19 mar 2011
Lucy in the Sky with Diamonds
27 feb 2011
Porque eres irremplazable.
24 ene 2011
Ausencia obligada.
12 ene 2011
31 dic 2010
La palidez ama al color.
Niños y niñas,
A estas alturas, toda palabra es un tanto redundante. Con muchos de ustedes es una amistad de años, con otros la profundización de ya dos intensos años de universidad, con otros la alegría de sentir tanto en tan poco tiempo. Yo sólo quiero, a través de esta pequeña misiva, recordales que más allá de cuánto nos podramos ver, más allá de cuánto estemos en este vertiginoso mundo que tanto nos apremia, más allá de lo mucho que pude haberles fallado a un u otro por no haber podido estar ahí siempre... los y las quiero, y mucho, mucho. Sé que a ratos soy medio tonto para mis cosas, que me cuesta rendir en todo ámbito cuando termino siendo una subdivisión de muchos Leos, pero no podía dejar pasar este año -tan nocivo para muchos- sin decirles, aunque sea por este medio, lo importantes que son.
Quizá viví este año el quiebre máximo con mi odio a la Universidad, rollo que quizá no les conté mucho, pero no quería hacer de ello una carga para nadie. Muchos días simplemente me arrancaba, llegaba a la U y me daba hasta miedo entrar, me iba a caminar, a leer, a pensarme en un contexto distinto. En verdad, no sé si quiera en términos académicos seguir en ella, probablemente me arrepienta en un tiempo más, probablemente la crisis venga de nuevo, probablemente necesite esas caminatas matutinas eternas, probablemente ni siquiera esté ahí... pero si hay algo que me mantuvo y que me ancló, más allá de lo muy crítico que puedo ser con las y mis relaciones en la U, fue, en definitiva, tenerlos a ustedes, a quienes quiero, a quienes no desearía dejar de ver constantemente. Mi mayor reflexión fue justamente no cuestionarme tanto, y quedarme con lo más sensato y honesto que era el cariño por la gente. Así, muchas gracias por, directamente o indirectamente, haberme dado la estabilidad para continuar donde hoy estamos, estoy.
Para los más viejos, en aquellos momentos idóneos, en aquellos momentos de letargo, en aquellos momentos de simplemente estar, cuánto los quiero, cuánto los necesito, cuánto no quiero alejarlos nunca de mi lado. Muchísimas gracias por escucharme y hacerme espacio dentro de nuestros distintos contextos, pero con una identidad común al fin y al cabo, identidad que hemos construido y seguiremos construyendo.
En fin, esto me quedó muchísimo más largo de lo que quería, lo lamento. No obstante esto, al diablo las sensaciones de pena, quedémonos con la alegría y la esperanza de lo que viene, esas sonrisas que no pueden faltar, esa espíritu infantil que no puede no estar en nosotros. Somos sólo niños jugando a ser adultos, nunca lo olviden. Y, como tales, no nos queda más que con todo el rubor posible no esperar, sino construir un año que será tremendo para ustedes, para mí, para el mundo, para un nosotros.
Abrazos gigantes!
Cariños,
Leo.
19 dic 2010
Colorear.
En mi caso, primero tomaría el rojo. No puede no estar el rojo. No representaría jamás lucha, no habría nada que ganar, el sólo vivir día a día sería una victoria, existir sería en sí el fin acaecido. Ya no estaría lleno de consignas, sólo representaría la consecución definitiva de tanto por lo cual se habrá luchado; tampoco sería el corazón ni representaría al amor, al elocuente amor. Le cambiaría el color al sol, lo iría entonces rojo, lo haría entonces brillar todas las mañanas, lo dejaría como omnipotente símbolo de fraternidad y riqueza, omnipotente símbolo de la vida mía, de la vida tuya, de la vida nuestra. ¿Qué más nos quedará sino el sol? Si nos queda el sol, nos queda el recuerdo, si nos queda el recuerdo, nos queda historia… y si nos queda historia, nos queda todo aquello mencionado que esta vez no representó el color. Lucha sin corazón no tiene sentido, corazón que no ama no duele, corazón que no sufre no siente, corazón que no siente no tiene nada que cambiar, nada que ganar.
