19 mar 2011

Lucy in the Sky with Diamonds


Qué puta más puta. Mira cómo se mueve esa mina, ¡pero qué cuerpo tiene!. Sí, bésala, pálpala, un poco más arriba, abajo, un poco más adelante, así, eso, ¡aplausos!. Qué no se vayan las perras, ¡qué se muevan como lo que son! Hace calor, estruendos, pero está bien, en la misma onda, todos encolerizados, calientes, malogrados: sigamos. Pero hueón, mira esas piernas, ¡muévete puta, mueve esas piernas! Uno tras otro, somos cientos, rugimos como miles, ¡las observamos como millones! Muéstrate para mí, déjame verte, sentirte, saborearte, babearte, humillarte, devorarte con mis ojos salidos como globos al inflarse. Una cosa, una cosa hecha cosa, mi cosa hecha cosa. Puta, me sofoco, empujones, más empujones, desvaríos, necesito ver más, mejor posición, avanzo, golpeo, sigo. Pero qué, ¡qué chucha!, cómo se van hueón, qué se creen, ¡qué continúen la hueá! Más, más gritos, más fuerte, más aplausos, ¡qué vuelvan las putas o dejamos la cagá!, más fuerte, ¡qué vuelvan las putas o dejamos la cagá!, no, no, aún más fuerte, ¡qué vuelvan las putas o dejamos la cagá!, ¡a rugir cabros!: ¡QUÉ VUELVAN LAS PUTAS O DEJAMOS LA CAGÁ!

Pero no, ninguna puta volvió. Y ahí, la hora del cambio en punto: de regreso a volver a sentirme de izquierda, de explicar las opresiones del sistema, de criticar al opus dei, qué terrible el opus dei, cómo minimizan el rol de la mujer, qué imbecilidad compadre, si son sus derechos reproductivos, que aquí la píldora, que allá las igualdades laborales, y claro, ¡el aborto!, ¡todos queremos aborto! Pero cómo, qué pasa, qué clase de sociedad somos; retrasados, en letargo, olvidadizos y antojadizos, sin derechos. ¡Pero cómo!, ¿por qué se mete la Iglesia?, qué penca que los medios transformen a la mujer en sinónimo de objeto sexual, ¡qué lata que no seamos capaces de pensar y dar un paso más allá!. Y sí, claro, por supuesto, qué venga la dignidad de la persona, sus derechos humanos; qué venga la necesidad de respetarnos, todos respetarnos, sí, loco, respetarnos, cabros, sí, respetarnos. Vamos, hora de volver a sonreír al feminismo, de alzar los puños por nuestras justas reivindicaciones, hora de volver a considerarnos iguales, hora de volver a querer cambiar el mundo. Que el color rojo del rostro no sea sólo de calentura, que el color rojo de la cara no sea sólo de vergüenza.

Y así, cuerpos iban y venían, caras que no se borrarán, gritos de bocas donde la consecuencia no existía, la coyuntura tampoco, sólo brasas para ser masa, sólo masa: al diablo la honestidad, sólo eran unas putas más.

27 feb 2011

Porque eres irremplazable.


Te amo Antonia. Sonará cliché, pero eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero tanto, tanto, que no podría imaginarme un segundo sin ti, Francisca. Quiero que estemos uno por el otro, uno para el otro por siempre, fuera de toda rutina, fuera de toda facilidad, fuera de todo impedimento... quiero pasar el resto de mis días junto a ti, Paula. Eres a quien más he amado, y a quien nunca dejaré de amar. Tal como lo oyes, Carla, esto es indestructible, inseparable, interminable. Te amo, definitivamente te amo. ¿Cómo imaginas nuestro futuro, Susana? En manos entrelazadas, sonrojadas por nuestros hijos, dolientes por su crecer, tristes por su partida. Así es, Pía, eres la única mujer a quien realmente he amado en mi vida, como ti no hubo ni habrá nadie; porque, Marcela, contigo la ternura me empapa como nube, el aliento sonríe, la tierra ruge, contigo vuelvo, vuelo; contigo el presente es aquel con quien nunca he vivido, el futuro es irremediable junto a tu lado, María, el futuro es nuestro, sólo nuestro, de nadie más, de nadie más.

24 ene 2011

Ausencia obligada.


