estas alturas, casi inevitable. ¿Casi? El resguardo de la esperanza, probablemente. O la idea de dar consejos sensatos, pero que desde la propia virtud jamás podría realizar. ¿Importa? De haber importado, otro sería el contexto, otra sería la idea de felicidad.



No es soberbia, es amor.
Poder decir adiós es crecer.

11 oct 2010

La vacía pena

Me preguntaba qué pasaría si ya no estuviera allí. No, no es de egolatría, creo siempre estar más en el nosotros que en el yo pese a ciertas caídas; no, no es de inseguridad, creo haber superado aunque sea en una base mínima la dualidad entre el creer y el lograr. A veces es bueno parar y dedicarse a pensar, a disfrutar lo pequeño e imperceptible (a riesgo de que suene redundante en mí en tanto lo he dicho y escrito mucho), pues en verdad cobra todo sentido el hacerlo cuando en verdad te encuentras y nos encuentras en ello. El problema es hasta qué punto uno puede abstraerse de la máquina que nos rodea, parar los engranajes, escapar de las correas aboliendo las apariencias y hacer que todo esto que nos parece tan frívolo adquiera aunque sea un tenue color, una pequeña esperanza, una idealizada verdad.

Anoche leí, una vez más rehuyendo de aquello que no quiero hacer, dos notas pasadas, una desde hace más de un año ("La extraña sensación de no pertenecer a este mundo":http://www.facebook.com/note.php?note_id=110119555196) y otra un tanto más reciente ("Lo que las mil teorías no pueden solucionar":http://www.facebook.com/note.php?note_id=388861620196). Siento que resumen, en buena parte, una mezcla de sentimientos y reflexiones. Tristeza al sentir que quizá la primera representa, muy a mi pesar, situaciones que no han cambiado, gestándose nuevamente esas ganas de huir de la facultad. Felicidad, una vez más, al seguir creyendo y creando bajo las convicciones que enarbolan la reflexión que le da sentido a la segunda. No vale la pena entonces repetir lo que expresan, sí cuestionarme hasta qué punto me he engañado, hasta qué punto he querido, hasta qué punto todo sigue siendo plenamente injusto. Desde lo interno, donde tengo mucho que conciliar, a lo externo, donde devolver tanta odiosidad con sonrisas a ratos -sí, a ratos- cansa. Quizá la rutina cambie a esos retóricos días donde prefería la mañana en parques que en esas aulas. Quizá el ímpetu y las energías deban entregarse a otras causas, a otros motivos, a otras banderas. Sigue el mismo conflicto, siguen las mismas líneas que creí estaban, aunque fuese un poco, más claras.

Algunos me preguntaron, tras determinadas situaciones, qué me pasaba. Lo pensé, y no viene de días o semanas, viene ya de un buen tiempo. Buen tiempo donde quizá el cabro chico característico se fue apagando, se fue consumiendo, se fue callando. Tiempo donde perdí confianza, donde perdí mi voz, donde perdí anhelos. Y hoy me siento desnudo pesé a que aprendí que llorar hasta por el más pequeño sufrimiento no está mal, que no sobrevive el más fuerte, sino aquellos sensatos que saben reconocer, que saben perdonar, que saben que la humildad y que el perder no es sinónimo de propia deslealtad. ¿Y qué debo entonces hacer ahora? Honestamente, no me agrada sentirme tan frágil, menos cuando a ratos no tengo dónde caer. Honestamente, quisiera volver a reír de nuevo, a creer como antes, a ser lo que quizá hoy me cuesta encontrar. Honestamente, no sé qué tanto importo, qué tanto valgo, qué tanto puedo o no ser.

En fin, me pregunté, hace unos minutos, qué pasaría si ya no estuviera ahí. Quizá nunca hubo algo ahí, quizá aún no soy capaz de verlo. Quizá el tiempo pase y nadie sienta lo más mínimo, quizá sólo lo sientan quienes se alegren de sentirlo. Quizá sólo hay demasiados quizás, y 'demasiada-poca' claridad. Efectivamente debo haber fallado en muchas cosas, en buena parte es y será mi culpa, pero la frustración de querer hacer maleable tantas otras y a la vez no poder cambiarlas me aterra e inmoviliza más de lo que quisiese. No soy nadie para definir una verdad, pero sí para valorar la que creo correcta, por la que finalmente lucharé, por la que finalmente gastaré éste y otro minuto de mi vida. Pero efectivamente también quisiera dar un paso al costado... también quisiera otro tipo de estabilidad, también quisiera poder abolir todos esos costos que ha implicado llevar la vida que llevo para así poder disfrutar más a quienes quiero, conocer y generar verdaderos lazos, reencontrarme con lo que creía perdido y encontrar lo que aún siento y sufro porque no está (y me parece, en verdad, íncreíble lo sincero que estoy siendo dentro de lo mucho que me falta por decir y que definitivamente no diré, dentro de lo críptico y confuso que pueda sentirse) Todo, claro, con una cuota de cinismo importante, porque el Leo externo, escuchando o leyendo lo mismo, intentaría dar las fuerzas para seguir, para que vieras que no estás solo o sola, para demostrarte que hay otros corazones dispuestos a creer, confiar y soñar, para ofrecerte un poco de mí con plena disposición. Y es que en buena parte poco y nada he aplicado de lo que soy capaz de dar o demostrar, parece que para mí ello deja de tener sentido, encontrándolo, por supuesto, todo en lo ajeno. Por cierto, en verdad me duele no estar ahí en todo momento, en toda instancia, en todo lugar. Ser y a la vez no serlo, que "haya que sacar número", que deba correr para lograr tantas cosas, que aunque termine exhausto al final siempre quede la sensación de un máximo o mínimo vacío. Detesto estar ahí y acá, y al final sólo terminar siendo migajas. Así, a ratos me daña demasiado lo mucho que puedo leer, escuchar o sentir, a ratos quisiera otro contexto, a ratos quisiera otra oportunidad.