Pasaría entonces al verde. Acá no tendría que significar esperanza, el puño en alto nos bastaría para ello. Lo comprendería como honestidad. Repartiría muchas poleras verdes para impregnarnos de vitalidad, y qué vitalidad tiene sentido cuando no se gesta desde lo más real. Nadie puede ser si no se realmente es. No existe más de un yo, sólo está el sensato, el resto es sólo engaño, engaño hecho conscientemente para no sentirnos tan ínfimos. Y yo no querría engañar a nadie… y tampoco querría que me engañaran a mí. Y cuánto miedo le tenemos a ello. El verde nos haría brutalmente honestos, pero todo nos dolería menos. El verde sería entonces la mejor solución para entendernos: sabríamos no sólo qué esperar, sino que todos esperaríamos de los demás. De cada desilusión nacería de inmediato una nueva esperanza, podaríamos las penas, floreceríamos desde cada eventualidad. No nos cansaríamos de tanto esperar.
Qué venga entonces el azul, qué conlleve entonces el viaje. Qué nos veamos viajando una y otra vez, dentro de burbujas, hacia ínfimos lugares, hacia máximos infinitos. Qué podamos volar con sólo imaginar, qué podamos nadar sólo con respirar. Qué nos permita teletransportarnos de un lugar a otro sólo con pensar a dónde queramos llegar, que no se gesten incidentes que coarten el movimiento, que la totalidad esté en constante ejecución, qué no haya espacio para el cansancio sin consideración. Así, el caminar pasaría a tener más sentido como lugar de encuentro, como lugar de distensión, como lugar para disfrutar. Podríamos caminar juntos, y nada importaría más. Sentiríamos la riqueza del avanzar, oleríamos el tacto, respiraríamos el viento y partiríamos por caminar y hacer nada, juntarnos para hacer nada.
¿Y qué hacemos con el amarillo? Lo dejaría en el corazón de las personas, haría la sangre amarilla radiante, como miel, como dulce. Cada herida tendría un poco más sabor, cada pelea tendría menos amargura. Confundiría la sangre con cabellos, y probablemente todo brillaría un poco más. Ante la necesidad haríamos donaciones de manzanilla, la mezclaríamos con azúcar, quizá hasta un poco de crema, un poco de algodón. Valoraríamos más el girasol, nos daría vida, nos daría continuidad. Hasta eso que todos piensan alguna vez hacer tendría un poco más de dulzor. Hasta los corazones rotos engordarían, y los correspondidos conspicuas sobredosis nos darían.
Con el café ya no dibujaría montañas. Ahora pasarían a ser celestes, mientras la nieve sería de un morado claro, naciendo de ríos de mermelada naranja, de mares frutales. No habría espacio para el negro porque significaría omitir un color, y omitir un color arruinaría el arcoíris, y sin arcoíris no tendría de dónde nacer el color. ¿Te imaginas el mundo sin color? No hay que ir muy lejos: el nuestro tiene poco y nada de él.
Y así llegamos al blanco. ¿No sería el blanco la sumatoria de todos? ¿Y no sería acaso tal sumatoria la intrínseca libertad? Ya no habría que enjaular a los pájaros por envidia a su alada libertad. Cada uno de nosotros sería un pájaro. O quizá un gato. O quizá un león. O quizá sólo lo queramos ser… en un mundo de colores todos podríamos ser. Probablemente no puedas imaginar un nuevo color, pero sí puedes reordenarlos, sí puedes redefinirlos, sí puedes reorientarlos. A veces basta pensar en nuestra realidad para comprender que ella no existe, y no existe porque con sólo imaginarla la podemos volver a crear, la podemos volver a construir, la podemos volver a idealizar.
El problema es que, a estas alturas, sólo podemos colorear.
31 oct 2010
Hola, adiós.