Hace unos días alguien me preguntó por qué escribía "textos tan reflexivos/depresivos", siendo que ello no se asemejaba a como actuaba en el día a día. Repliqué, en primera instancia, que a ratos me estaba sintiendo demasiado así y claramente ello no me gustaba (muy por el contrario); pero que no era una situación de esencia sino simplemente un medio de expresión para no quedarme con ello. Lo pensé por segunda vez y entendí también que había, como siempre, mucho por decir sin querer extrapolarlo, mucho de hablar directamente sin necesidad de estar ahí con esa persona. Me preguntaron, también, si muchas de las reflexiones estaban derivadas de desilusiones amorosas. "Las menos, probablemente ninguna mía", respondí. ¿Probablemente? Claro, no que yo sepa (¡no necesita entender!) Corresponde mucho más a cariño en sentido lato, a lo concluido de procesos en que no lograba entender el comportamiento de quienes me rodeaban. Miento, entendía pero no quería sentir, no quería aceptar. Cuando le di una tercera vuelta terminé por asumir que efectivamente este espacio es la reflexión personal que omito no por no sentirme débil, sino simplemente por no querer cargar a nadie. Y ello, a ratos, tiene más costos de los que quisiese. No es lo mismo escribir que estar ahí, pero sirve fundamentalmente para cumplir el objetivo personal de no interferir en el pesar de nadie: acá cada uno es libre de leer o querer entender. Y, por cierto, no requeriría sentir para darme cuenta que difícilmente hay alguien ahí.

El conflicto se suscita en tanto, hoy por hoy, no decidí que quiero ausentarme. No decidí en tanto va más allá de mi moral y accionar, siento que tú me obligaste. Ausentarme de forma obligada, ausentarme sin burlarme de tanta muerte (perdón a ustedes por robarles la identidad), ausentarme porque detesto despertar y leer tanta idolatría, ausentarme porque no podemos estar tan mal de no querer hacer nada por quienes hoy no tienen más que al sol, ausentarme porque no entiendo cómo diablos no nos quiebra tanta persona sin su pan, ausentarme por mi paternalismo, ausentarme porque no soporto ver niños pidiendo vivir al caminar, ausentarme por el cansancio estremecedor, ausentarme para evitar la tiranía, la política falsa, la mentira, la falta de prolijidad; ausentarme para que no te pongas más barreras que nos dañen, ausentarme para no cuestionarme por tanto autolímite que nos ponemos para ser felices, ausentarme para no tener que ver cómo engañan, ausentarme para no ver en risas lo que sienten con la agonía, ausentarme para no cambiar nunca más a nadie, ausentarme para evitar los costos de las múltiples caretas, de la bipolaridad, de la diferencia entre el decir y el hacer; ausentarme para que no duela tanto que estés tan lejos y tan cerca, ausentarme por mis ojos dormidos, ausentarme por tanta mentira, ausentarme por cada maullido, ausentarme para no quemar mi espalda, ausentarme porque quiero volver a no hacer nada solo, ausentarme porque detesto que te mientas, ausentarme porque no hay nada mejor que casa, ausentarme para cargar tus penas sin llorarlas, ausentarme para volver reír de forma cínica, ausentarme para no tener que interpretar más tu actuar, ausentarme para no tener que pensar qué pasaría si, ausentarme para no dudar de tus gestos, ausentarme para que no me importe la confianza, ausentarme para no tener que volver a hablar de medioambiente y destrucción, cultura y espectáculo, crecimiento y capital, ausentarme para no ver más tu sonrisa, ausentarme porque no cabe en mi cabeza tanta desigualdad conformista, ausentarme para no tener que verme inmerso en el caminar sin mirarnos, ausentarme para ya no sentir más que empujo solo, ausentarme para no querer estar siempre en agua, ausentarme para no ser tan dócil a no entender, de aguantar, de pulir, de no morir, de no querer dejar de soñar; ausentarme por la imbecilidad de ser tan imbécil, ausentarme para no ver nunca más como alguien denigra a su par, ausentarme para no querer llegar tan alto, ausentarme para no tener que dar más explicaciones, ausentarme porque me cansa ser, ausentarme para no viajar más, ausentarme para retroceder a lo que no fue, ausentarme porque no hay espacio para una desilusión más, de mí, de ti, de nadie.

Llegué, con increíble calma, al colmo. Al colmo que rebasó la resistencia, al colmo que no quiere más calma. Pero, como detesto (en serio detesto) pensar y pensar una y otra vez estas situaciones e inmovilizarme una vez más, no habrá espacio para contar a nadie ni a nadie, no habrá lugar para la reflexión, no habrá espacio para cambio alguno, no habrá espacio para mí nunca más. Entonces, ¿en qué radica la ausencia? Radica en que, hoy por hoy, ya no soy yo. Me declaro un no-Leo. Me declaro un perdido. Me declaro un tipo que no aprendió nunca de tanta caída. Me declaro un imbécil sin remedio. Me declaro un estúpido que no quiere seguir más ahí, pero seguirá. Me declaro un pésimo hijo, un pésimo hermano, un pésimo ser humano. Me declaro un afanado de no querer existir en un mundo así. Me declaro un perdedor de la batalla de querer vivir sin mirar al del lado. Me declaro un vencido que ya no quiere más... hoy, en definitiva, me declaro todo aquello que no quiero ser, que no quiero ser.