Y, ¿qué pasaría entonces si ya no estuviera allí? Todo, probablemente, seguiría igual. Ya pasó una vez, ya me desilusioné al borde de no querer continuar una segunda, ya en una tercera estaba convencido de que no quedaba más camino que sobreponerse y continuar. A la cuarta dudé de si habían otras salidas, en la quinta me mentí, en la sexta volví a creer, en la séptima todo tuvo un nuevo sabor, en la octava reí más que nunca, en la novena nuevamente nada era lo que parecía ser, en la décima me creí nuevamente acostumbrado al padecer. Y hoy, en una nueva instancia, no sé qué tan dispuesto esté a morir y volver, continuamente, a surgir. Parece que hoy hay más vacío, hoy hay más de existencialismo y menos del Leo que creí había aprendido a conocer, hoy hay más de querer ceder que de querer continuar... quizá hoy nadie estará allí, quizá hoy nadie entienda qué dice este impreciso escrito, quizá nadie entienda el porqué de esta falta de coraje, quizá hoy nadie note que en verdad no estoy.

Anoche, en esos retrocesos a mi infancia que disfruto tener, tomé mis legos y armé un mundo ideal. En él el mundo dolía menos. En él todos podían reír sin necesidad de conocer el llanto para poder realmente valorar esos pequeños detalles. En él nadie estaba solo, no había inseguridad, todos podían tomarse las manos sin verguenza, sin temor, sin odiosidad. En él no había envidia ni sufrimiento, sólo cantar, verde, mucho verde y felicidad. Pero tuve, inevitablemente, que desarmarlo para poder guardar cada pieza en su respectivo lugar. Probablemente, en esas tantas veces que lo hice cuando pequeño, muchas de ellas se perdieron y aún no las puedo encontrar, aún no las puedo encontrar.

Quizá, nuevamente quizá, ya nada era lo que antes era. Quizá, definitivamente quizá, otra vida dará sentido a mis dudas, a mis certezas, a mis miedos, a mis fortalezas. Escribir... siempre ayuda escribir.

3 ago 2010

Y se nos va la vida pensando.

Piensa, por un momento, que no existe problema alguno. La vida es más euforia de lo que solemos creer. Ahora, vuelve a imaginarte absolutamente pleno o plena, risueño o risueña, sin esas cadenas que nos gusta autoimponernos, que nos gusta creer son efectivamente lo correcto. ¿Ves como tu risa finalmente es la de otros? Piensa en quienes quieres, en quienes amas, en quienes adoras, ¿no valdrá la pena decírselo a cada uno de ellos? No habría que tener miedo a viciar las palabras cuando no se vicia el sentimiento: todo tiene más sentido cuando sabemos y reconocemos querernos. Piensa en qué te gustaría hacer, qué te gustaría sentir, qué siempre has querido cambiar. Nunca es tarde para corregirnos, nunca es tarde para aprender. ¿Será acaso lo que dure lo real, lo que dure lo ideal, lo que dure lo que estamos por inventar? Piensa, finalmente, en qué harías sin siquiera pensar. Cuentas, acá, con un corazón dispuesto a escuchar.

Que los dolores del corazón bien rojos son.


A veces suelo preguntarme si valió la pena. Creo que me mostró el mundo, me reencantó con lo que teníamos, me sensibilizó al punto de no entenderme, de creerme un tanto perdido, de verme ensimismado y no poder modificar mi estado. Sin embargo, no cabe duda alguna que, con defectos y virtudes, me hizo crecer, me hizo creer: me entregó a un mundo despiadado, conocí lo más triste y lo más profundo, lo más adverso y lo más consecuente. Y he hoy aquí, aún pensando en tanta codicia, en tanta mentira, en tanta egolatría disfrazada de promesas de cambio. Pero creo, pese a lo débil que recurrentemente he sido para sobreponerme a cada comentario, que no podría dejar de soñar con querer cambiarlo todo, amarlo todo, colorearlo todo. No podría no disfrutar de quienes comparten, a rubor de piel, cada minuto, cada segundo, cada instante. A veces las fuerzas flaquean, pero el corazón siempre sigue estando ahí.

6 jun 2010

Siempre es hoy

¿Sabes? Hoy es una excelente ocasión para dejar de omitirnos, para dejar la reticencia, para dejar la apatía. Hoy querré robar tu conciencia, por un momento raptaré el miedo, nos disfrazaremos y de una vez por todas podremos mirarnos sin temor.  Hoy, sí, hoy, haré que observes tus suspiros, que me veas con aquellos ojos escarchados, que sientas que sí puede ser. Hoy, hoy, y hoy más que nunca, te diré cuánto te quiero, tanto como nunca nadie antes lo he hecho, tanto como nunca lo oirás de nuevo. Hoy, eternamente hoy, la soledad ya no tendrá más cabida para los dos, la vida la querremos intensa, fluiremos sin un fin más que el sentirnos el uno para el otro. Hoy, precisamente hoy, revolucionaremos el mundo desde la dicha de un cariño sin ambigüedades, de un te quiero sin excusas. Hoy siempre es hoy, y así tenlo muy claro,  pues estás en estas palabras.