11 oct 2010
La vacía pena
Anoche leí, una vez más rehuyendo de aquello que no quiero hacer, dos notas pasadas, una desde hace más de un año ("La extraña sensación de no pertenecer a este mundo":http://www.facebook.com/note.php?note_id=110119555196) y otra un tanto más reciente ("Lo que las mil teorías no pueden solucionar":http://www.facebook.com/note.php?note_id=388861620196). Siento que resumen, en buena parte, una mezcla de sentimientos y reflexiones. Tristeza al sentir que quizá la primera representa, muy a mi pesar, situaciones que no han cambiado, gestándose nuevamente esas ganas de huir de la facultad. Felicidad, una vez más, al seguir creyendo y creando bajo las convicciones que enarbolan la reflexión que le da sentido a la segunda. No vale la pena entonces repetir lo que expresan, sí cuestionarme hasta qué punto me he engañado, hasta qué punto he querido, hasta qué punto todo sigue siendo plenamente injusto. Desde lo interno, donde tengo mucho que conciliar, a lo externo, donde devolver tanta odiosidad con sonrisas a ratos -sí, a ratos- cansa. Quizá la rutina cambie a esos retóricos días donde prefería la mañana en parques que en esas aulas. Quizá el ímpetu y las energías deban entregarse a otras causas, a otros motivos, a otras banderas. Sigue el mismo conflicto, siguen las mismas líneas que creí estaban, aunque fuese un poco, más claras.
Algunos me preguntaron, tras determinadas situaciones, qué me pasaba. Lo pensé, y no viene de días o semanas, viene ya de un buen tiempo. Buen tiempo donde quizá el cabro chico característico se fue apagando, se fue consumiendo, se fue callando. Tiempo donde perdí confianza, donde perdí mi voz, donde perdí anhelos. Y hoy me siento desnudo pesé a que aprendí que llorar hasta por el más pequeño sufrimiento no está mal, que no sobrevive el más fuerte, sino aquellos sensatos que saben reconocer, que saben perdonar, que saben que la humildad y que el perder no es sinónimo de propia deslealtad. ¿Y qué debo entonces hacer ahora? Honestamente, no me agrada sentirme tan frágil, menos cuando a ratos no tengo dónde caer. Honestamente, quisiera volver a reír de nuevo, a creer como antes, a ser lo que quizá hoy me cuesta encontrar. Honestamente, no sé qué tanto importo, qué tanto valgo, qué tanto puedo o no ser.
En fin, me pregunté, hace unos minutos, qué pasaría si ya no estuviera ahí. Quizá nunca hubo algo ahí, quizá aún no soy capaz de verlo. Quizá el tiempo pase y nadie sienta lo más mínimo, quizá sólo lo sientan quienes se alegren de sentirlo. Quizá sólo hay demasiados quizás, y 'demasiada-poca' claridad. Efectivamente debo haber fallado en muchas cosas, en buena parte es y será mi culpa, pero la frustración de querer hacer maleable tantas otras y a la vez no poder cambiarlas me aterra e inmoviliza más de lo que quisiese. No soy nadie para definir una verdad, pero sí para valorar la que creo correcta, por la que finalmente lucharé, por la que finalmente gastaré éste y otro minuto de mi vida. Pero efectivamente también quisiera dar un paso al costado... también quisiera otro tipo de estabilidad, también quisiera poder abolir todos esos costos que ha implicado llevar la vida que llevo para así poder disfrutar más a quienes quiero, conocer y generar verdaderos lazos, reencontrarme con lo que creía perdido y encontrar lo que aún siento y sufro porque no está (y me parece, en verdad, íncreíble lo sincero que estoy siendo dentro de lo mucho que me falta por decir y que definitivamente no diré, dentro de lo críptico y confuso que pueda sentirse) Todo, claro, con una cuota de cinismo importante, porque el Leo externo, escuchando o leyendo lo mismo, intentaría dar las fuerzas para seguir, para que vieras que no estás solo o sola, para demostrarte que hay otros corazones dispuestos a creer, confiar y soñar, para ofrecerte un poco de mí con plena disposición. Y es que en buena parte poco y nada he aplicado de lo que soy capaz de dar o demostrar, parece que para mí ello deja de tener sentido, encontrándolo, por supuesto, todo en lo ajeno. Por cierto, en verdad me duele no estar ahí en todo momento, en toda instancia, en todo lugar. Ser y a la vez no serlo, que "haya que sacar número", que deba correr para lograr tantas cosas, que aunque termine exhausto al final siempre quede la sensación de un máximo o mínimo vacío. Detesto estar ahí y acá, y al final sólo terminar siendo migajas. Así, a ratos me daña demasiado lo mucho que puedo leer, escuchar o sentir, a ratos quisiera otro contexto, a ratos quisiera otra oportunidad.