Y así, entre tanto ardor, entre tanto cansancio, entre tanta amargura, doy por perdida mi primera gran batalla. Me voy, obligado, a dormir sin imaginar nada por primera vez en muchos años. Me voy, obligado, para que no pienses que esto no tiene sentido, que esto es pena del momento, que esto pasa con el tiempo y no quedará rastro. Me voy, obligado, para que sea más fácil huir y no pensar en cómo cambiar esto, ello, el mundo. Me voy, obligado, para no interrumpir aquella falsa felicidad. Y así me voy, obligado, para no tener que volver nunca más a leerme así.

31 dic 2010

La palidez ama al color.


Niños y niñas,


A estas alturas, toda palabra es un tanto redundante. Con muchos de ustedes es una amistad de años, con otros la profundización de ya dos intensos años de universidad, con otros la alegría de sentir tanto en tan poco tiempo. Yo sólo quiero, a través de esta pequeña misiva, recordales que más allá de cuánto nos podramos ver, más allá de cuánto estemos en este vertiginoso mundo que tanto nos apremia, más allá de lo mucho que pude haberles fallado a un u otro por no haber podido estar ahí siempre... los y las quiero, y mucho, mucho. Sé que a ratos soy medio tonto para mis cosas, que me cuesta rendir en todo ámbito cuando termino siendo una subdivisión de muchos Leos, pero no podía dejar pasar este año -tan nocivo para muchos- sin decirles, aunque sea por este medio, lo importantes que son.


Quizá viví este año el quiebre máximo con mi odio a la Universidad, rollo que quizá no les conté mucho, pero no quería hacer de ello una carga para nadie. Muchos días simplemente me arrancaba, llegaba a la U y me daba hasta miedo entrar, me iba a caminar, a leer, a pensarme en un contexto distinto. En verdad, no sé si quiera en términos académicos seguir en ella, probablemente me arrepienta en un tiempo más, probablemente la crisis venga de nuevo, probablemente necesite esas caminatas matutinas eternas, probablemente ni siquiera esté ahí... pero si hay algo que me mantuvo y que me ancló, más allá de lo muy crítico que puedo ser con las y mis relaciones en la U, fue, en definitiva, tenerlos a ustedes, a quienes quiero, a quienes no desearía dejar de ver constantemente. Mi mayor reflexión fue justamente no cuestionarme tanto, y quedarme con lo más sensato y honesto que era el cariño por la gente. Así, muchas gracias por, directamente o indirectamente, haberme dado la estabilidad para continuar donde hoy estamos, estoy.



Para los más viejos, en aquellos momentos idóneos, en aquellos momentos de letargo, en aquellos momentos de simplemente estar, cuánto los quiero, cuánto los necesito, cuánto no quiero alejarlos nunca de mi lado. Muchísimas gracias por escucharme y hacerme espacio dentro de nuestros distintos contextos, pero con una identidad común al fin y al cabo, identidad que hemos construido y seguiremos construyendo.


En fin, esto me quedó muchísimo más largo de lo que quería, lo lamento. No obstante esto, al diablo las sensaciones de pena, quedémonos con la alegría y la esperanza de lo que viene, esas sonrisas que no pueden faltar, esa espíritu infantil que no puede no estar en nosotros. Somos sólo niños jugando a ser adultos, nunca lo olviden. Y, como tales, no nos queda más que con todo el rubor posible no esperar, sino construir un año que será tremendo para ustedes, para mí, para el mundo, para un nosotros.


Abrazos gigantes!

Cariños,


Leo.

¡En este 2011 vamos con todo!



19 dic 2010

Colorear.


Si tuviéramos la capacidad de construir un mundo con plasticina, ¿qué cariz le daríamos? Tendríamos muchísimos colores para abordar diferentes aristas de la vida, quizá para darle fosforescencia, quizá para aumentar los cálidos por sobres los fríos, quizá para hacer uno más allá del verde de la tierra y el azul de los océanos. Lo importante es que podríamos moldearlo con nuestras manos, construir desde lo más ínfimo hasta lo más relevante, adornarlo con cuánto color queramos darle. Y cuán importante son los colores.


En mi caso, primero tomaría el rojo. No puede no estar el rojo. No representaría jamás lucha, no habría nada que ganar, el sólo vivir día a día sería una victoria, existir sería en sí el fin acaecido. Ya no estaría lleno de consignas, sólo representaría la consecución definitiva de tanto por lo cual se habrá luchado; tampoco sería el corazón ni representaría al amor, al elocuente amor. Le cambiaría el color al sol, lo iría entonces rojo, lo haría entonces brillar todas las mañanas, lo dejaría como omnipotente símbolo de fraternidad y riqueza, omnipotente símbolo de la vida mía, de la vida tuya, de la vida nuestra. ¿Qué más nos quedará sino el sol? Si nos queda el sol, nos queda el recuerdo, si nos queda el recuerdo, nos queda historia… y si nos queda historia, nos queda todo aquello mencionado que esta vez no representó el color. Lucha sin corazón no tiene sentido, corazón que no ama no duele, corazón que no sufre no siente, corazón que no siente no tiene nada que cambiar, nada que ganar.