Y, ¿qué pasaría entonces si ya no estuviera allí? Todo, probablemente, seguiría igual. Ya pasó una vez, ya me desilusioné al borde de no querer continuar una segunda, ya en una tercera estaba convencido de que no quedaba más camino que sobreponerse y continuar. A la cuarta dudé de si habían otras salidas, en la quinta me mentí, en la sexta volví a creer, en la séptima todo tuvo un nuevo sabor, en la octava reí más que nunca, en la novena nuevamente nada era lo que parecía ser, en la décima me creí nuevamente acostumbrado al padecer. Y hoy, en una nueva instancia, no sé qué tan dispuesto esté a morir y volver, continuamente, a surgir. Parece que hoy hay más vacío, hoy hay más de existencialismo y menos del Leo que creí había aprendido a conocer, hoy hay más de querer ceder que de querer continuar... quizá hoy nadie estará allí, quizá hoy nadie entienda qué dice este impreciso escrito, quizá nadie entienda el porqué de esta falta de coraje, quizá hoy nadie note que en verdad no estoy.
Anoche, en esos retrocesos a mi infancia que disfruto tener, tomé mis legos y armé un mundo ideal. En él el mundo dolía menos. En él todos podían reír sin necesidad de conocer el llanto para poder realmente valorar esos pequeños detalles. En él nadie estaba solo, no había inseguridad, todos podían tomarse las manos sin verguenza, sin temor, sin odiosidad. En él no había envidia ni sufrimiento, sólo cantar, verde, mucho verde y felicidad. Pero tuve, inevitablemente, que desarmarlo para poder guardar cada pieza en su respectivo lugar. Probablemente, en esas tantas veces que lo hice cuando pequeño, muchas de ellas se perdieron y aún no las puedo encontrar, aún no las puedo encontrar.
Quizá, nuevamente quizá, ya nada era lo que antes era. Quizá, definitivamente quizá, otra vida dará sentido a mis dudas, a mis certezas, a mis miedos, a mis fortalezas. Escribir... siempre ayuda escribir.
3 ago 2010
Y se nos va la vida pensando.
Que los dolores del corazón bien rojos son.
6 jun 2010
Siempre es hoy
22 may 2010
Me quedo aquí.
3 may 2010
Lo que las mil teorías no pueden solucionar.
Pero suele ser plausible revestir el idealismo de pragmatismo, de lo propio del empirismo sin perder ese anhelo de soñar. Muchos ya lo han intentado, ¡cuántas teorías políticas, sociales, económicas o antropológicas pretenden darnos una explicación a todo! ¿Acaso podrá el estado de naturaleza de Hobbes justificar la jerarquía que oprime, la dialéctica de Hegel explicar la apatía y el desdén, la democracia de Lipset naturalizar el abuso institucionalizado? Podríamos jugar a ser doctos, eruditos, ¡cuán sabios!, y así comenzar a citar tanto autor, tanta palabra, tanta teoría hasta sentirnos satisfechamente vacíos: un entendimiento del todo, pero quedarnos, sinceramente, en nada. Pero no, no viene al caso. Deberíamos dejar de sobre intelectualizarnos, comenzar a sentir desde lo real, desde lo concreto, desde nuestra verdadera realidad humana. ¿Podrá la teoría de la oferta y la demanda ser útil para aquel niño que no tiene amor ni cariño? ¿Podrá la lucha de clases, la burguesía y el proletariado ser útil retóricamente para aquel que vive de su propia hambre en las calles? Cuando nuestros hijos no tengan qué comer por un ambiente desnaturalizado, cuando nuestros hijos no tengan de qué vivir -perdón, existir- en un mundo deshumanizado, cuando nuestros hijos no tengan con quiénes jugar en su entorno sin seres vivos ajenos a nosotros... ¿seguiremos preguntándonos en qué fallamos? ¿Qué teoría tenía razón? ¿Por qué ocupamos nuestro tiempo en trivialidades, odiando al otro por sesgos personalistas, compitiendo por ser el mejor? Yo no quiero mirarlos a la cara y decirles, entre lágrimas, que no pude cambiar nada, que no lo intenté, que me vi inmerso en la apatía, que perdí -sin pensar en ellos- las fuerzas para luchar.