Pasaría entonces al verde. Acá no tendría que significar esperanza, el puño en alto nos bastaría para ello. Lo comprendería como honestidad. Repartiría muchas poleras verdes para impregnarnos de vitalidad, y qué vitalidad tiene sentido cuando no se gesta desde lo más real. Nadie puede ser si no se realmente es. No existe más de un yo, sólo está el sensato, el resto es sólo engaño, engaño hecho conscientemente para no sentirnos tan ínfimos. Y yo no querría engañar a nadie… y tampoco querría que me engañaran a mí. Y cuánto miedo le tenemos a ello. El verde nos haría brutalmente honestos, pero todo nos dolería menos. El verde sería entonces la mejor solución para entendernos: sabríamos no sólo qué esperar, sino que todos esperaríamos de los demás. De cada desilusión nacería de inmediato una nueva esperanza, podaríamos las penas, floreceríamos desde cada eventualidad. No nos cansaríamos de tanto esperar.


Qué venga entonces el azul, qué conlleve entonces el viaje. Qué nos veamos viajando una y otra vez, dentro de burbujas, hacia ínfimos lugares, hacia máximos infinitos. Qué podamos volar con sólo imaginar, qué podamos nadar sólo con respirar. Qué nos permita teletransportarnos de un lugar a otro sólo con pensar a dónde queramos llegar, que no se gesten incidentes que coarten el movimiento, que la totalidad esté en constante ejecución, qué no haya espacio para el cansancio sin consideración. Así, el caminar pasaría a tener más sentido como lugar de encuentro, como lugar de distensión, como lugar para disfrutar. Podríamos caminar juntos, y nada importaría más. Sentiríamos la riqueza del avanzar, oleríamos el tacto, respiraríamos el viento y partiríamos por caminar y hacer nada, juntarnos para hacer nada.


¿Y qué hacemos con el amarillo? Lo dejaría en el corazón de las personas, haría la sangre amarilla radiante, como miel, como dulce. Cada herida tendría un poco más sabor, cada pelea tendría menos amargura. Confundiría la sangre con cabellos, y probablemente todo brillaría un poco más. Ante la necesidad haríamos donaciones de manzanilla, la mezclaríamos con azúcar, quizá hasta un poco de crema, un poco de algodón. Valoraríamos más el girasol, nos daría vida, nos daría continuidad. Hasta eso que todos piensan alguna vez hacer tendría un poco más de dulzor. Hasta los corazones rotos engordarían, y los correspondidos conspicuas sobredosis nos darían.


Con el café ya no dibujaría montañas. Ahora pasarían a ser celestes, mientras la nieve sería de un morado claro, naciendo de ríos de mermelada naranja, de mares frutales. No habría espacio para el negro porque significaría omitir un color, y omitir un color arruinaría el arcoíris, y sin arcoíris no tendría de dónde nacer el color. ¿Te imaginas el mundo sin color? No hay que ir muy lejos: el nuestro tiene poco y nada de él.


Y así llegamos al blanco. ¿No sería el blanco la sumatoria de todos? ¿Y no sería acaso tal sumatoria la intrínseca libertad? Ya no habría que enjaular a los pájaros por envidia a su alada libertad. Cada uno de nosotros sería un pájaro. O quizá un gato. O quizá un león. O quizá sólo lo queramos ser… en un mundo de colores todos podríamos ser. Probablemente no puedas imaginar un nuevo color, pero sí puedes reordenarlos, sí puedes redefinirlos, sí puedes reorientarlos. A veces basta pensar en nuestra realidad para comprender que ella no existe, y no existe porque con sólo imaginarla la podemos volver a crear, la podemos volver a construir, la podemos volver a idealizar.


El problema es que, a estas alturas, sólo podemos colorear.

31 oct 2010

Hola, adiós.

Siempre me ha costado decir adiós. Quizá el letargo de la lejanía, de la soledad, de la sensación pérdida... en fin, esas mismas palabras que continuamente me ha costado asumir desde diversas aristas de la vida. Creo, dentro de este impulso, que lo mejor en estos momentos es justamente dar punto final, punto final a un no-sé-qué, a una sensación absurda, a quizá haber creído más de lo que la realidad (esa que tanto me gusta ignorar) me limitaba a pensar.

Y es que -parece ser- poder decir adiós efectivamente es crecer. Y hoy quizá sea el adiós al daño sin quererlo hacer, adiós a ese ideal que desde la retórica vacía (sin el entusiasmo característico, sin la efusividad de querer a los demás) no logrará avanzar, adiós a mentirme y pensar que podría avanzar, adiós (y el peor adiós) a esa idea que nunca logró extrapolarse a quien debía escuchar. Miedo, sí, probablemente fue miedo. Pero es, a estas alturas, casi inevitable. ¿Casi? El resguardo de la esperanza, probablemente. O la idea de dar consejos sensatos, pero que desde la propia virtud jamás podría realizar. ¿Importa? De haber importado, otro sería el contexto, otra sería la idea de felicidad.