En la ‘política’ universitaria, por ejemplo, la acción suele no ser más que egoísmo para obtener garantías y ganancias partidistas/grupales. Cuando lo veo en un nivel más amplio, entiendo el porqué esa facultad llamada “la más política de todas” suele ser un fiel reflejo de nuestra realidad. No basta con querer, es necesario hacer, y ese hacer no puede sino estar exento de todo aquello que daña. Así, suele existir un dualismo típico que no produce más que desazón y dolor: queremos, pero el poco hacer generalmente no es más que individualidad, revistiendo nuestras pretensiones personales de colores grupales y proyectos conjuntos, dando quizá una que otra palabra que pretenda generar cambios. Nuevamente entonces nos creemos intelectual, jugamos a la política dura cuando no somos más que objeto y cause para unos pocos burócratas y economistas interesados, esos mismos que nos quieren dar la realidad cierta, el modelo iluminado a seguir. ¡Esos mismos que se llenan la boca con la pobreza, qué viven del dolor ajeno, qué perpetran el sistema, qué continúan haciendo que cada día más y más niños vivan en el completo desamparo! ¿Cómo entonces poder creer? ¿Cómo entonces poder realmente construir? Cuesta, pero soy un convencido de que aquí, y en todo plano, aún quedan muchas luchas por dar.
Tenemos de todo, pero tal parece que nos gusta quedarnos en la nada y vivir de la pleitesía para obviar el dolor ajeno. ¿Podremos dormir esta noche pensando en aquel que en estos precisos momentos sufre? No se trata de terrorismo, no se trata de que, a través del miedo y el sentimiento de culpa, seamos capaces, recién capaces, de empatizar con el resto. Nuestra vida merece mucho más que lo vacuo que ya tenemos. ¿Alguna vez has pensado por qué el rico -teniéndolo todo, excesivamente todo- no comparte con el pobre, aquel que no tiene más que su propio cuerpo? Es fácil que aquí provenga el común “el esfuerzo lo logra todo”, aquel retórico sueño americano. Lamentablemente no es así, porque aquel que nace en Inglaterra no tiene las mismas oportunidades que el que lo hace en Arabia, porque aquel que nace en La Pintana no tiene el mismo entorno determinante que el que lo hace en Las Condes. Así habrán millones de ejemplos, pero no obtendremos mayor provecho con enumerar; debemos dar paso a lo vital: ¿qué hacemos? Me tomo la libertad de compartir con ustedes lo que es quizá mi más profunda máxima: nadie, nadie merece sufrir. Es demasiado simple quizá, pero la entiendo como aquel mundo -¡qué sé no será sólo idealismo!- que me gustaría construir. Probablemente no tenga por mí mismo las herramientas, probablemente no sepa cuál es el modelo a seguir, probablemente ningún docto intelectual sepa darme la teoría correcta para tal pretensión, pero bueno… todavía tengo mis manos y mis sueños intactos para construir. Tú también tienes las tuyas, y si no existen esos sueños para compartir, quizá sea el momento de comenzar nuevamente a creer.
A veces la desilusión puede más que nuestras ganas de revolucionarlo todo. Ellos, sí, ellos, quieren que las esperanzas se transformen en hambre, que la lucha se aminore en comparación a lo mucho que podríamos disfrutar con nuestro cuerpo y la materialidad. No se trata de dejar de lado nuestras ajustadas etapas de existencia, sino de darnos cuenta que, más allá de nuestra realidad inmediata, más allá de aquellas elocuentes teorías, más allá de tan amplia palabrería, existe un mundo que no puede seguir esperándonos. Desde nuestras trincheras habremos de llenar los corazones de sueños, el llanto de alegría, las caras de eternas y constantes sonrisas, sonrisas satisfechas de vivir de la mano de un futuro común, de un futuro forjado, de un futuro que nos pertenece. ¡Podremos al fin mirar al desamparado sin vergüenza, sin pena, sin desazón! Le contaremos a nuestros hijos con el rubor de la sonrisa elocuente, de la satisfacción sincera, del corazón hinchado de dicha que luchamos por ellos, que cambiamos nuestro mundo, que forjamos un idealismo por ellos, por nosotros, por todos.
Y así quizá podamos, algún día, pintar con muchas manos un mundo completamente distinto, con la satisfacción del puño en alto, con el gusto de sentir que ahora realmente hemos comenzado a vivir.
Un gran abrazo.