No es soberbia, es amor.
Poder decir adiós es crecer.

11 oct 2010

La vacía pena

Me preguntaba qué pasaría si ya no estuviera allí. No, no es de egolatría, creo siempre estar más en el nosotros que en el yo pese a ciertas caídas; no, no es de inseguridad, creo haber superado aunque sea en una base mínima la dualidad entre el creer y el lograr. A veces es bueno parar y dedicarse a pensar, a disfrutar lo pequeño e imperceptible (a riesgo de que suene redundante en mí en tanto lo he dicho y escrito mucho), pues en verdad cobra todo sentido el hacerlo cuando en verdad te encuentras y nos encuentras en ello. El problema es hasta qué punto uno puede abstraerse de la máquina que nos rodea, parar los engranajes, escapar de las correas aboliendo las apariencias y hacer que todo esto que nos parece tan frívolo adquiera aunque sea un tenue color, una pequeña esperanza, una idealizada verdad.

Anoche leí, una vez más rehuyendo de aquello que no quiero hacer, dos notas pasadas, una desde hace más de un año ("La extraña sensación de no pertenecer a este mundo":http://www.facebook.com/note.php?note_id=110119555196) y otra un tanto más reciente ("Lo que las mil teorías no pueden solucionar":http://www.facebook.com/note.php?note_id=388861620196). Siento que resumen, en buena parte, una mezcla de sentimientos y reflexiones. Tristeza al sentir que quizá la primera representa, muy a mi pesar, situaciones que no han cambiado, gestándose nuevamente esas ganas de huir de la facultad. Felicidad, una vez más, al seguir creyendo y creando bajo las convicciones que enarbolan la reflexión que le da sentido a la segunda. No vale la pena entonces repetir lo que expresan, sí cuestionarme hasta qué punto me he engañado, hasta qué punto he querido, hasta qué punto todo sigue siendo plenamente injusto. Desde lo interno, donde tengo mucho que conciliar, a lo externo, donde devolver tanta odiosidad con sonrisas a ratos -sí, a ratos- cansa. Quizá la rutina cambie a esos retóricos días donde prefería la mañana en parques que en esas aulas. Quizá el ímpetu y las energías deban entregarse a otras causas, a otros motivos, a otras banderas. Sigue el mismo conflicto, siguen las mismas líneas que creí estaban, aunque fuese un poco, más claras.

Algunos me preguntaron, tras determinadas situaciones, qué me pasaba. Lo pensé, y no viene de días o semanas, viene ya de un buen tiempo. Buen tiempo donde quizá el cabro chico característico se fue apagando, se fue consumiendo, se fue callando. Tiempo donde perdí confianza, donde perdí mi voz, donde perdí anhelos. Y hoy me siento desnudo pesé a que aprendí que llorar hasta por el más pequeño sufrimiento no está mal, que no sobrevive el más fuerte, sino aquellos sensatos que saben reconocer, que saben perdonar, que saben que la humildad y que el perder no es sinónimo de propia deslealtad. ¿Y qué debo entonces hacer ahora? Honestamente, no me agrada sentirme tan frágil, menos cuando a ratos no tengo dónde caer. Honestamente, quisiera volver a reír de nuevo, a creer como antes, a ser lo que quizá hoy me cuesta encontrar. Honestamente, no sé qué tanto importo, qué tanto valgo, qué tanto puedo o no ser.

En fin, me pregunté, hace unos minutos, qué pasaría si ya no estuviera ahí. Quizá nunca hubo algo ahí, quizá aún no soy capaz de verlo. Quizá el tiempo pase y nadie sienta lo más mínimo, quizá sólo lo sientan quienes se alegren de sentirlo. Quizá sólo hay demasiados quizás, y 'demasiada-poca' claridad. Efectivamente debo haber fallado en muchas cosas, en buena parte es y será mi culpa, pero la frustración de querer hacer maleable tantas otras y a la vez no poder cambiarlas me aterra e inmoviliza más de lo que quisiese. No soy nadie para definir una verdad, pero sí para valorar la que creo correcta, por la que finalmente lucharé, por la que finalmente gastaré éste y otro minuto de mi vida. Pero efectivamente también quisiera dar un paso al costado... también quisiera otro tipo de estabilidad, también quisiera poder abolir todos esos costos que ha implicado llevar la vida que llevo para así poder disfrutar más a quienes quiero, conocer y generar verdaderos lazos, reencontrarme con lo que creía perdido y encontrar lo que aún siento y sufro porque no está (y me parece, en verdad, íncreíble lo sincero que estoy siendo dentro de lo mucho que me falta por decir y que definitivamente no diré, dentro de lo críptico y confuso que pueda sentirse) Todo, claro, con una cuota de cinismo importante, porque el Leo externo, escuchando o leyendo lo mismo, intentaría dar las fuerzas para seguir, para que vieras que no estás solo o sola, para demostrarte que hay otros corazones dispuestos a creer, confiar y soñar, para ofrecerte un poco de mí con plena disposición. Y es que en buena parte poco y nada he aplicado de lo que soy capaz de dar o demostrar, parece que para mí ello deja de tener sentido, encontrándolo, por supuesto, todo en lo ajeno. Por cierto, en verdad me duele no estar ahí en todo momento, en toda instancia, en todo lugar. Ser y a la vez no serlo, que "haya que sacar número", que deba correr para lograr tantas cosas, que aunque termine exhausto al final siempre quede la sensación de un máximo o mínimo vacío. Detesto estar ahí y acá, y al final sólo terminar siendo migajas. Así, a ratos me daña demasiado lo mucho que puedo leer, escuchar o sentir, a ratos quisiera otro contexto, a ratos quisiera otra oportunidad.

Y, ¿qué pasaría entonces si ya no estuviera allí? Todo, probablemente, seguiría igual. Ya pasó una vez, ya me desilusioné al borde de no querer continuar una segunda, ya en una tercera estaba convencido de que no quedaba más camino que sobreponerse y continuar. A la cuarta dudé de si habían otras salidas, en la quinta me mentí, en la sexta volví a creer, en la séptima todo tuvo un nuevo sabor, en la octava reí más que nunca, en la novena nuevamente nada era lo que parecía ser, en la décima me creí nuevamente acostumbrado al padecer. Y hoy, en una nueva instancia, no sé qué tan dispuesto esté a morir y volver, continuamente, a surgir. Parece que hoy hay más vacío, hoy hay más de existencialismo y menos del Leo que creí había aprendido a conocer, hoy hay más de querer ceder que de querer continuar... quizá hoy nadie estará allí, quizá hoy nadie entienda qué dice este impreciso escrito, quizá nadie entienda el porqué de esta falta de coraje, quizá hoy nadie note que en verdad no estoy.

Anoche, en esos retrocesos a mi infancia que disfruto tener, tomé mis legos y armé un mundo ideal. En él el mundo dolía menos. En él todos podían reír sin necesidad de conocer el llanto para poder realmente valorar esos pequeños detalles. En él nadie estaba solo, no había inseguridad, todos podían tomarse las manos sin verguenza, sin temor, sin odiosidad. En él no había envidia ni sufrimiento, sólo cantar, verde, mucho verde y felicidad. Pero tuve, inevitablemente, que desarmarlo para poder guardar cada pieza en su respectivo lugar. Probablemente, en esas tantas veces que lo hice cuando pequeño, muchas de ellas se perdieron y aún no las puedo encontrar, aún no las puedo encontrar.

Quizá, nuevamente quizá, ya nada era lo que antes era. Quizá, definitivamente quizá, otra vida dará sentido a mis dudas, a mis certezas, a mis miedos, a mis fortalezas. Escribir... siempre ayuda escribir.

3 ago 2010

Y se nos va la vida pensando.

Piensa, por un momento, que no existe problema alguno. La vida es más euforia de lo que solemos creer. Ahora, vuelve a imaginarte absolutamente pleno o plena, risueño o risueña, sin esas cadenas que nos gusta autoimponernos, que nos gusta creer son efectivamente lo correcto. ¿Ves como tu risa finalmente es la de otros? Piensa en quienes quieres, en quienes amas, en quienes adoras, ¿no valdrá la pena decírselo a cada uno de ellos? No habría que tener miedo a viciar las palabras cuando no se vicia el sentimiento: todo tiene más sentido cuando sabemos y reconocemos querernos. Piensa en qué te gustaría hacer, qué te gustaría sentir, qué siempre has querido cambiar. Nunca es tarde para corregirnos, nunca es tarde para aprender. ¿Será acaso lo que dure lo real, lo que dure lo ideal, lo que dure lo que estamos por inventar? Piensa, finalmente, en qué harías sin siquiera pensar. Cuentas, acá, con un corazón dispuesto a escuchar.

Que los dolores del corazón bien rojos son.


A veces suelo preguntarme si valió la pena. Creo que me mostró el mundo, me reencantó con lo que teníamos, me sensibilizó al punto de no entenderme, de creerme un tanto perdido, de verme ensimismado y no poder modificar mi estado. Sin embargo, no cabe duda alguna que, con defectos y virtudes, me hizo crecer, me hizo creer: me entregó a un mundo despiadado, conocí lo más triste y lo más profundo, lo más adverso y lo más consecuente. Y he hoy aquí, aún pensando en tanta codicia, en tanta mentira, en tanta egolatría disfrazada de promesas de cambio. Pero creo, pese a lo débil que recurrentemente he sido para sobreponerme a cada comentario, que no podría dejar de soñar con querer cambiarlo todo, amarlo todo, colorearlo todo. No podría no disfrutar de quienes comparten, a rubor de piel, cada minuto, cada segundo, cada instante. A veces las fuerzas flaquean, pero el corazón siempre sigue estando ahí.

6 jun 2010

Siempre es hoy

¿Sabes? Hoy es una excelente ocasión para dejar de omitirnos, para dejar la reticencia, para dejar la apatía. Hoy querré robar tu conciencia, por un momento raptaré el miedo, nos disfrazaremos y de una vez por todas podremos mirarnos sin temor.  Hoy, sí, hoy, haré que observes tus suspiros, que me veas con aquellos ojos escarchados, que sientas que sí puede ser. Hoy, hoy, y hoy más que nunca, te diré cuánto te quiero, tanto como nunca nadie antes lo he hecho, tanto como nunca lo oirás de nuevo. Hoy, eternamente hoy, la soledad ya no tendrá más cabida para los dos, la vida la querremos intensa, fluiremos sin un fin más que el sentirnos el uno para el otro. Hoy, precisamente hoy, revolucionaremos el mundo desde la dicha de un cariño sin ambigüedades, de un te quiero sin excusas. Hoy siempre es hoy, y así tenlo muy claro,  pues estás en estas palabras.

22 may 2010

Me quedo aquí.

La vida de Cerati es una más, como cualquier otra. Sin embargo, todos tenemos ciertas personas que nos inspiran más cariño, admiración o sentimiento. Personalmente, sólo cuando leí que se había muerto (simple rumor) me provocó algo de pena: era inevitable -y no sólo por ser mi artista favorito- sino que con él se van recuerdos de infancia, adolescencia y juventud. La esencia de la vida no es efímera, y tal como la tenemos hoy quizá mañana ya no se encuentre para disfrutarla. ¡Qué estas situaciones nos sirvan para entender lo mucho que podemos ser, lo mucho que podemos dar, lo mucho que podemos cambiar nuestra realidad! Sí, su vida vale lo mismo que cualquier otra, como cualquier otra que en estos momentos sufre desolación y pena, hambre y amargura; pero debemos recordar ello no sólo para creernos moral o incluso intelectualmente superiores, sino para revolucionar nuestro mundo día a día , por ellos y por nosotros, tal como él lo ha intentado. De lo contrario, sólo seremos cínicos creyéndonos parte de una jerarquía inexistente. Fuerza Cerati.

3 may 2010

Lo que las mil teorías no pueden solucionar.

Vivimos en un mundo vertiginoso, donde el tiempo es condicionante, donde la vida se da entre dimes y diretes, donde el recibir es regla y dar la excepción. De hecho, quizá en este preciso momento debiésemos estar leyendo, los estudios apremian y es necesario responder en las múltiples facetas que nos hemos auto-impuesto para servir al sistema y darle continuidad a eso que insistimos en llamar vida. Sin embargo, y creo que a más de alguno nos habrá pasado una vez, el alto en el camino suele ser bastante continuo y hasta desesperante. ¿Cómo poder existir -no sé si realmente sea vivir en un sentido idealizado- cuando hay tanto por hacer, tanto por cambiar? Ya parece una eterna regresión, y es por lo mismo que, personalmente, he decidido no volver a caer en la incertidumbre del no saber qué hacer, dónde finalmente construir. Al fin y al cabo paralizarme no conlleva más que desistimiento a cualquier acción, incluso a esas ganas revolucionarias de cambiarlo todo.

Pero suele ser plausible revestir el idealismo de pragmatismo, de lo propio del empirismo sin perder ese anhelo de soñar. Muchos ya lo han intentado, ¡cuántas teorías políticas, sociales, económicas o antropológicas pretenden darnos una explicación a todo! ¿Acaso podrá el estado de naturaleza de Hobbes justificar la jerarquía que oprime, la dialéctica de Hegel explicar la apatía y el desdén, la democracia de Lipset naturalizar el abuso institucionalizado? Podríamos jugar a ser doctos, eruditos, ¡cuán sabios!, y así comenzar a citar tanto autor, tanta palabra, tanta teoría hasta sentirnos satisfechamente vacíos: un entendimiento del todo, pero quedarnos, sinceramente, en nada. Pero no, no viene al caso. Deberíamos dejar de sobre intelectualizarnos, comenzar a sentir desde lo real, desde lo concreto, desde nuestra verdadera realidad humana. ¿Podrá la teoría de la oferta y la demanda ser útil para aquel niño que no tiene amor ni cariño? ¿Podrá la lucha de clases, la burguesía y el proletariado ser útil retóricamente para aquel que vive de su propia hambre en las calles? Cuando nuestros hijos no tengan qué comer por un ambiente desnaturalizado, cuando nuestros hijos no tengan de qué vivir -perdón, existir- en un mundo deshumanizado, cuando nuestros hijos no tengan con quiénes jugar en su entorno sin seres vivos ajenos a nosotros... ¿seguiremos preguntándonos en qué fallamos? ¿Qué teoría tenía razón? ¿Por qué ocupamos nuestro tiempo en trivialidades, odiando al otro por sesgos personalistas, compitiendo por ser el mejor? Yo no quiero mirarlos a la cara y decirles, entre lágrimas, que no pude cambiar nada, que no lo intenté, que me vi inmerso en la apatía, que perdí -sin pensar en ellos- las fuerzas para luchar.

En la ‘política’ universitaria, por ejemplo, la acción suele no ser más que egoísmo para obtener garantías y ganancias partidistas/grupales. Cuando lo veo en un nivel más amplio, entiendo el porqué esa facultad llamada “la más política de todas” suele ser un fiel reflejo de nuestra realidad. No basta con querer, es necesario hacer, y ese hacer no puede sino estar exento de todo aquello que daña. Así, suele existir un dualismo típico que no produce más que desazón y dolor: queremos, pero el poco hacer generalmente no es más que individualidad, revistiendo nuestras pretensiones personales de colores grupales y proyectos conjuntos, dando quizá una que otra palabra que pretenda generar cambios. Nuevamente entonces nos creemos intelectual, jugamos a la política dura cuando no somos más que objeto y cause para unos pocos burócratas y economistas interesados, esos mismos que nos quieren dar la realidad cierta, el modelo iluminado a seguir. ¡Esos mismos que se llenan la boca con la pobreza, qué viven del dolor ajeno, qué perpetran el sistema, qué continúan haciendo que cada día más y más niños vivan en el completo desamparo! ¿Cómo entonces poder creer? ¿Cómo entonces poder realmente construir? Cuesta, pero soy un convencido de que aquí, y en todo plano, aún quedan muchas luchas por dar.

Tenemos de todo, pero tal parece que nos gusta quedarnos en la nada y vivir de la pleitesía para obviar el dolor ajeno. ¿Podremos dormir esta noche pensando en aquel que en estos precisos momentos sufre? No se trata de terrorismo, no se trata de que, a través del miedo y el sentimiento de culpa, seamos capaces, recién capaces, de empatizar con el resto. Nuestra vida merece mucho más que lo vacuo que ya tenemos. ¿Alguna vez has pensado por qué el rico -teniéndolo todo, excesivamente todo- no comparte con el pobre, aquel que no tiene más que su propio cuerpo? Es fácil que aquí provenga el común “el esfuerzo lo logra todo”, aquel retórico sueño americano. Lamentablemente no es así, porque aquel que nace en Inglaterra no tiene las mismas oportunidades que el que lo hace en Arabia, porque aquel que nace en La Pintana no tiene el mismo entorno determinante que el que lo hace en Las Condes. Así habrán millones de ejemplos, pero no obtendremos mayor provecho con enumerar; debemos dar paso a lo vital: ¿qué hacemos? Me tomo la libertad de compartir con ustedes lo que es quizá mi más profunda máxima: nadie, nadie merece sufrir. Es demasiado simple quizá, pero la entiendo como aquel mundo -¡qué sé no será sólo idealismo!- que me gustaría construir. Probablemente no tenga por mí mismo las herramientas, probablemente no sepa cuál es el modelo a seguir, probablemente ningún docto intelectual sepa darme la teoría correcta para tal pretensión, pero bueno… todavía tengo mis manos y mis sueños intactos para construir. Tú también tienes las tuyas, y si no existen esos sueños para compartir, quizá sea el momento de comenzar nuevamente a creer.

A veces la desilusión puede más que nuestras ganas de revolucionarlo todo. Ellos, sí, ellos, quieren que las esperanzas se transformen en hambre, que la lucha se aminore en comparación a lo mucho que podríamos disfrutar con nuestro cuerpo y la materialidad. No se trata de dejar de lado nuestras ajustadas etapas de existencia, sino de darnos cuenta que, más allá de nuestra realidad inmediata, más allá de aquellas elocuentes teorías, más allá de tan amplia palabrería, existe un mundo que no puede seguir esperándonos. Desde nuestras trincheras habremos de llenar los corazones de sueños, el llanto de alegría, las caras de eternas y constantes sonrisas, sonrisas satisfechas de vivir de la mano de un futuro común, de un futuro forjado, de un futuro que nos pertenece. ¡Podremos al fin mirar al desamparado sin vergüenza, sin pena, sin desazón! Le contaremos a nuestros hijos con el rubor de la sonrisa elocuente, de la satisfacción sincera, del corazón hinchado de dicha que luchamos por ellos, que cambiamos nuestro mundo, que forjamos un idealismo por ellos, por nosotros, por todos.

Y así quizá podamos, algún día, pintar con muchas manos un mundo completamente distinto, con la satisfacción del puño en alto, con el gusto de sentir que ahora realmente hemos comenzado a vivir.

Un gran abrazo.

PD: Como siempre, lo escribí sin revisar. Disculpas por cualquier eventualidad. Todo esto se debió a un pequeño video que vi y que refleja, desde una menor edad, mucho de lo que siento y quiero. Pueden ver tal más abajo.